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La barca de Dante o cómo Europa hace aguas

| 16 septiembre, 2019 17.09
La barca de Dante o cómo Europa hace aguas
Foto: @openarms_fund

A veces en verano es difícil conciliar el sueño. Y es que, aunque sea en esta época del año, cuando tendemos a apretar el botón de pausa, el mundo no se para y sigue girando a pesar de nuestros intereses. La vida, al margen del chirrido de nuestro “me, mi, conmigo” continúa sin dar cuartel a nuestro pretendido silencioso olvido. “No dar cuartel”, la lucha sin tregua, sin benevolencia con el adversario hasta el final. Esta ha sido la política llevada por Europa ante la enésima crisis vivida en el Mediterráneo: una lucha a muerte contra las leyes internacionales de rescate en el mar. Un combate entre Matteo Salvini y los pasajeros del Open Arms en el marco de la guerra declarada a las oenegés. En cualquier caso, el efecto mediático logrado ha sido reencontrarnos con la realidad a pesar de las ganas que podíamos tener en Europa de escapar de ella.

Y es que, por mucho que los medios de comunicación, nosotros y nuestros tiempos nos empeñemos, el mundo no entiende de pausas. Es por eso que, algunas noches de verano, los fantasmas nos acarician el pelo para conjurar nuestras más temidas pesadillas y filtrarse en nuestros sueños impidiendo el pretendido olvido. Cuando desde España se propone sellar las fronteras a los inmigrantes, se obvia como, por ejemplo, a fines del siglo XIX, olvidamos la emigración que desde este mismo país partió a América como respuesta a la dramática situación social que entonces se experimentaba especialmente en las zonas de mayor atraso agrario o la importancia de los aportes a la economía española de los emigrantes que fueron a buscar trabajo en Francia y Alemania en la década de los sesenta y setenta en pleno franquismo. Y es que hoy como ayer, en medio de la impotencia y la falta de solidaridad de las autoridades europeas ante la tragedia de los refugiados, destacan las personas que, lejos de quedarse con los brazos cruzados, hacen lo que está en su mano para salvar aunque sea solo una vida humana ¿Gotas de compasión en nuestro mar de indiferencia?

Llega el momento de la vuelta, el tiempo ordenado nos reconduce a nuestros lugares de trabajo, los que tenemos suerte para volver a ellos. El orden impuesto deja sus pausas y los pasajeros del Open Arms tras llegar al puerto, dejan de ser noticia. La barca, sin embargo, sigue navegando por los sueños rotos, una nueva balsa de la Medusa de Gericault, más moderna, con nuevos tintes trágicos. Como se sabe, el óleo que encierra el Museo del Louvre, representa una escena del naufragio de la fragata de la marina francesa Méduse, encallada frente a la costa de Mauritania el 2 de julio de 1816. Al menos 147 personas quedaron a la deriva, afanados en una balsa construida apresuradamente. Todas ellas, a excepción de quince personas, morirían durante los siguientes trece días que se tardó en rescatarlos. Los supervivientes debieron soportar el hambre, la deshidratación, la antropofagia y la locura. El suceso devino un escándalo internacional, en parte porque sus causas fueron atribuidas a la incompetencia del capitán bajo la autoridad regia, recientemente restaurada en el país. ​

Por su parte la barca de Delacroix recrea el pasaje de la Divina Comedia en el que Dante, acompañado de Virgilio, viaja al Infierno y al Purgatorio. Como se sabe en este último el poeta florentino junto a Virgilio y Caronte luchan por salir adelante con la embarcación; mientras los condenados intentan asirse con todas sus fuerzas a la barca, presentando figuras escorzadas de condenados iluminadas por un potente foco de luz que deja en penumbra a la supuesta triada protagonista. De alguna forma ambos cuadros se configuran en las pesadillas. Una imagen que se atropella desde la línea que parte del cadáver que yace en la margen izquierda del cuadro de Gericault, asciende hasta el marino que agita un trapo en dirección al barco que acude al rescate. En la pesadilla el barco nunca llega. Seguidamente se presenta el cuadro de Delacroix que no deja de representar la última odisea del Open Arms, iluminado por la luz de los excluidos frente a la oscuridad presentada por la política de Unión Europa. En este último cuadro los gruesos paños que ondean al viento suponen la nota de color en la escena dominada por esa oscuridad de ambiente infernal mientras las figuras desnudas muestran la desesperación humana en su límite, especialmente en la que se agarra a la barca con los dientes. Al fondo, la imagen de Dis, la ciudad infernal diluida en la agonía reflejada al fondo del lienzo, que bien podría emular en nuestros días a toda África, a la propia Europa o a ambas: el mundo en llamas. Un mundo encarnado por la lucha de quienes intentan alejar los fantasmas de la muerte frente a los que enarbolan la bandera del “nosotros first”.

Mientras Salvini, a modo de un nuevo “Duce” se erigió como valedor de una política tan vieja como actual -hacer de Europa un muro infranqueable para abandonar a su suerte a los más pobres, incluso cuando esto signifique la muerte- las personas recogidas en el Open Arms, las de ahora, las de ayer y las de mañana, evidencian que, allende de nuestro muro forjado sobre el silencio y el olvido, la vida continuará fuera de él. Matteo Salvini ha salido derrotado con crisis política en Italia, pero no nos engañemos, el mundo está lleno de Salvinis.

No es de extrañar que, así las cosas, algunos “voceros” de los gobiernos de la Unión Europea hayan acusado al Open Arms de encontrarse donde no tenían que estar y haber actuado en una situación de emergencia, culpándolos en definitiva por no haberlos dejado morir.

En verano, decía, uno se empeña en dormir, en abrazar el silencio y apartarse del mundanal ruido, hacerse inmune a sus ataques, esos que solo hacen daño a los que permanecen atentos, con ojos abiertos, esos que solo llegan a los despiertos. Pero como decía, en ocasiones la noche se conjura contra la dulce conciencia adormecida y cómplice que solo los desheredados saben remover. La conciencia “pesadilla de la naturaleza”, tal y como apuntaba Emil Cioran, nuestro temido retrovisor del subconsciente.

Cada vez que hay un rescate, se produce un conflicto político, de tal forma que se constata una Europa de ombligos rotos, una barca que nada sobre un mar de muertos mientras orgullosa se inclina ante su bandera negra con una calavera cruzada por huesos en blanco. Los nuevos piratas son egos a los que tan solo acompañan sus sombras, las únicas permitidas en esta Europa tan grande como miserable. Todo un cuadro dantesco que se abre en nuestro imaginario repleto de historia de sueños roto y los sueños, por mucho que nos empeñemos, no siempre son solo eso, a veces también son trasuntos de la realidad, espejos cóncavos que reflejan la imagen deformada por fragmentos de la otredad.

Esa es la verdadera imagen que deja el Open Arms, una Europa a la deriva, un esperpento que hace de los “Derechos humanos” papel mojado, “una quimera” sin timón ni moral, “una ficción” de tripulantes que huyen de los naufragados o juegan a repartirlos “ahora aquí, luego allá” sin percatarse de su propio naufragio. Un cuadro dantesco que solo los más necios consiguen ignorar para conciliar el sueño.

El verano ya ha terminado. Nos deja la imagen de Richard Gere en el Open Arms para hacernos apreciar cuánto gustan “los héroes” y que poco las víctimas. Esperemos despertar de nuestro sueño para evitar caer en nuevas pesadillas, hacer de nuestra conciencia un lugar más solidario donde quepa la otredad para finalmente impedir que acabemos por naufragar todos.

16 septiembre, 2019

Autor/Autora

Profesor asociado de la Universidad de Zaragoza (Deparmaneto de Didáctica de Lengua y literatura y ciencias sociales) y profesor de secundaria.


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