Grecia ahora ¿Hablamos de revolución?

Mi último día en Atenas, a una semana del referéndum, aprovecho para encontrarme con personas de movimientos sociales, pero también para palpar la realidad más allá del simple panfleto o el tostón del análisis político-económico, a años luz de cómo vive el pueblo griego las últimas semanas.

Foto: Paloma

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No sabes que están hablando de una revolución

Suena cómo un susurro (Tracy Chapman)

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Los bancos siguen cerrados. La estampa de la mañana es la de los últimos días con filas en los cajeros. El transporte público sigue siendo gratuito. Esto ayuda a que el infernal tráfico ateniense se haya aplacado. Tampoco es que los bolsillos estén para mucho combustible. Lo gana el Medio Ambiente.

Llegué el sábado y es más barato comprar en el mercado, por eso está lleno. Atenas se ha convertido en la ciudad de la compra a granel. Lo más barato es lo óptimo y siempre se puede compartir o hacer durar. Los que reciclan directamente de los desperdicios son muchos. La pobreza ya no tiene disimulo posible y no se oculta ni a los ojos del turismo. Los excluidos son legión.

Se venden muchos campings gas y cocinillas portátiles. Me aclaran que hay mucha gente que lo ve como una alternativa económica para cocinar, sobre todo si te han cortado la luz. La energía es muy cara y planea la amenaza de la nueva subida del IVA.

Los carteles, pintadas y pancartas del OXI (no) siguen en todas las paredes.

Son flashes de la realidad cotidiana, pero que parecen más preocupantes a la vista de la decepcionante experiencia en que se ha transformado el referéndum del pasado fin de semana.

Mirando al cercanísimo 5 de julio recuerdo mi charla con el anarquista Mihalis. Mucha gente de tendencia abstencionista terminó votando 'no', conscientes de que el 'sí' era un suicidio social de consecuencias catastróficas.

Ahora el cabreo es monumental, con un parlamento reunido con nocturnidad y alevosía (el pleno empezó a las 3 de la mañana) para cargarse la voluntad popular. Tampoco es nada nuevo si uno confía más de la cuenta en la política parlamentaria, pero se vive como la confirmación de un nuevo golpe que se traduce en una vida aún más jodida para la gente de a pie: jubilarse más tarde, ganar menos, pagar más IVA incluso por los productos básicos...

A lo largo de toda la semana ha habido concentraciones constantes en todo el país pidiendo que el NO al miedo, uno de los eslóganes de la campaña, fuera una realidad.

Por supuesto ha convocado el vigoroso movimiento anarquista y autónomo, pero también sectores vinculados a la propia Syriza.

Muchas personas, no necesariamente implicadas en movimientos políticos han sido claras pidiendo que se profundizara en un discurso netamente crítico con la línea de capitalismo duro que ha machacado la vida de la gente. No hay que entenderlo solo como un análisis político, sino como un hartazgo general de quien ve cómo está funcionando el juego más allá de la visión simplista del resto de los europeos.

El común de los griegos ve muy claro que en este tablero juegan muchas piezas a las que les convenía un sí y que dan especial miedo.

Por un lado están unas fuerzas armadas totalmente desproporcionadas (Grecia tiene un ejército similar al alemán con la octava parte de población) que siguen teniendo un trato privilegiado, dilapidan dinero público con el beneplácito incluso de Syriza y que están recordando que ahí siguen. No hay ruido de sables, pero nada indica que no pueda haberlo. Es un miedo real.

Tampoco son ajenos los griegos a unos medios de comunicación mayormente de derechas con una campaña política de permanente intoxicación que en estos días se han empeñado a fondo.

Los dueños de esos medios, a su vez, son aquellos que gozan de una vida de lujos a base de haber evadido pasta a manos llenas. A los grandes empresarios helenos se les conoce por su sigilo. Son un compendio desconocido de magnates de las empresas navieras y oligarcas de la industria energética y financiera. Su poder político en la sombra ha llevado a considerarlos un estado alternativo.

Y por supuesto sigue agazapado en espera de su oportunidad el caduco y corrupto bipartidismo del Pasok y Nueva Democracia que se vieron apeados de su poltrona y que parece preferir ver antes al pueblo hundido en la miseria que renunciar a una realidad que les ha sido favorable durante décadas.

Pero, además, el fenómeno del referéndum no ha hecho sino dejar patentes las inmensas limitaciones del juego electoral, como le está sucediendo también a una Syriza que se resquebraja a ojos vista. Lo que se vendió como un cauce de expresión de democracia directa ha terminado estrangulado por un corsé económico que no deja un milímetro para cuestionar el estado de las cosas.

Vuelvo a la calle, pronto iré al flamante aeropuerto, construido en unas olimpiadas que arruinaron la economía y enriquecieron a unos pocos. 2004 ya quedan muy lejos y vuelven los breves flashes de realidad.

Atravieso la degradada calle Veranzerou. Muchos yonkis, pero casi no hay prostitutas. Cruel ironía: no hay efectivo y en la prostitución callejera no se paga con tarjeta.

Estoy en el jardín okupado de Tsamadou Kipaki y hay un concierto para una persona con problemas de salud. Ser discapacitado en Grecia se ha convertido en una lacra atroz para quien la padece, puesto que las coberturas sociales se redujeron considerablemente y aún no se han recuperado. Se depende de la solidaridad familiar o de amigos.

Hablo con la gente y la decepción es clara. Igual es tiempo de un cuestionamiento más amplio. Un grupo toca una versión de Talking about revolution, de Tracy Chapman. De momento puede ser un susurro, pero la esperanza no ha de ser vana. Me dice un asistente que mucha gente tiene miedo a hablar de revolución.

Quién sabe. El juego está abierto y la humillación ha sido demasiado grande.

J.M. Marshal, enviado especial en Atenas de Radio Topo y AraInfo.

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