Fósiles ribagorzanos

El túnel de Benás a Luchon pudo tener su sentido en un pasado, pero el propio tiempo se ha encargado de enterrarlo bajo estratos de actualidades pretéritas

15 junio, 2026. 11:26
Val de Benás | Foto: CARTV

Que Ribagorza es tierra de fósiles es sobradamente conocido. Todo un paraíso en el que geología y paleontología se han puesto de acuerdo para ofrecer, al decir de los que saben, uno de las mejores citas de Europa para el estudio de la extinción de los dinosaurios. Las icnitas y los restos del Arenysaurio y el Balsisaurio del Cretácico de Aren atraen la atención de oriundos y foranos. Hace 68 millones de años esta tierra debía ser un hervidero de vida en un planeta casi sin estrenar en el que todavía estaba por cocerse el petróleo y el carbón que el Antropoceno consumirá como si fuera infinito. Una magnitud que no cabe en el planeta tierra en que todo, como en el banquete de Baltasar, el rey babilonio, está contado, pesado y medido.

Algo más recientemente, entre 50 y 30 millones de años, las costas del Eoceno dejaron testimonio de playas fósiles en el Isábena, entre Roda y Serraduy y millón de años arriba o abajo, entre La Puebla de Fantova y Colloliva, se pueden ver corales fosilizados y variedad de bivalvos, equinodermos y numulites.

Con todo este bagaje paleontológico los habitantes de Ribagorza deberían saber que todas esas especies, petrificadas por el paso del tiempo, están congeladas en la estantería de la historia natural del planeta. Una historia a la que, hace casi nada, en la escala temporal que rigen las eras geológicas, el ser humano se incorporó a estos paisajes. Y también sus andanzas, con una cronología distinta, alcanzan a convertirse en historia, la fosilización de los aconteceres.

Los libros de historia, de la historia criada por el ser humano, podrían ser émulos paleontológicos en clave y escala humana y los acontecimientos pasados están tan petrificados como el Aragolambrus Collinsi, un cangrejo de los arrecifes de coral del Eoceno. A cada tiempo su afán.

Por mucho que haya quienes rebuznen la historia con ansia de falseada identidad a medida de su relato particular, la historia es una ciencia que pone cada cosa en su sitio y cada dato en su archivo, al margen de las novelas históricas al gusto.

Con este mismo razonamiento, hay acontecimientos, luchas y reivindicaciones que ya han pasado al estrato de la paleontología social. Una especialidad inexistente, si se permite la licencia lingüistica, como metáfora de lo que ya ha pasado y no hay forma de revivir. Ese es el caso del Túnel Benás-Luchon. Algo que pudo tener su sentido en un pasado, pero que el propio tiempo se ha encargado de enterrar bajo estratos de actualidades pretéritas.

Una mirada al mapa entre Zaragoza y Toulose comprueba que, para el conjunto de Aragón, la idea presentada en la Casa de Cultura de Graus carece de fundamento. Aún más acusada es esa carencia para casi la mitad de los habitantes de la propia comarca de Ribagorza de ahora mismo que tienen resuelto su acceso a Francia a través del túnel de Viella en el eje del Noguera Ribagorzana. Un eje de comunicación a la espera de una mejora necesaria y mucho más razonable como inversión de dinero público.

Bastaría hacer un balance económico de los actuales pasos fronterizos con Francia, tres de ellos a través de túneles, para barruntar que no es preciso taladrar más las montañas bajo un paradigma fosilizado de progreso comarcal. Tal como recogía una publicación en 2020, está idea, recurrente en el imaginario colectivo ribagorzano como San Vicente Ferrer o la Romería de San Pedro de Verona, no sirve siquiera para simular un impostado espíritu emprendedor.

A algunos ribagorzanos y ribagorzanas les gustaría más que la segunda población comarcal se pareciera más a un pueblo que a un centro de negocios y, ya puestos a pedir, seguro que esa misma gente agradecería una gestión comarcal plural y repartida por todo el territorio, una gestión ilusionada y creativa que haga algo más que repetir los viejos modelos. Los formatos de especulación urbanística que ponen en peligro a las montañas de Aragón de convertirse en parque de atracciones al gusto urbanita de finde semana y segunda residencia.

Especialmente en tiempos de vacas flacas como los que (ojalá falle el oráculo) se avecinan, el gasto público debería desvincularse de lo superfluo y esta reivindicación es precisamente eso. Algo superfluo, un “hacer ver que se hace” que no muestra todo el alcance de lo que se dice pretender con este proyecto de papel.

Al coste de construcción habría que añadir el de su constante mantenimiento (vialidad invernal, vigilancia y atención de accidentes, control de galerías, mantenimiento de instalaciones eléctricas, ventilación, comunicaciones,...) así como la adecuación del eje carretero en una zona de difícil orografía para garantizar el tráfico en todo su trazado. Un trazado en el que cabría considerar la mismísima travesía de Graus que aunque, su pancarta haya sustituido a la del túnel en la actual travesía de demandas, no parece que su gestión haya avanzado gran cosa.

La gestión de lo público requiere eficiencia y sobriedad por parte de los gestores de lo público, de sus representantes, pero igualmente merece mesura y racionalidad por parte de lo representados que igual que los primeros no deberían caer en la banalidad de lo inmediato, del interés localizado y particular sobre la valoración general, en este caso de todo el esquema de comunicaciones presente y previsible.


 

Publicada originalmente en La Ribagorzana

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