Los territorios palestinos bajo ocupación sufren ya la segunda ola de COVID-19

Los territorios palestinos bajo ocupación israelí registraron el miércoles tres muertes más por COVID-19 ascendiendo los fallecimientos a once. La curva ascendente de casos, sobre todo en Hebrón, es un duro golpe para el sistema de salud palestino y para su economía.

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Cisjordania. Foto: Teterocamonde (CC)

El cerco de la ocupación israelí se estrecha aún más en tiempos de COVID-19. El ascendente número de casos de personas infectadas ha hecho que Israel cierre controles militares, accesos -ilegales ante las leyes internacionales- que unen el territorio de batustanes de Cisjordania. Los trabajadores palestinos que deben trasladarse a territorio administrado por Israel, como el caso de las colonias ilegales, han sido el mayor foco de contagio.

Hasta el miércoles, el Ministerio de Salud de la Autoridad Palestina contabilizó 322 nuevos casos en Cisjordania lo que asciende el total de personas infectadas a 2.765. Las personas fallecidas a causa de esta pandemia son ya 11.

Una nueva ola de COVID-19 golpea Cisjordania

El área más afectada sigue siendo Hebrón (Al-Khalil). Le sigue, con registros mucho menores, Jerusalén-Este, Ramala, Belén, Nablusa, Tulkarem y Jericó. En Ramala, se activó un protocolo de actuación anti COVID-19 al detectarse la infección en uno de sus médicos.

“La situación en Cisjordania es muy grave -explica Juani Rishmawi de la Unión de Comités de Salud-. Se han detectado más de 1.000 casos de COVID en menos de una semana. Es una nueva ola de COVID y más peligrosa porque no se ha programado un plan para detectar lo antes posible los casos asintomáticos”.

Rishmawi asegura que ha sido el movimiento de trabajadores palestinos a territorios controlados por Israel, o el propio Israel, lo que más ha puesto en peligro a la población en Cisjordania. No se les hizo en ningún momento tests para detectar la enfermedad. Por el momento, las medidas que la Autoridad Palestina ha decidido imponer ante la nueva ola de COVID-19 se basan en confinamientos localizados. La policía palestina es la encargada de recopilar información y comunicar a las personas que han estado en contacto con una persona infectada. Si se encuentran casos leves, estos son aislados, si son graves, se les envía a los departamentos acondicionados en hospitales para hacer frente a la COVID-19.

“En vista al aumento de nuevos casos estos días, tanto en Israel como en Palestina, Israel comunicó a la Autoridad Palestina que los trabajadores que trabajen allí tendrán que quedarse como mínimo tres semanas. Nadie podrá moverse del lugar donde trabaja, ni allí ni aquí. Cada trabajador tendrá que decidir donde se quedará y siempre notificando a la autoridad competente donde está y su situación”, continúa Rishmawi.

En abril, cuando se elevó la primera ola de COVID-19 en Israel y en los territorios palestinos ocupados, la Autoridad Palestina pidió a la OMS que intercediese para velar por la salud de las personas palestinas que trabajan en Israel. Cuando Israel decidió que ninguna de estas personas se moviese del territorio donde se encontraba, la AP advirtió que no se sabía en qué condiciones iban a estar. El descontrol ha sido por ambas partes, palestina e israelí, pero la capacidad de respuesta de esta última no puede compararse con la de un pueblo sin un Estado propio y con un sistema precario cuyos vacíos los intenta llenar organismos de ayuda humanitaria.

“Nosotros en los Comités estamos trabajando más en detectar, informar y prevenir.- Cuenta Rishmawi.- Estamos haciendo muchas campañas por todo el territorio para poder informar, prevenir y distribuir kits de prevención con todo lo necesario para que puedan protegerse. Luego queda ya la responsabilidad de los ciudadanos para que hagan caso de estos protocolos”.

Más complejidad para actividades humanitarias

Desde la UNRWA, la Agencia de Naciones Unidas para Ayuda al Refugiado de Palestina, la preocupación viene siendo constante, acompañada todavía por el duro golpe sestado por el presidente estadounidense Donald Trump que decidió cortar los generosos fondos para el organismo hace dos años.

“En general los efectos de la pandemia de COVID-19 no solo exacerban las necesidades humanitarias de las personas en todas las áreas de operación de UNRWA, sino que también agregan complejidad adicional a las actividades humanitarias”, expone Raquel Martí, directora ejecutiva de UNRWA en España.

La población palestina en general, y la refugiada en particular, vive en una situación económica muy vulnerable. En la franja de Gaza muchos comerciantes dependen del paso de mercancías que controla Israel, como ente ocupante. En Cisjordania, la mano de obra ‘barata’ palestina ha tenido que quedarse en confinamiento para evitar la propagación. Pero otra propagación, la de la pobreza, es más difícil de frenar.

“La mayoría de los refugiados de Palestina vive el día a día, sobrevive buscando diariamente los recursos para poder alimentar a sus familias.- Aclara Martí.- El hecho de tener que estar bajo confinamiento, sin poder salir a buscar estos recursos es una catástrofe para la mayor parte de las familias que pasan a depender al 100% de la ayuda humanitaria”.

La UNRWA, que opera en los campos de refugio palestino en todo Oriente Medio, es en ocasiones el único proveedor de atención primaria de salud. En Cisjordania, cuyo movimiento de personas mantiene Israel con mano férrea, el aislamiento de comunidades ha hecho que UNRWA tenga que atenderles mediante clínicas móviles de salud.

“La población no tiene acceso a la salud. Cisjordania solo cuenta con el hospital de Qalqylia de UNRWA que está rodeado por un muro y con un check point que impide el acceso, el resto de los hospitales se encuentran en Jerusalén que en la actualidad está ilegalmente anexionado por Israel y no se permite el acceso a los palestinos de Cisjordania”, explica Martí.

Todo esto, mientras la violencia estructural, fruto de la ocupación israelí, no se ha “confinado”.

“Israel ha continuado haciendo operaciones de búsqueda y captura en los campos de refugiados. Desde hace unas semanas anunció que iba a dejar de demoler infraestructuras palestinas, pero sin embargo ha seguido demoliendo hogares de palestinos. Durante la pandemia Israel anuncia nuevas anexiones de territorio palestino que producirán protestas y serán reprimidas con violencia”, remarca la directora ejecutiva de UNRWA.

Cuando lo básico es un privilegio

En la franja de Gaza hace ya tiempo que se lleva a cabo un estricto control a aquellas personas que entran por el paso fronterizo de Rafah con Egipto. Es el único paso al que puede acceder sus habitantes; el otro, el paso Beit Hanun-Erez, está regulado por Israel y solo concurren personas V.I.P y algunas pocas referencias médicas. A pesar de la cuarentena a la que están obligadas las personas que llegan a Gaza, los casos de COVID-19 aumentaron. Eso sí, de forma muy pausada y controlada.

Seguramente sea el bloqueo marítimo, aéreo y terrestre israelí sobre la franja lo que haya evitado un desastre pandémico. Un oxímoron positivo, en este caso, pero no cuando se estudian los recursos médicos existentes. En toda la franja de Gaza solo hay 1,3 camas de hospital por cada mil habitantes.

“Toda la Franja de Gaza solo se cuenta 60 camas en las unidades de cuidados intensivos y 62 respiradores.- Subraya Martí-. Hay escases de personal especializado en las UCIS. La infraestructura del laboratorio requiere urgentemente una actualización para cumplir con los estrictos estándares de seguridad. El 48% de los medicamentos esenciales están fuera de stock, no cuenta con kits de protección para personal sanitario y otros suministros esenciales para la prevención y el control de infecciones”.

Martí indica, asimismo, que las recomendaciones básicas de lavarse las manos, usar mascarillas o comunicarse telemáticamente con los médicos no están al alcance de la población gazatí. La franja es un caldo de cultivo perfecto para la propagación del virus que provoca la COVID-19: hacinamiento y falta de higiene. Una razón más para seguir pidiendo, alude Martí, que se elimine el bloqueo y se permita la entrada del equipamiento y personal sanitario necesarios. Porque en Gaza lo “básico” es prácticamente un privilegio.

También preocupa especialmente la situación en Siria o en el Líbano.

“En Siria, el 91% de los refugiados de Palestina viven en la pobreza absoluta. Los hogares encabezados por mujeres, las personas mayores, las personas con discapacidad y los menores y huérfanos no acompañados están particularmente en riesgo ante la pandemia”, señala Martí.

El Líbano hoy en día la economía está cayendo en picado. Lo lleva haciendo, en caída libre, desde septiembre del pasado año, acompañado por protestas de la sociedad libanesa, harta de la corrupción de Estado. En ese momento, el cambio de dólar a libra libanesa estaba en 1.500 libras, hoy está rondando las 10.000.

Las personas refugiadas palestinas en el Líbano, cuya cobertura de sanidad debe ser a través de ONGs y agencias internacionales, han criticado últimamente la “ausencia de UNRWA en los campos”. UNRWA responde que la devaluación diaria de la moneda libanesa ha provocado “problemas durante la distribución” que tuvo que ser suspendida.

“Entendemos cuán desesperada es su situación, es por eso por lo que estamos trabajando para garantizar que podamos tener fondos para una mayor distribución de efectivo más adelante en el año, pero la falta de financiación de UNRWA es un grave problema”, apunta la directora ejecutiva de la Agencia en España.

70 años después de la Nakba palestina, la expulsión del pueblo palestino de sus hogares donde se levantó el Estado de Israel, la incertidumbre, el miedo, las condiciones de agravamiento, la falta de libertades y de derechos hace que la pandemia de la COVID-19 sea un enemigo más, pero no el peor.

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