
El tratamiento mediático que ha sufrido el acontecimiento político conocido como “Marchas por la Dignidad” pone de manifiesto, por desgracia una vez más, la malograda profesión de periodista así como el vasallaje de los medios de comunicación tradicionales. Podemos distinguir dos estrategias desvirtuadoras a través de las cuales el fenómeno del 22M ha devenido, para la inmensa mayoría de los espectadores, en “los disturbios más graves de la era democrática” provocados por “una turba de violentos”.
El primer gran dispositivo utilizado fue el silencio mediático. Tal silencio informativo, tan solo perturbado por el boca a boca y los medios alternativos, no sólo significó la invisibilidad de la cruzada sino también el desaliento de los caminantes. Los medios que contribuyeron a semejante apagón (durante más de veinte días) quedaron afinadamente retratados. Su situación estratégica quedó perfectamente definida.
El segundo dispositivo, mucho más refinado y malintencionado, que adoptaron los perros guardianes de la (des)información consistió en el desplazamiento de la realidad, produciendo, al tiempo, una hiperrealidad de acuerdo con el encuadre maquiavélico de aquellas armas que llamamos cámaras. El montaje no pudo ser más pasmoso. Cualquiera de los que estuvimos allí sólo podemos confirmar el simulacro y señalar, con el pulso firme, a todas las televisiones, periódicos y emisoras radiofónicas colaboradoras con los poderes ejecutivos como verdaderos enemigos políticos a batir.
La conjunción premeditada de ambas estrategias no ha sido un mero ejercicio de distracción mediático. El evidente posicionamiento de los medios tradicionales ha supuesto la confirmación de su implicación política como poderosos agentes activos a favor de la injusticia económica, social y política que padecemos.
Sergio Pons Garcés | Revista Turba
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