El frío es la sensación que genera la pérdida de movimiento de las partículas, la sensación que se tiene cuando se cede energía. Enero de 2026. Enero es el mes más gélido, su dureza llega cuando las artificiales luces de diciembre se apagan. Los primeros días del año están estremeciendo al mundo. Primer bombardeo de una capital latinoamericana realizado desde el norte imperial. Estridente el contraste entre el emperador naranja y ese color viejo e institucional de la Casa Blanca. Ruidos, chirridos y estruendos que cuesta descifrar. Es el crujido del hielo.
Solo unos días después de la agresión a Venezuela, EEUU, envalentonado, amenaza con tomar por la fuerza Groenlandia. Esa enorme isla ártica sin descolonizar. Búsqueda de recursos naturales y del control de la nueva ruta comercial que se abre debido al deshielo producido por el cambio climático. Soberanía danesa, soberanía europea. Se siente en el continente la carga del Séptimo de Michigan. Se siente la fría y cruda realidad: la ley —más aún el derecho internacional— es una ficción sostenida en la correlación de fuerzas económico-militar —”¡El oro y los cañones!”, grita Marx desde la tumba—. Europa se desgaja del centro imperialista. Se resquebraja la realidad que hemos conocido como las paredes de un glaciar. La estación de los aludes se asoma incluso a los desiertos iraníes. Se ensaña con las familias palestinas y sus copos de nieve cubren el barro y la sangre de los campos del Donbass.
ICE. Hielo en las calles bajo cero de Minnesota. La policía fascista mata a tiros a una madre de familia. Miles de detenidos y deportados, la mayoría trabajadores latinos. Pogromos contra los pobres que traen recuerdos de aquellos inviernos hostiles en Europa central. Cuerpo de represión compuesto por ex soldados que aplican las formas de actuar aprendidas en sus aventuras imperialistas. Ahora dentro del territorio estadounidense. Nada que envidiar a las SS o a las FDI. El Sur Global también está dentro del Norte. Observar sus intervenciones hiela la sangre. Lo hace porque es la cristalización de nuestros miedos. Sí hay futuro, siempre lo hay, y éste es más aterrador que en distopías estilo Frostpunk.
El frío llega también a nuestra casa. Penetra en la calidez del hogar. O pagar el alquiler, o pagar la calefacción. La libertad siempre ha sido una falacia para los que no tienen cubiertas las necesidades básicas. El invierno indudablemente se pasa mejor bajo techo. Mantas, mascotas y radiadores eléctricos. Llegaron a su fin las calefacciones de gas barato ruso o argelino. Y tampoco ayuda el escalofrío que se sufre al mirar el ticket al salir del supermercado. La solución del Gobierno es proponer rebajas fiscales a los propietarios, con una renta media muy superior a la de las y los inquilinos. Súplica y sacrificio de rentas públicas al Capital para que congele los alquileres. Coalición de y al servicio de los que nunca han pasado frío. Pero lo que se está helando de verdad, hasta necrosar, es la confianza en que este ejecutivo pueda apaciguar el drama social de la vivienda.
Ante la desesperanza de la situación los hijos del frío proponen, con el legítimo derecho a buscar calor y el razonable miedo a morir definitivamente de hipotermia, quemar las vigas y los pilares que sostienen el tejado de los pocos abrigos que nos quedan. Fuego inmediato, a corto plazo. Incendiar las naves para emprender un camino sin retorno. Acabar con las pocas estructuras que nos resguardan de la ventisca que hay ahí afuera. Pero los moradores de esos viejos y débiles refugios siguen custodiando una pequeña llama, eterna, sostenida con el sudor de varias generaciones y mantenida pese a innumerables derrotas, que nos permite resistir y encontrar algo de calor, y esperanza, en este helador e inhóspito páramo que habitamos.
El próximo 8 de febrero se realizará la ceremonia electoral en Aragón. Se realizarán danzas y ritos pidiendo buen tiempo a los dioses de la democracia liberal —religión con cada vez menos creyentes—. Pero las predicciones meteorológicas apuntan a que el día siguiente amanecerá sin sol, ventoso y neblinoso, con polvo en las urnas: frío. Muchos hibernarán hasta la próxima convocatoria electoral.
En los cerros caraqueños no cuaja la nieve y la escarcha azulada que parece infundible en las largas noches de invierno siempre se acaba derritiendo bajo el sol del mañana. Ese astro que tozudamente sale siempre por el —lejano— este. Para percibir su radiación los habitantes del norte tenemos que orientarnos hacia el sur. Eso y ponernos en movimiento si queremos quitarnos este frío que nos cala hasta los huesos.




