Aunque en sentido inverso, decidimos recorrer la misma ruta que hicieron muchos bluesman e instrumentistas de jazz remontando el curso del Mississippi. De Nueva Orleans a Chicago, del Delta a Memphis, de Memphis a Saint Louis. Más que buscar, queríamos vivir los caminos que partieron de aquel principio y que no han dejado de crecer ni de transformarse. Queríamos respirar el humo de los bares que llenaban aquellos nietos de esclavos, hijos de la segregación. Queríamos sudar blues.
Veníamos de Chicago. Del Chicago Blues Festival. Nadie debería morirse sin haber estado allí. Enlazamos la Route 66 con la Highway 61. Pasamos de la agradable sorpresa de Saint Louis a la confirmación de Nashville y Memphis. Hasta ahora, noventa de cada cien componentes de las bandas de blues han sido negros. Diez de cada cien espectadores, también.

Media hora después de dejar Memphis, cruzábamos la frontera del estado de Mississipi. Granjas, cabañas de madera y concesionarios John Deere.
En Memphis, Tennesse, vimos el cómo y el porqué del nacimiento del rock and roll, del soul y esos cambios sociales que siempre han ido acompañados de movimientos musicales. Hay tres lugares inevitables: el estudio de grabación Sun Records, el museo de la Stax y el Hotel Lorraine.
Los tres lugares están conectados y te ayudan a entender el cómo y el porqué de algunas cosas que marcan hoy nuestras vidas. Desvirgar un disco de vinilo. Escucharlo mientras miras a ninguna parte con una cerveza en la mano. Mover los pies al ritmo de una canción en un concierto. Olvidar las tensiones de la semana en un bar con tus amigos. Socializar.
Sun Records grababa a negros tocando rythm and blues. Sam Philips encontró blancos que cantaban como negros. Algunos de ellos suenan en la visita guiada. La pareja japonesa de Mistery Train, la película de Jim Jarmusch, la encuentra más despejada de público. Oír lo que aquella gente grabó allí mismo es como descorchar una botella de champán cada mañana. Lo mismo que escuchar a Ottis Redding en la Stax.
En el Hotel Lorraine fue asesinado Martin Luther King. Un complot, dicen. Como el de JFK. Hoy es el museo de los Derechos Civiles. Aquella lucha por la igualdad, en contra de la segregación, está bien contada. Aunque no tan bien como la cantaron los primeros bluesman.
Welcome to Mississippi, nos dice una señal. Y en poco tiempo llegamos a Clarksdale. Es un pueblo pequeño, pero no es un pueblo al uso. Hay un pequeño downtown. El resto son casas aisladas, cabañas de madera y calles anchas que rápidamente se convierten en carreteras. En todos los pueblos, en todas las ciudades del estado se respira el mismo aire rural y perezoso. Es como un viaje en el tiempo. En los años veinte o cuarenta o sesenta, no hubiéramos encontrado grandes diferencias.
Mississippi es un estado lleno de fantasmas. Por aquí paseó Robert Johnson. En el cruce de la 61 con la 49 vendió su alma al diablo. Yo no creo, pero allí lo creí.
Morgan Freeman tiene un buen juke joint en el centro de Clarksdale. El Ground Zero Blues, justo al lado del Delta Blues Museum. Tocan buenas bandas de jueves a domingo. El garito es nuevo, pero parece que lleve allí toda la vida. El público sigue siendo blanco.
En Clarksdale hay una antigua plantación, Hopson, que tiene un museo de blues y organiza conciertos todos los días. Al lado, el Shack Up Inn, tiene muchas cabañas de madera originales donde vivían los trabajadores. La gran mayoría negros. Hoy sirven de alojamiento a los viajeros. Ni grupos ni niños, exigen. Al lado de recepción hay un juke joint, pero el público sigue siendo blanco.
A las afueras de Clarksdale hay uno de los mejores de Mississippi. El Red's Lounge. Es lunes y solo hay conciertos los viernes y los sábados, pero una chica detrás de un mostrador nos dice que hoy, excepcionalmente, toca una banda.

Cerca del Red's está el Riverside Hotel. Una casa de madera, antiguo hospital para negros. Allí murió Bessie Smith. Un accidente de circulación, demasiado tiempo en ser asistida, escaso material para salvar su vida.
El Red's, por fuera, es una cabaña hecha con viejos listones de madera, rótulos pintados a mano y una barbacoa al lado de la puerta. Hay un banco y varias sillas. Hace mucho tiempo que redimieron sus pecados. En la puerta una limusina, ni un alma alrededor. Golpeo con mis nudillos antes de empujar la puerta. Chirría como un gato azotado. Mi compañera me sigue. Me ciega la oscuridad del interior. Mientras, intento que mis ojos se olviden del sol naranja del sur. How are you doing?, pregunto. No veo a nadie. Poco a poco distingo un techo bajo con partes caídas. Luces de neón de marcas de bebidas. El espacio es pequeño y a la derecha hay una barra de bar. La barra de bar con la que sueña todo bebedor. Al fondo veo una televisión encendida y un hombre negro que se acerca buscando la barra para apoyarse. Me busca con la mirada, pero solo me encuentra cuando le vuelvo a hablar. How are you doing, guys?, dice. Es ciego. Le pregunto por el concierto. Suspendido. Se disculpa. La banda ha tenido un percance y al final no tocan. Me vuelvo hacia mi pareja. Lo acabo de oír, me dice. Nos duele. El tipo lo nota y nos recomienda el Bluesberry Hill. Está en el centro.
Es un local que solo abre los lunes y tiene buenas bandas de blues, buenas hamburguesas y grandes platos de pasta. Hoy le toca el turno a Watermelon Slim and the Truckers. Poco a poco el lugar se va llenando. Hay banderas de muchos países y la gente no ha ido allí como íbamos en tiempos a un cine de barrio. Sin saber ni el título de la película. El público es entendido y es, en su totalidad, de raza blanca.
Juke Joint no tiene traducción al castellano. Eran los lugares donde se reunían los negros para escuchar blues, tomar unas cervezas y, en algunos, hasta comprar comestibles. Solían estar en los cruces de las carreteras. Quedan pocos y vamos en busca de ellos. Hace mucho tiempo que la música nos arrancó el alma y queremos saludar al leviatán que poseyó aquella tierra. Antes de la Sun, antes de la Stax. Esos juke joints que hervían cuando el sol se ponía en el Delta del Mississippi.
Poco más al sur de Clarksdale y antes de Cleveland, hay otro juke joint que alcanzamos camino de Vicksburg. Es el Po Monkey's Lounge. No es fácil de encontrar y el horario de apertura va en función de las apetencias del dueño. Dicen, no lo comprobamos, que incluso te puedes llevar tu propia cerveza. Es otra destartalada cabaña con rótulos pintados a mano. Apetece entrar y quedarse media vida, pero está cerrado.
Vicksburg es una ciudad con más de veinte mil almas. Aquí tuvo lugar una de las batallas más importantes de la Guerra de Secesión. Fue la lata que abrió el Ejército de la Unión para cruzar el Mississippi y ganar la guerra. Tiene un centro coqueto, con casas sureñas y un pequeño conglomerado de casinos a las afueras. Todos están en el río. Algunos, en antiguos barcos de vapor.
Por las calles suena jazz, a veces blues. Desde los árboles salen buenas notas de unos pequeños altavoces. Calles espantosamente empinadas bajan hasta el río. Un puñado de buenos bares. Entre ellos, un juke joint. El Ld's Kitchen. No tiene tanta solera como el Red's o el Po Monkey's y no es de madera, pero esta noche hay un buen concierto. Lo buscamos.
Una especie de nave de ladrillo con una puerta frontal nos mete en un discreto restaurante. En las paredes varios carteles con el manido No Weapons y otros muchos con fotos de los platos que se pueden elegir. La especialidad, el catfish. Un pez que vive en el Mississippi. En las mesas, solo comensales afroamericanos. Preguntamos a la camarera. ¿Hay concierto? Lady L and The River City Blues Band, dice una afroamericana entrada en años sin llegar a la categoría de anciana.
Tendréis que entrar por allí. Señala otra puerta lateral. Nos enseña la parte del local donde tendrá lugar el concierto, al final de un pasillo que sale del restaurante. El techo es bajo y la decoración setentera. Nos despedimos hasta dentro de unas horas.
Nos vamos a husmear por un casino. Da pena y asco a la vez ver a la working class jugándose el jornal en la ruleta o las máquinas tragaperras. Pero no solo se aprende de las cosas agradables.
Mississippi es el estado más pobre de Estados Unidos. Mississippi es el estado que tiene, porcentualmente, más población afroamericana. Antes de la Guerra de Secesión era uno de los más ricos. Tener mano de obra gratis siempre ha sido una ventaja. Tras la guerra la población afroamericana bajó. Entre los años 1962 y 1965, pocos kilómetros al este y al norte de Vicksburg tuvieron lugar varios acontecimientos que cambiaron el curso de la historia para la población negra y, afortunadamente, la forma de pensar de una gran parte de la blanca. Se podría comenzar por el año 1955, cuando Rosa Parks no se levantó de su sitio en un autobús de Montgomery, Alabama, para ceder el asiento a un hombre blanco. Fue arrestada. Antes lo habían hecho algunas otras mujeres sin tanta repercusión. Y se podría terminar en 1970 cuando en la última escuela de Mississippi pudieron estudiar juntos críos blancos y negros.
En 1962 la lucha del estudiante de color James Meredith por entrar en la universidad de Mississippi provocó dos muertos y decenas de heridos. Dos años después, en 1964, pocos kilómetros al este de Vicksburg, tuvo lugar el asesinato de tres activistas por los derechos civiles en el condado de Nehoba. En un flea martket encontré un número original de la revista Life fechada en diciembre de ese año. Un dólar. Portada de Elizabeth Taylor y amplio reportaje del suceso en el interior. El juicio se había celebrado un par de meses antes y el sheriff que orquestó la conspiración, Lawrence Rainey, declaraba: “Esta mañana me ha costado llegar una hora al trabajo. He empleado mucho tiempo en estrechar manos”. Ese verano muchos ciudadanos de Mississippi se unieron a los White Knights, la rama más violenta del Klu Klux Klan. Junto con los ayudantes del sheriff cortaron carreteras, vigilaron cruces y repartieron armas en una locura colectiva que les llevó a creer que estaban ante una nueva Guerra de Secesión. La búsqueda de los cuerpos de los chicos asesinados permitió la localización de más cadáveres de afroamericanos a manos de Rainey y sus ayudantes.

Un año antes JFK había sido asesinado y el Klan sigue apareciendo como parte de la conspiración. En 1965, meses después de los asesinatos de Neshoba y muy cerca de allí, tuvieron lugar las tres marchas de Selma, Alabama. Con la conciencia del resto del país tocada, Lyndon B. Johnson promulgó la ley de derechos civiles y, por fin, la del voto negro en 1965. Legalmente acababan con la segregación. Aquí, en Mississippi, los coletazos duraron hasta la década de los setenta.
Pocas horas después, el parking del Ld's Kitchen está lleno de camionetas Ford y coches de colores tan discretos como el traje de un payaso. A la puerta de entrada lateral que da a la sala de conciertos no le caben más carteles de “Prohibido llevar armas”. No llevamos, pero nadie lo comprueba. El garito es grande, como todos en los USA. Tiene forma de L y una barra en cada extremo. En el culo de la L está el escenario. Dos tipos y una tipa prueban sonido. Rondarán los 65. En las mesas hay bastantes mujeres de mediana edad celebrando un cumpleaños. Todas visten como nadie viste en otro lugar. El público es en su totalidad afroamericano a excepción nuestra.
Nos apoyamos en la barra más cercana al escenario. Pedimos las primeras cervezas. Nos gusta beber de pie, pero no es la costumbre en Estados Unidos. A nuestro lado hay taburetes ocupados por tres o cuatro treintañeras. Pesarán más de cien kilos y no serán mucho más altas que una lata de cerveza. Hablan muy alto y por tres veces me invitan a que me siente en una banqueta libre entre ellas. Sonrío tres veces y les digo que prefiero estar de pie. Somos unos extravagantes. Antes del concierto había visto y oído algo del trabajo de Lady L, la cantante. Más que interesante. Voz aterciopelada, combina blues, jazz, funk. En un momento dado pasa a mi lado. Se lo digo. Junta las palmas de las manos en posición de rezar, mira al cielo y me dice: “God Bless you”. No creo, pero me gusta. En unas mesas a nuestra derecha se van juntando los más viejos del lugar. Un grupo de 15 o 20 veteranos de la vida con guayaberas color pastel y sombreros Fedora. Fuman puros. No nos miran mal. Yo nací en el 65, cuando ellos rondarían la veintena. Entonces no bebían de donde yo hubiera bebido ni entraban por donde yo hubiera entrado. ¿Se puede fumar? Preguntamos al camarero. Nos da un cenicero. Pedimos más cerveza. The River City Blues Band sube al escenario.
Durante media hora mezclan blues del Delta con funky primitivo. Luego sube Lady L. Las chicas se animan y salen a la pista a bailar blues line dance. Si te fijas en sus pies no parece que se muevan más de lo que lo hace un charco. Pero si vas subiendo hacia las caderas, luego a los pechos y sobre todo a los ojos, te das cuenta de que no habías visto a nadie moverse igual. No marcan el ritmo, lo llevan dentro. Sale uno de los veteranos. Necesita un bastón. El tipo baila como si estuviera endemoniado, poseído por algo que nadie más puede ver. Solo sentir. Es la música, el diablo que compró el alma de Robert Johnson en el cruce de la 49 con la 61.
Juke Joint no tiene traducción al castellano. Ni siquiera al inglés. Juke Joint es el paraíso de los negros donde nosotros fuimos a buscar un pedazo de infierno.




