Desde su creación la española Silvia Heredia Martínez coordina este proyecto comunitario. En una entrevista con esta trabajadora social explica cómo es la vida en este popular sector de San Pedro Sula, desde una visión muy alejada a la de los medios tradicionales que asocian a su vecindad con la criminalidad.
En el norte de Honduras, en el departamento de Cortes, San Pedro Sula es la capital económica y símbolo del crecimiento e innovación empresarial del país. A la producción de banano y caña de azúcar se incorporó la industria y las conocidas maquilas dedicadas principalmente a la producción textil y piezas para automóviles. Unas industrias que explotan a sus empleados llevándoles a sus límites físicos en jornadas extenuantes y que igual que crean empleo lo destruyen al no dudar en salir del país con destino a otros centroamericanos o asiáticos con costes laborales aun más bajos. Desde 2011 a 2014, encabezó la lista de ciudades más violentas del mundo. El sector Rivera Hernández, hoy el más importante de la ciudad con 300.000 habitantes, tenía la reputación de ser el más peligroso de la ciudad, con seis maras y la policía disputándose el control del territorio a costa del bienestar y tranquilidad de la población.
Los orígenes del programa
Hace 23 años esta española, nacida en Alicante, llegó, junto con Oscar y Alicia, para realizar un estudio de las condiciones de vida de la gente a petición de la iglesia católica.
Es un barrio en que la población vive hacinada en “cuarterías”, espacios compartidos donde viven varias familias y no existe un sistema de alcantarillado, lo que hace que, en ocasiones, tengan que convivir con aguas residuales. La situación se agrava por el hecho de que San Pedro Sula es una planicie situada en un valle inundable. La falta de inversión en infraestructuras hace que las calles de tierra permanezcan enlodadas por las lluvias y las aguas fecales un problema permanente.
“Desde que llegamos vimos estas condiciones y nuestro enfoque era trabajar para que estas comunidades tuvieran espacios dignos de crecimiento. Empezamos con una pelota en la calle para que nos conocieran. Después el patronato, el equivalente a una asociación vecinal, nos prestó una casa comunal y comenzamos con lo mínimo, dando un vaso de leche y una semita (un pan dulce tradicional local), durante cuatro meses hicimos un estudio con la comunidad para saber qué necesitaba y conocer las condiciones y realidad del sector”, recuerda Silvia.
Explica que empezaron el trabajo con los niños porque estaban en situación de riesgo: “Paso a Paso nace de ver la situación de menores que no tenían dónde estudiar, jugar, ni espacios seguros, surge como un programa para alimentar a estos chavales que estaban desnutridos, que no rendían académicamente y se dormían en la escuela”.

Después pasaron a trabajar con mujeres en aspectos de cuidado comunitario: una alimentación con menos azúcares y grasas, una huerta comunitaria, el cuidado del agua, en un sector donde no hay agua todos los días y que está contaminada, transporte para los alumnos, en un sector donde son habituales los secuestros y desapariciones y garantizar una movilidad segura se convierte en una necesidad para su protección, y, actualmente, con una cooperativa de mujeres para apoyar a las que terminan sus trabajos despedidas y explotadas de las maquilas o que no tienen independencia económica de las parejas que abusan de ellas. En ‘Paso a Paso’ trabajan principalmente con las mujeres porque la realidad es que las que se quedan son las mujeres, si un hombre se va deja a los hijos pero las mujeres nunca los abandonan.
Construir el futuro, cambiando el presente
El programa pretende romper el estigma de criminalización con la que se etiqueta a las personas que viven en el sector. “Nacer aquí es un castigo. La juventud y la niñez crece entre miedos e inseguridades. No esperamos que vengan y nos solucionen los problemas, pero pedimos que se nos dé la posibilidad de hacerlo nosotras y que no se nos estigmatice. A pesar de que ‘Paso a Paso’ está a escasos metros de una posta policial no hay seguridad, aquí secuestran, desaparecen y asesinan a mujeres, a niños, jóvenes. El programa es un espacio de comunidad, cuidado, atención y esperanza, un proyecto que ayuda a soñar. Nuestra importancia y esfuerzo es esa educación, que entiendan que las cosas se pueden cambiar”, señala Silvia.
Explica que hacen un trabajo de prevención para que los jóvenes no caigan en el alcohol o en la venta de drogas, para que entiendan que “ese dinero pues es rápido y es fácil pero también te lleva a la muerte o a la cárcel. Educarles en que aspiren a a trabajos dignos, a vidas dignas y no conformarse con que por haber nacido en este sector, digamos que es lo que te toca”.
En el centro dan formación académica y disponen de un espacio de recreación para actividades lúdicas, destinado a menores y jóvenes de cuatro a diecinueve años y con mujeres de todas las edades, las madres, o las responsables de familia. Además, entregan becas escolares, que incluyen una bolsa de aseo, productos de alimentación y nutrición. Tampoco olvidan la educación sexual: “Las iglesias tienen mucha fuerza en el país y el Estado no permite educar sobre nuestros cuerpos, sobre nuestras decisiones”. Aunque la presidenta Xiomara Castro aprobó en 2023 el uso de la píldora anticonceptiva de emergencia, la tasa de embarazo adolescente es superior a la media en la región y el doble de la mundial y la educación sexual no se incluye en el currículo escolar.
Silvia insiste en que el programa se puede sostener por que se trabaja con la comunidad. Además, de las nueve personas hondureñas contratadas, hay sesenta voluntarias que lo hacen posible. “Contamos con la fuerza de la comunidad, mujeres que cocinan, limpian, apoyan y acuerpan porque creen que ‘Paso a paso’ es suyo, el éxito del programa es su carácter asambleario, desde que conocimos la filosofía de los pueblos del sur, del buen vivir, aprendimos que era con la comunidad con la que se hacía el trabajo. No te creas que nosotros llegábamos e impusimos, todo lo contrario, entendimos que había que aprender de los zapatistas, seguimos su lema ‘para todos, todo’, Paso a paso sería como un mini caracol zapatista”.
Además, el programa sigue el enfoque del pensador brasileño Paulo Freire de practicar una educación liberadora de los menores y sus familias. “Una propuesta de educación que nos ayuda a pensar y no obedecer, frente a un sistema donde se nos están educando en valores que pensamos que no son los adecuados”, señala Silvia.
Población del sector
“Ahora mismo hay trescientas mil personas y éramos ciento veinte mil, hace diez años, o sea, que la población crece vertiginosamente”. De esta población, aproximadamente, un 20% son desplazados internos. En 2024, según las cifras de las agencias internacionales, en Honduras los desplazados internos ascendían a 247.090 personas, principalmente por la violencia y criminalidad y el departamento más afectado es precisamente el de Cortés. Por ello, al programa goza de una gran diversidad y participan desde garífunas de la costa que viven en otra colonia del sector, la Alfonso Lacayo, e indígenas tolupanes, ambos grupos han tenido que salir de su territorio por seguridad, “porque les han matado algún familiar o están amenazados de muerte; otros buscando trabajo y también gente procedente del Merendón buscando escuelas para sus hijos”, precisa Silvia.
Pero igual que llega gente al sector también se va. Las casas abandonadas dan testimonio de la gente que prefiere salir. En noviembre de 2020, dos huracanes arrasaron el país, mucha gente decidió irse y otros quedarse para limpiar las casas y arreglar lo que se podía. Silvia subraya la necesidad de tener arraigo por lo propio y la obsesión de ‘Paso a paso’ en cuidar y dignificar el espacio en el que estamos.

Violencias en el sector
Las personas que viven en este sector sufren la violencia directa de las maras y de la policía. Desde la extorsión o el “impuesto de guerra” de los grupos criminales hasta el tratamiento de guerra de la policía hacia la juventud, amparado en un estado de excepción que para combatir la criminalidad ha sido renovado por el actual gobierno en 24 ocasiones. Aunque la secretaría de seguridad de Honduras anunció, el pasado mes de julio, que Tegucigalpa y San Pedro Sula habían salido de la lista de las 50 ciudades más peligrosas del mundo, la gente desconfía de las declaraciones triunfantes como la realizada por la presidenta Xiomara Castro que afirmó que su administración sacó a un millón de hondureños de la pobreza.
En las proximidades de ‘Paso a paso’ hay una posta policial que no queda lejos de una casa loca -vivienda ocupada por las maras-. Un ‘bandera’, vigilante en moto de la mara, hace rondas por las encharcadas calles que dejó las débiles lluvias de la noche. En la entrada principal de la escuela Carlos Alberto Rivera Ramos también hay aguas residuales y la basura se acumula frente a la puerta principal. La semana anterior cerraron la escuela dos días porque una candidata a diputada fue a inaugurar una instalación deportiva en plena campaña electoral y las próximas semanas los alumnos abandonan las aulas porque las instalaciones se utilizan como infraestructura logística vinculada a las elecciones, que se celebran el 30 de noviembre, los alumnos no regresarán a las clases hasta febrero, tras cuatro meses de receso escolar.
No hay espacios de recreación para los niños, solo un pequeño parque privatizado y cerrado, repleto de publicidad de donantes y en el que los juegos y columpios rotos no son reemplazados. Las únicas alternativas lúdicas son las iglesias donde, a cambio del espacio, recibes adoctrinamiento, o los centros comerciales, en los que hay que gastar dinero para consumir.
Con este panorama, Silvia se indigna por la falta de condiciones de las escuelas del sector, la dificultad en el acceso a la alimentación, con unos precios que están por las nubes y unos salarios que siguen estancados, la estigmatización de la gente que nace en estos sectores y se pregunta por quién vende las armas en este país. “¿Quién hace negocio con eso? ¿Porqué hay una ley que permite que un ciudadano en Honduras pueda tener tantas armas? Para mí eso es violencia. Que no tengan acceso a una escuela o de cinco días de clase a la semana solo se vayan dos a clases. O que te enfermes, ayer a una niña la tuvieron que sacar del sector porque acá no podían nebulizarla. Porque esa niña podría estar muerta y para mí eso es violencia”.
Silvia se enoja igualmente con la criminalización de estos barrios populares y de la juventud, no justifica las maras y pandillas pero cuestiona que la opinión pública no se pregunte de dónde sale la droga que los grupos venden.
En ‘Paso a paso’ no se dedican a sacar a la gente de las pandillas, no se dedican a juzgar ni cuestionar: “Intentamos ayudar en lo que podemos, porque muchas veces son privados de libertad. Este sector solo importa ahora cuando llegan las elecciones que vienen todos los partidos políticos, el resto del año no importamos a nadie. La juventud no es el problema, es el sistema que los asfixia y este país que los expulsa”.
Enfatiza en que son los vecinos de la Rivera Hernández los que se levantan a las cinco de la mañana para nutrir las maquilas de toda San Pedro Sula, gente trabajadora que sin embargo aparece en las noticias como si fueran todos delincuentes.
Un oasis de esperanza para la comunidad
Silvia finaliza la entrevista haciendo un llamado internacional a poner el ojo en Honduras. Afirma que es un país muy rico en el que se podría vivir muy bien y, sin embargo, la población se limita a sobrevivir. “En este sector, nos dedicamos al trabajo todo el día, no hay tiempo para soñar, solo hay tiempo para producir en un sistema que nos absorbe y nos destroza. En lugar de apostar por la educación, sanidad y seguridad, el Estado lo hace por el lucro, para beneficiar a los empresarios y así priorizan los cultivos de palma aceitera a costa de los campesinos, los proyectos hidroeléctricos desplazando a los lencas de sus ríos, o a los garífunas de sus playas para construir un resort de Barceló o grabar el reality Supervivientes de Telecinco”.
Antes de terminar recuerda que las vecinas se refieren al espacio del programa como un oasis que da vida a la gente sedienta de esperanza y recuerda la frase del pedagogo Paulo Freire: “No hay cambio sin sueño, como no hay sueño sin esperanza”. Y concluye afirmando que esa esperanza es la que hace que se levante cada día para continuar trabajando con la comunidad de la Rivera Hernández.

