Una vez más, Estados Unidos se autoproclama gendarme mundial y bombardea un país en nombre de la seguridad, la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico.
Nos sobran los ejemplos para saber qué busca realmente la superpotencia americana y qué consecuencias tiene para el país que recibe las bombas. ¿Es acaso Libia, a quince años del derrocamiento de Gadafi, un país más próspero? Más bien al contrario, de tener el mayor Índice de Desarrollo Humano de todo el norte de África ha pasado a ser un territorio fragmentado, donde abunda la trata de seres humanos y el trabajo esclavo. Podríamos también hablar de Afganistán, donde años de intervención en nombre de la democracia han dado como resultado un narcoestado teocrático donde las mujeres han sido reducidas a la completa esclavitud, o Yugoslavia, donde la OTAN acabó con cualquier rastro del socialismo autogestionario y la democracia obrera.
La guerra es una herramienta del capital. Los conflictos bélicos nunca benefician a la clase trabajadora. Por un lado, es la clase obrera la que es sacrificada en el terreno de combate, la que pone las víctimas civiles y la que sufre las carestías producto de la violencia, el bloqueo y el saqueo. Por otro, la militarización solamente contribuye a consolidar y hacer más duro el poder de los Estados, limitando las libertades de auto-organización sindical y los avances materiales de las clases populares.
El régimen de Estados Unidos vuelve a revelar sin tapujos, que la administración gobernante no es otra cosa sino el gobierno del complejo industrial-militar que reclama sangre y petróleo a partes iguales. No debemos desviar un momento nuestra mirada de este hecho. Venezuela es un país que inició su camino hacia el socialismo en 1999 y se encuentra en una grave crisis. Crisis que en ningún caso podrá resolver una intervención militar extranjera. En Venezuela existen las comunas y existe el movimiento sindical. Éstos sostienen una resistencia diaria contra el bloqueo, la escasez y la agresión armada. Tengo una absoluta confianza en que la clase obrera venezolana se basta a sí misma para reforzar sus estructuras de poder popular y soberanía obrera e impulsar los cambios que considere necesarios, pero tal cosa es imposible con el cuello bajo la bota imperialista.
Estamos presenciando durísimos movimientos de reafirmación del dominio estadounidense sobre Latinoamérica. La administración Trump ha dado apoyo, a cara descubierta, a todos los candidatos de ultraderecha desde Javier Milei en Argentina a José Antonio Kast en Chile, pasando por Nasri Asfura en Honduras. En el ejemplo argentino, hemos visto como la reacción no solo no ha logrado resolver los problemas económicos de la clase obrera argentina, sino que se ha llevado por delante sus servicios públicos y miles de puestos de trabajo. Allí donde no pueden colocar un candidato, vemos sucederse las amenazas, las sanciones, los bloqueos y, ahora también, los bombardeos.
La salvación no llegará ni de Rusia, que ocupa los espacios que Estados Unidos deja libres pero que no tiene capacidad efectiva de respuesta, ni del Capital Chino, que ha demostrado una gran habilidad en mantener y reforzar su presencia mercantil a pesar de los cambios políticos. Como digo, no vendrá de ningún Estado rival al dominio estadounidense, sino de la propia clase trabajadora de latinoamérica y de la solidaridad que las y los trabajadores del mundo seamos capaces de movilizar.
No creo que exista neutralidad posible ante esta grave situación. Conocemos de sobras las consecuencias que tiene permitir que una potencia capitalista active su maquinaria de guerra. En estos tiempos, el Capital nos vuelve a colocar frente al abismo. La tibieza de la socialdemocracia solo nos sitúa ante un futuro de barbarie y destrucción de nuestras condiciones materiales.
Debemos declararle la guerra a su guerra.


