Flanear en la desescalada

03 mayo, 2020. 07:55

El Gobierno presenta un plan para regresar a la "nueva normalidad", dos palabras que han despertado inquietud, después de varias semanas confinados en nuestras casas. Toca recuperar la movilidad, las relaciones, reiniciar nuestras actividades cotidianas. Además el Ayuntamiento de nuestra ciudad ha peatonalizado varias avenidas para poder caminar por el centro de las calzadas. Ante este nuevo paisaje pospandemia que se nos presenta, propongo convertirnos cada uno de nosotros en un fláneur.

Cuando leemos esta palabra por primera vez, casi siempre tenemos que ir a Google para conocer su significado.

Están ahí fuera, acechando desde el siglo XIX. Las ciudades modernas los crearon. Son seres que se sitúan al margen de todo y de todos, acostumbrados a vagar sin rumbo fijo.

Responden al nombre de fláneurs o fláneuses. Solo son paseantes callejeros.

Walter Benjamín y Charles Baudelaire a través de su poesía, hicieron que el fláneur pasara a convertirse en una figura importante para estudiosos, artistas y literatos. El novelista Robert Stevenson escribió: "No pido otra cosa, el cielo sobre mí, y el camino debajo de mis pies".

Me gustaría ir al grano, a la sustancia, para poder describir aquí las características más importantes del fláneur. Sus distintos comportamientos y el modo de vida de estos paseantes, haciendo hincapié sobre los puntos más sobresalientes.

Es importante que un fláneur practique la "slow life", vida lenta. Que no planifique sus caminatas o paseos y lo haga siempre sin rumbo fijo. Más que ver, se debe mirar, sí, un mirón; perder el tiempo sin más; explorar e interpretar la ciudad, y por qué no, vagabundear. Y si se va acompañado de una cámara fotográfica mucho mejor.

Pasear invita a pensar. Sin sobrepasar una velocidad de cuatro kilómetros por hora, para favorecer así el viaje hacia tu interior, buscando la tranquilidad, ser uno mismo, más estoico. Reflexionando mientras caminas, quizás así puedas identificarte mejor con el mundo. Dejemos de pasear de puntillas, sin implicarnos. Abandonemos la disciplina de los mapas, de los planos.

Hacerlo desde una actitud crítica, sobre todo lo que estás mirando en tu deambular, rastreando los hilos visibles e invisibles de la ciudad. El fláneur debería estar comprometido con la movilidad, el medio ambiente, en la defensa de una ciudad sostenible, ecológica, respetuosa con sus habitantes, se trata de recuperar la ciudad para los ciudadanos. Si estamos de paseo es para pensar y sacar así el máximo provecho de esta actividad. Rousseau afirmaba que nunca pensó tanto como en los viajes que hizo a pie. La escritora Rebecca Solnit señala: "Debemos utilizar las caminatas como una herramienta, un reforzamiento de la sociedad civil, capaz de resistir ante la violencia, el miedo y la represión".

El antropólogo Manuel Delgado nos dice: "La calle es el último espacio de libertad, también es el espacio de las exclusiones, de los conflictos".

No todos eran unos fláneur elitistas, que se exhibían curiosos por las avenidas. Hay quienes recorrían tabernas y tascas buscando donde alimentarse, su bajo nivel económico les obligaba a buscar por los lugares más siniestros de Paris. Algunos descubrieron el capitalismo del que no hablaba Benjamín. Estos caminantes no endomingados supieron de las viviendas situadas en muchos suburbios, con poco espacio y sin agua corriente. Conocieron a esa burguesía encopetada que despreciaba a los más desfavorecidos; esa misma clase que luego se encargó de demoler aquellos barrios populares para trazar rectilíneas avenidas. El Barón Haussmann exclamaba: "Están tirando las casas de los pobres para construir líneas ferroviarias". La gentrificación llevada a su máximo exponente. Para el sociólogo Erwin Goffman, la ciudad es un espacio recinto que nunca puede ser poseído por quienes lo habitan, pertenece al Poder, tanto económico como político.

Cuando viajamos, cuando paseamos por una ciudad desconocida, exótica, y si lo hacemos por sus "patios traseros", el flaneurismo lo llevamos a su máximo exponente. Cruzamos los distintos infiernos urbanos, la escasez, la opulencia, la arquitectura...; en definitiva se trata de intentar conocer mejor a los habitantes de esa urbe a través de lo que estás viendo, mirando.

Descubrir la hermosura de lo no explotado turísticamente. Escapar de lo trivial, de los caminos muy frecuentados. Cuanta belleza existe en esos barrios populares anclados en el pasado. Y que por cierto, cada vez quedan menos. Llevamos siglos construyendo y demoliendo, las ciudades cambian, evolucionan, y no siempre a mejor.

Tratamos de cambiar de sitio, de cambiar de mirada. Y siempre de forma lenta, la velocidad idiotiza. Adquiriendo una actitud distraída y vagabunda.

Ante todo debemos ser paseantes incómodos, recorrer los espacios públicos, alejándonos del flaneur tradicional.

Esta crisis sanitaria nos tiene que servir para ganar más espacio en las ciudades, más y mejores aceras, más carriles-bici. Ganar la ciudad para sus habitantes.

Cuando llegas de noche a tu habitación, en tu ciudad, o en cualquier otra; después de un día caminando, te acuestas con una sonrisa en la boca. Al levantarte por la mañana temprano para comenzar un nuevo descubrimiento, te invade cierta euforia y sientes el poder de la libertad.

Paseen y vean.

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