Hace unos días visité el campo de Gurs. Llevaba tiempo pendiente. No porque mi visita cambiara nada, sino porque sentía que las personas que sufrieron aquel lugar merecían al menos eso: ser recordadas, ser honradas. Aunque yo no sea nadie, era mi forma de reconocerles, de decirles que no han sido olvidadas. Caminé entre lo que queda: trazas de barro, bases de barracones, cementerio, placas de homenaje, el silencio espeso. Allí estuvieron encerrados republicanos españoles, brigadistas internacionales, judíos deportados, gitanos, homosexuales, personas sin patria, indeseables para el poder. Allí se pasó hambre, miedo, frío. Allí se esperó la deportación y la muerte.
No pude evitar pensar en la contradicción: yo estaba de vacaciones, con comodidad, con descanso, con privilegio. Había dormido bien, había comido bien. Y mientras tanto, en mi móvil entraban las noticias de Gaza. Niñas y niños enterrados bajo escombros, hospitales destruidos, familias sin agua ni comida. Sentí la culpa en cada paso: ¿cómo se hace turismo de memoria mientras asistes, desde lejos, a otro genocidio en directo?
La respuesta no existe, pero la rabia sí. Porque lo que ocurre en Palestina no es inevitable: es permitido, financiado, justificado. Europa mira a otro lado, igual que miró entonces. Y sé que dentro de unos años, alguien caminará entre ruinas en Gaza como yo caminé en Gurs, pensando en lo que se pudo haber evitado. Habrá memoriales, habrá placas, habrá discursos solemnes. Pero para miles de niñas y niños palestinos ya será tarde.
Soy madre de una hija de 16 años. Tiene todo el futuro por delante: proyectos, sueños, la posibilidad de equivocarse y volver a empezar. Y me duele hasta la náusea saber que la juventud de Gaza no tiene esa opción. Que Israel les está robando su presente y su porvenir. Que madres como yo lloran por sus hijas e hijos convertidos en cifras, en cadáveres que apenas aparecen unos segundos en las pantallas. Esa es la fractura más insoportable: mirar a tu hija viva, llena de vida, y pensar en las que no llegarán a ser adultas porque el genocidio las arrasó.
A todo esto se suma otro peligro: las redes sociales que todo lo engullen. Vemos imágenes de niñas amputadas, familias rotas, hambre deliberada… y, a los pocos segundos, el algoritmo nos desliza hacia un vídeo de gatitos o una receta vistosa. Esa es la nueva forma de anestesia: acostumbrar los ojos al horror, trivializarlo hasta que se convierte en ruido de fondo. El exterminio retransmitido en directo se convierte en un “scroll” más, como si el sufrimiento de un pueblo entero pudiera compartirse en el mismo espacio banal que un meme. Y esa normalización mata dos veces: la primera, a las víctimas; la segunda, a nuestra conciencia.
Por eso, más que nunca, hay que hablar del daño que hace la neutralidad. Callar o colocarse en el falso centro es ponerse del lado del opresor. La historia ya nos lo enseñó demasiadas veces: quienes callaron en los años 30 y 40 no fueron neutrales, fueron cómplices. Y hoy ocurre lo mismo: no nombrar a Israel como genocida es sostener la impunidad. No exigir sanciones, no romper relaciones, no cortar el suministro de armas es una forma de apuntar contra Palestina. No hay equidistancia posible: o estás del lado de las víctimas o estás del lado de sus verdugos.
Visitar Gurs era una forma de honrar el pasado. Pero también de gritar en el presente. La memoria no puede quedarse en flores en un cementerio ni en visitas en silencio: tiene que convertirse en acción política, en denuncia, en solidaridad. Gurs me recordó que la historia no se repite sola: la repetimos cuando callamos, cuando aceptamos, cuando blanqueamos.
Yo estuve en Gurs, pero Gaza está ocurriendo ahora mismo. Y lo único que merece ser dicho con toda la fuerza es que el “nunca más” debe ser ahora, debe ser aquí, debe ser en Palestina.





