
Otro suceso inédito, y van… Cualquier adulto con mayoría de edad ha podido ver, sufrir o disfrutar de tantas contingencias de este tipo que lo insólito se puede convertir en costumbre: Papas eméritos que dimiten, reyes eméritos que se duplican y a los que, sus súbditos, acusan de ladrones. Siempre lo han sido, pero, ahora, abiertamente y con máquinas de contar billetes.
Más: una pandemia universal, viral y con confinamiento, una guerra moderna entre una OTAN desnortada y una Federación Rusa que pierde complejos a velocidad sorprendente, o el genocidio del pueblo palestino transmitido por televisión y en tiempo real, mientras el verdugo, moderno Adolf con casquete judío, se relame satisfecho ante el horror causado por sus bombas.
No acaba ahí la virginidad de efemérides: el imperio del último siglo, como un juguete roto en las manos de un aprendiz de brujo, brujo del American First, que ayudará a hacerlo rodar más rápido, eso y el nuevo poder que se vislumbra en un horizonte cercano que, en este caso, no vendrá del frío sino de Asia.
Hoy, la caída del sistema eléctrico, el mayor apagón de la historia española, por causas, seguramente, rocambolescas, nos refleja la fragilidad de un sistema que se llama modernidad.
No voy a poner el acento en el caos ferroviario o de tráfico, tampoco en el desconcierto del personal buscando velas, pilas, radios analógicas, agua o fogones de camping-gas. Ni en el personal pillado en el ascensor, lo que me lleva a la reflexión es la contradicción evidente entre el bienestar y unas urbes inmensas, cada vez mayores, cada vez más lejano el radio que distancia el trabajo del hogar. Radiografiada en sus vergüenzas cuando ocurre una circunstancia como esta. La incapacidad de superar los obstáculos de todo tipo, consecuencia de quince, veinte, treinta kilómetros, los que separan ambos nidos, ocupados mitad por mitad.
Ciudad sostenible, mientan, al tiempo que piden los votos. Y en muchos que lo dicen, su verbo simula más al de mentir que al de mentar. Saben que no, una ciudad con quince, treinta, cincuenta kilómetros de diámetro nunca podrá ser una ciudad sostenible. Antes bien, será lo contrario a pasos tan agigantados como grande se haga ese gigante de pies de barro mezclado con dólares.
Así, hasta que caiga. Los verdaderos motivos para ese desarrollo estúpido son de carne y hueso y están vivos. De parecido pelaje a los que claman por el HUB militar, por las guerras, por el billón de euros para más armamento con la amenaza de siempre, al menos desde hace un siglo: "Qué vienen los rusos". Son sus primos hermanos, los grupos del ladrillo que quieren más y más, los que les da lo mismo dejar agujeros en la ciudad, tremendas brechas vacías, si con ello urbanizan huecos continuamente. Buscan pelotazos con los que llenar la bolsa, ellos y a los que se los conceden. Saben que la corrupción es más fácil en urbes inmensas que en ciudades o en pueblos pequeños.
En el caso que nos ocupa, también la especulación, la avaricia, el deseo de más ganancias estará, seguramente, en el horizonte último de las causas. La red eléctrica, esencial para un país, algo que nunca se debería de haber privatizado, lo está gracias a “patriotas” tan grandes como Felipe González y José María Aznar. La seguridad suele estar en relación inversa a la rentabilidad en una empresa privada. La producción de energía es privada, asimismo, prácticamente al cien por cien. REDESA, el 80%.
En la comparecencia de Sánchez se ha deslizado una frase perfectamente planificada: “Estamos en contacto con la OTAN”. El subconsciente comienza a actuar en esta colosal caída de fichas de dominó. El supuesto incendio, fenómeno atmosférico, sobreproducción de renovables sin gastar, reducción puntual en la demanda, incluso la posibilidad de que fuera la propia OTAN de Bruselas, Israel o los Estados Unidos de Trump, sabotajes de falsas banderas, se invisibiliza ante el rumor sibilino de la culpabilidad rusa. Máxime, cuando hace cinco días ¿casualmente?, la inteligencia de la OTAN advirtió de esa posibilidad.
Voy a extenderme sobre este tema, por si se desliza la posibilidad de un ciberataque, aunque la propia REDESA lo ha negado.
Sería, entonces, una semilla que siguiera sembrando el caos de la mentira en el conflicto de la OTAN contra Rusia, semilla que abogaría, de pasada, la tesis de Bruselas hacia un aumento brutal del dinero para armamento.
Si la propia Rusia no ha podido en cuatro años anular la energía en Ucrania ¿cómo, de repente, podría aparecer como factible para Bruselas y la OTAN?
El ciudadano debe de exigir el motivo, transparentemente y preciso, por medio de una obligada Comisión de Investigación a REDESA. Si los rumores calculados de un ataque cibernético continúan, habría que preguntarse, como cualquier abogado, “Cui prodest”, ¿quién se beneficia?
¿Quién es el beneficiado propagando el rumor de un ataque cibernético ruso? Por otra parte, demencial, a mi juicio, puesto que Putin prefiere a Europa dividida y ataques así servirían para lo contrario.
“Cui prodest”, si se quiere injerir en las elecciones rumanas, país que, claramente, quiere desvincularse de la OTAN. Noticias así harían modificar opiniones y votos. “Cui prodest”, si son argumentaciones útiles para Bruselas para mejorar la percepción del ciudadano de cara a aceptar su propuesta de casi un billón de euros para más armamento, “Cui prodest”, si estos rumores robustecen el famoso “kit” de supervivencia aconsejado hace pocas semanas para conducir a la población europea a una cierta paranoia bélica. “Cui prodest”, si noticias de este tipo unifican opiniones públicas en contra de Rusia, rusofobia, mientras robustecen la decisión de los halcones de Bruselas y de Gran Bretaña para continuar la guerra en Ucrania.
Para la respuesta, solo hay que recordar quién voló los gaseoductos Nord Stream o atacó a la central nuclear de Zapohiriya y a quién se señaló, al principio, como autor.
Probablemente, la causa obedecerá a la ineptitud, la falta de previsión, la de seguridad, la inutilidad de REDESA al no controlar excedentes de sobreproducción que pueden obedecer a las renovables. Los técnicos lo están apuntando. Lo que ocurre es que la previsión, mecanismos de seguridad, cuestan dinero y habría que descontarlo de los beneficios.
Pero esta casi segura causa objetiva, podría ser, de rebote, “miel sobre hojuelas” con esa duda calculada del señor Sánchez para el subconsciente global del españolito medio: un reclamo más al miedo inconsistente con el que tapar y argumentar, falazmente, el aumento de gastos en armamento por Real Decreto.
Por desgracia, la conspiranoia que revolotea, con frecuencia, en estos casos, obedece a la proliferación mundial de mentiras, “fakes”, falsedades, falacias y embrollos, fabricados, entre otros, por los medios oficiales gubernativos, repetidos a conciencia desde hace varios años en consonancia con las tesis goebbelianas.

