Antes que nada, reiteremos por enésima vez algo que, hace años, dije por escrito viendo a Trump y Putin sonriendo juntos: los dos son filo-nazis, mesiánicos, los dos son individuos capaces de todo. Antes que nada, reiteremos lo que muchas gentes, yo entre ellas, afirma: estar contra esta guerra y contra todas las guerras. Estar contra una guerra inicua, innecesaria, en Ucrania y estar, con la misma razón y fuerza, contra aquellas que siguen en Siria, en Yemen, en Palestina, en el Sahara y en otros treinta puntos calientes del globo. La mayoría de estas otras alentadas por intereses norteamericanos, europeos, saudíes, israelíes o de millonarios occidentales.
Dicho esto, a la vista de las falsedades que se dan, que se cuentan, que intentan lavar el cerebro de millones de personas, hay que añadir que esta guerra, innecesaria e inicua, tiene su origen en el golpe de estado en Ucrania alentado por Europa, por la OTAN y por bandas paramilitares de extrema derecha en 2014; lo que la prensa tildó de “revolución naranja” y que depuso al presidente democráticamente elegido. En eso y en la intención de la OTAN por incluir a Ucrania en su perímetro ofensivo con almacenamiento de armas nucleares, saltándose los acuerdos de 1997 entre los Estados Unidos y la Federación Rusa.
Desde hace varios días estoy reflexionando sobre el hecho del envío de material militar a Ucrania, más concretamente el del Gobierno de Pedro Sánchez. Propio de una sociedad militarizada que, como el señor Borrell, parece que quiere más la bronca, la guerra, ir más allá, que estar veinticuatro horas al día —para eso les pagamos sueldos estratosféricos—, mediando, ayudando, forzando, intentando por activa y por pasiva convencer a los dos actores para sentarse en una mesa de negociación real.
Me ha costado más porque el argumento que compara el envío de armas letales a Ucrania con la petición de armas del legítimo Gobierno de la República española a las potencias europeas y su negativa a venderlas, parecía reforzar la posición belicista de la Unión Europea y del Gobierno español.
Pero —así lo creo— es un silogismo falso, más falso que el beso de Judas. La República española, de haber tenido esas armas solicitadas y negadas por Europa, hubiera podido cambiar el signo de la guerra y vencer al fascismo. En este caso, enviar armas ofensivas no servirá para cambiar el curso de la guerra entre una potencia como Rusia y Ucrania. Es algo que nadie duda. Luego estos envíos solo servirán, además de para generar muchísimos beneficios a las empresas que los fabrican y venden, para alargar la guerra, para conseguir unos pocos —o muchos— muertos más que poner en las respectivas balanzas, para que la población ucraniana soporte más penalidades.
Desde luego, nunca para parar la guerra. No para conseguir un alto el fuego permanente. Apagar un incendio no se consigue, nunca, echando gasolina. Y eso es lo que hacen los dirigentes de una Europa que siguen los pasos de Norteamérica disfrazada de OTAN. De una guerra en donde la avaricia del hijo de Biden, gerente de la mayor empresa de gas ucraniana, puesto a dedo por su padre, ha tenido importancia. De una guerra en donde las materias primas de Ucrania, enormes, tienen su importancia en la balanza de ambos bandos. De una guerra en donde los 100.000 millones de euros, importe del gas ruso que se vende a Europa y que ansía Estados Unidos, tiene su importancia.
No es así, señor Sánchez, señor Borrell, señora Díaz, como se suma para parar esta barbaridad —por cierto, tanta como las otras treinta y algunas que hay en estos momentos financiadas por Arabia Saudí, por Israel, por Francia, por Estados Unidos…— Evidentemente, los muertos de color moreno no son los mismos que los rubios y para los grandes mandamases deben importar mucho menos. No, no es regalando armas letales en vez de hospitales, alimentos, en vez de multiplicar el diálogo en todos los frentes, como se puede parar esta guerra. Así, solo la prolongan. Pero comienzo a pensar si será eso lo pretendido: en vez de llegar a unos acuerdos —los acuerdos de Minsk de 2015 están paralizados y boicoteados sucesivamente por el gobierno de Ucrania y por las bandas paramilitares ucranianas— razonables y sensatos entre ambas partes, seguir guerreando —siempre los otros, nunca los que mandan—, con más muertos, con más dolor. ¡Quién sabe si los dirigentes de la OTAN quieren llenar de muertos sus balanzas para mantener sus tesis!
Porque, vuelvo a repetir, esta guerra —aunque tenga unos motivos geo-estratégicos que la prensa occidental calla, miente, falsea— es cruel, innecesaria, agresiva e inicua. Putin, independientemente de que los motivos existen, es un individuo filo-nazi, relacionado con todos los partidos de extrema derecha en Europa, financiándolos abundantemente, por supuesto incluyendo a VOX.
Volviendo a las armas enviadas, a la gasolina arrojada para apagar el incendio, duele la mentira, duelen las razones esgrimidas porque están falseadas. Duelen, doblemente, porque el Gobierno europeo, de mi país, las envía en nombre de la paz cuando lo que hace es alentar la guerra. Duele que algunos miembros de Unidas Podemos las apoyen con hechos y dichos. Duelen las razones de la vicepresidenta y del ministro de consumo haciéndolas coincidir con las de un Presidente que nunca será socialista. Duelen, y mucho, para la causa de la Paz.
La única manera de establecer tablas militares en Ucrania sería el enfrentamiento entre la OTAN y la Federación Rusa, de igual a igual. Pero eso conllevaría un cataclismo nuclear sin precedentes ni triunfadores, sin supervivientes seguramente. Si esa posibilidad se niega, para ventura del planeta y de sus pobladores, solo queda intentar que la guerra sea lo más corta, lo menos dramática, lo más cercana a una mesa de negociaciones. Y forzarla se logra presionando a un Putin mesiánico pero, a la vez, a un Zelenski irresponsable, por llamarlo de manera suave, que llama a la intervención de la OTAN sabiendo de sus consecuencias nucleares.
La paz no se logra avivando el incendio con nueva gasolina, con lanzagranadas, con aviones, con blindados enviados para alargar un conflicto que nunca debiera haberse iniciado y aumentar la cifra de muertos que poner en una de las balanzas. Porque, además, si los muertos fueran personajes como Borrell, Putin, Zelenski, Sánchez, Lavrov, Von der Leyen y esos cientos que manejan la política, el ejército o ganan dinero a espuertas con la guerra… Pero no, los muertos son, siempre, gentes de abajo, del pueblo llano, sean rusos, ucranianos, yemeníes, sirios, palestinos o saharauis. Si los muertos fueran ese tipo de gentes, generales, políticos, millonarios, reyes, presidentes…, la guerra se pararía en minutos. Como los muertos son, siempre y mayormente, de los pobres, de los que trabajan sin robar, de los que no llevan millones a los paraísos, de quienes no frecuentan Abu Dhabi, las guerras pueden eternizarse para mayor gloria de esos políticos, de esos millonarios, de esos que fabrican armas para volverse más millonarios. Porque sin armas, no habría guerras, señor Sánchez, señora Díaz.
Termino con un No a todas las guerras, maldiciendo a Putin pero también a la OTAN. ¡Malditos sean todos aquellos que las hacen posibles! Por activa o por pasiva.






