La hiperrealidad del 22M

Como ya advirtiera Baudrillard a propósito de la sociedad contemporánea y los distintos mecanismos que despliegan los mass media, en efecto, sólo quedan los simulacros. Éstos preceden a cualquier acontecimiento, hecho o suceso que ocurra en la hiperrealidad. Mucho más real que la realidad, como una auténtica falsedad, la hiperrealidad es el idílico escenario en el que se desarrolla el acto; la perfecta representación en la que los actores, mentirosos por oficio, ofrecen al espectador pasivo la límpida verdad perfumada de los hechos superponiendo así el guión premeditado sobre lo fácticamente ocurrido. Vivimos inmersos en la hiperrealidad, en la perpetua …

Chapa-22M-novecentoComo ya advirtiera Baudrillard a propósito de la sociedad contemporánea y los distintos mecanismos que despliegan los mass media, en efecto, sólo quedan los simulacros. Éstos preceden a cualquier acontecimiento, hecho o suceso que ocurra en la hiperrealidad. Mucho más real que la realidad, como una auténtica falsedad, la hiperrealidad es el idílico escenario en el que se desarrolla el acto; la perfecta representación en la que los actores, mentirosos por oficio, ofrecen al espectador pasivo la límpida verdad perfumada de los hechos superponiendo así el guión premeditado sobre lo fácticamente ocurrido. Vivimos inmersos en la hiperrealidad, en la perpetua simulación del suceso mediado.

El tratamiento mediático que ha sufrido el acontecimiento político conocido como “Marchas por la Dignidad” pone de manifiesto, por desgracia una vez más, la malograda profesión de periodista así como el vasallaje de los medios de comunicación tradicionales. Podemos distinguir dos estrategias desvirtuadoras a través de las cuales el fenómeno del 22M ha devenido, para la inmensa mayoría de los espectadores, en “los disturbios más graves de la era democrática” provocados por “una turba de violentos”.

El primer gran dispositivo utilizado fue el silencio mediático. Tal silencio informativo, tan solo perturbado por el boca a boca y los medios alternativos, no sólo significó la invisibilidad de la cruzada sino también el desaliento de los caminantes. Los medios que contribuyeron a semejante apagón (durante más de veinte días) quedaron afinadamente retratados. Su situación estratégica quedó perfectamente definida.

El segundo dispositivo, mucho más refinado y malintencionado, que adoptaron los perros guardianes de la (des)información consistió en el desplazamiento de la realidad, produciendo, al tiempo, una hiperrealidad de acuerdo con el encuadre maquiavélico de aquellas armas que llamamos cámaras. El montaje no pudo ser más pasmoso. Cualquiera de los que estuvimos allí sólo podemos confirmar el simulacro y señalar, con el pulso firme, a todas las televisiones, periódicos y emisoras radiofónicas colaboradoras con los poderes ejecutivos como verdaderos enemigos políticos a batir.

La conjunción premeditada de ambas estrategias no ha sido un mero ejercicio de distracción mediático. El evidente posicionamiento de los medios tradicionales ha supuesto la confirmación de su implicación política como poderosos agentes activos a favor de la injusticia económica, social y política que padecemos.

Sergio Pons Garcés | Revista Turba

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