Por qué a la derecha tradicional cuando vienen baldadas no le importa echar mano de la extrema derecha? Creo que la respuesta es relativamente fácil. La derecha, como diría Errejón; ostenta siempre hasta un mínimo de un 80 o 90% del poder real. ¿En qué consiste ese poder? Pues en la economía, las instituciones judiciales y los poderes fácticos (si es que se siguen llamando así).
La economía; es evidente que las decisiones de los grandes banqueros, los grandes empresarios, las multinacionales y, en general, la patronal patria, influyen decisivamente en la vida de la mayor parte de la población, teniendo un carácter no democrático (no están controlados por la soberanía popular) y, sin embargo, determinan muchas decisiones gubernamentales y, lo que es peor, muchas inacciones del ejecutivo.
Las instituciones judiciales; por la propia naturaleza de la carrera es muy extraño que un hijo del proletariado acceda a una plaza judicial, eso no garantizaría nada ideológicamente pero incluso, en algunas encuestas, se autoproclaman conservadores aproximadamente un 70% de los miembros de estas especialidades ( igual que en la policía y en el ejército). Es normal, el poder y el sistema son mantenidos por estas fuerzas reacias a los cambios, mucho más a los cambios revolucionarios o, simplemente progresistas. Mil ejemplos tenemos a nuestro alrededor de que lo que han conseguido es que la ciudadanía tenga el más bajo concepto, probablemente de la historia, de esta institución. Además, dado el sesgo ideológico del gremio, se pretende desde la derecha que sean los propios jueces quienes elijan a los que compondrán su órgano rector, hurtando a este poder de cualquier control por parte de la soberanía popular. Y, en último caso, al igual que no se tiene empacho alguno en deslegitimar a un gobierno perfectamente democrático, se puede atacar impunemente a aquellos jueces que se salgan de la norma conservadora mayoritaria.
Pasemos ahora a los poderes fácticos más evidentes; las actitudes, los símbolos, los valores de estas fuerzas, en general, ya sabemos hacia dónde escoran ideológicamente. De hecho, siempre son nombrados los componentes más derechistas de los gobiernos de izquierdas para interior y defensa, hay que contentarlos. En estas fuerzas la separación iglesia-Estado no se aplica jamás; unidades especialmente destacadas en la represión y la lucha contra su propio pueblo siguen siendo ensalzadas como verdaderamente heroicas; los símbolos franquistas perviven en su seno con una normalidad que debería escandalizarnos, en fin, no me voy a extender sobre este colectivo, ya sabemos. nos lo enseña una vez más la historia, de qué parte se ponen cuando se complican las cosas.
Pues bien todo esto no es suficiente. Hay toda una élite política en la derecha (hasta hace no mucho con los extremistas, ahora escindidos, en sus propias filas) que considera “derecho natural” ostentar también el poder ejecutivo y “una anomalía” que pueda estar, circunstancialmente, en el lado izquierdo del panel político. Para conseguirlo están dispuestos a todo. Lo estamos viviendo en nuestro país, pero quizás no nos damos cuenta de la gravedad de la situación.
A lo largo de la historia la derecha no ha tenido empacho alguno en deteriorar, como está haciendo ahora, las instituciones democráticas, hasta hacerlas y irreconocibles: un poder judicial desprestigiado por su descarada utilización política, unas Cortes convertidas en un lodazal en las que no se habla más que de bulos y se utiliza un lenguaje barriobajero obviando las propuestas y destrozando cualquier iniciativa positiva. Esto crea una enorme desafección hacia la democracia, deslegitima al ejecutivo y al poder legislativo, aumenta la abstención y polariza enormemente a la sociedad. De ahí a legislar el negativo, destruir lo que han hecho los gobiernos anteriores en vez de tener iniciativas propias, censurar antidemocráticamente todas las manifestaciones culturales de los adversarios y manifestarse abiertamente contra consensos, aparentemente asentados en nuestra democracia, no hay más que un paso: que ya se está dando
En Alemania la hiperinflación se llevó por delante a la República de Weimar hoy, en Argentina, un apóstol chalado de la destrucción del Estado del Bienestar, también de la mano de una economía en estado crítico, ha llegado al poder; en Hungría tenemos un régimen de corte “venezolano” en el centro de la Comunidad Europea; Trump, el Frente Nacional francés, Alternativa por Alemania, asoman sus orejas. La neofascista Meloni ya está en el poder y ha podido disfrutar de marchas nocturnas neofascistas brazo en alto y antorchas iluminando el espectáculo para regocijo de los huesos de Mussolini, ésta, de la que el líder de nuestra derecha dice que está muy “centrada”.
Da miedo que la destrucción de la credibilidad en las instituciones democráticas de paso a este acercamiento a posiciones de extrema derecha con su caminar hacia un añorado totalitarismo.
Pero esto es algo que nunca le ha preocupado a la mayoría de la derecha tradicional, conservar también ese 20% de poder que, en algunas ocasiones por culpa del “perverso juego democrático” pudiera caer en manos de los social-comunistas es necesario para las carreras personales de estas élites y, sobre todo, para preservar el “orden natural de las cosas”.
Harán lo que sea para conseguirlo, si la democracia estorba, ahora que ya tanta gente está desilusionada con ella, pues vayamos arrinconándola. Si la democracia no es participativa las élites la manejan a su antojo, y su antojo es ir socavándola, llegamos a una grave situación... en la que ahora estamos.
Abascal, en tiempos de Franco, por haber ido a apoyar al líder de un país que amenazó a la patria española habría sido detenido y acusado de alta traición nada más bajar por la escalerilla, eso habría hecho con él su amado Caudillo, pero es que en esa época (se me olvidaba), no había partidos políticos ni democracia, por lo que nunca habría pasado. Sirva esta pequeña paradoja final como colofón, el que quiera entender ya sabrá a qué me refiero.
No descansemos, pues los huevos de la serpiente eclosionan por doquier, amenazantes.

