Amamanté a mis dos hijas hasta mucho más allá de que comenzaran a decirme lo buenísima que era mi leche (“mejor que el chocolate, mamá”). Estudié mucho sobre las luces y las sombras de la lactancia, además de experimentarla literalmente en carne propia.
Una temporada de varios años incluso en tándem, a las dos niñas a la vez. Cuando la menor estaba a punto de cumplir dos años, comencé a trabajar en la unidad de Enfermedades Infecciosas del Hospital Infantil. A pesar de haber recorrido multitud de ámbitos como enfermera y unos pocos como terapeuta ocupacional, mi experiencia con pacientes pediátricos entre ambas disciplinas no pasaba mucho de un par de meses.
Aprendí con placer de grandes compañeras ahora jubiladas que llevaban allí toda la vida; y sigo haciéndolo cada día, ahora de las más jóvenes porque he pasado a ser “la vieja del lugar”. Aquel pequeño servicio hospitalario alojaba una gran familia contagiosa. No infectaba, porque no enfermaba, todo lo contrario acaso; pero sin duda alguna la camaradería, la profesionalidad y el amor que se profesaban entre ellas eran altamente contagiosos. Y me subyugó.
Hoy están todas jubiladas, he pasado a ser la veterana, sin embargo, en aquellos primeros días de inicio todo me maravillaba, nunca había imaginado el montón de enfermedades y síndromes raros que iba a encontrar en mis pequeños pacientes. Tampoco el maravilloso ambiente entre nosotras, mucho más allá del compañerismo.
Apenas llevaría allí una semana, me encontraba en el office, merendando sola durante mi pausa laboral. Ya me había comido media manzana cuando entró en la estancia una de las dos compañeras auxiliares:
— “Vengo a calentar el biberón de Neizan”.
— “Muy bien”, contesté mientras le observaba sacar el biberón de aquel neonato y
meterlo dentro en el microondas.
— “Un momento…Neizan toma leche materna, ¿verdad?”.
— “Así es. Tranquila, es la leche de su madre”
— “Ya…pero…la leche materna no se debe calentar en el microondas, se estropean
algunos de sus beneficios”.
— “ ¡Vaya pues! Más de 40 años trabajando en esta casa y ahora viene la última a decirme cómo hacerlo. ¡Tonterías! Aquí siempre se ha hecho así. Y es más…”, apuntilló con el índice derecho señalándome, “¡así seguirá haciéndose! Pero bueno, según tu opinión cómo debería calentarla, ya que estamos”.
— “Pues al baño maría en un cazo”.
— “¡Anda ya! Eso cuesta mucho tiempo, es imposible”
El microondas nos interrumpió, así que ella salió con la leche materna, caliente pero sin inmunoglobulinas ya, en dirección a la habitación en cuestión.
Sin salir de mi asombro por aquella tromba de certeza absoluta y férrea, podría haber optado por enfrentarme a ella pero el yoga que practicaba me estaba enseñando a dominar el espíritu, así que me dirigí al ordenador, descargué en la web de la Asociación Española de Pediatría un tríptico sobre la conservación de la leche materna extraída y lo deposité en la mesa de la supervisora, para que lo encontrara a la mañana siguiente, con la siguiente nota: “¿Podríamos hablar a este respecto? Gracias”.
Efectivamente, al día siguiente vino a buscarme al comienzo de mi turno para asegurar que desconocía la maleficencia del microondas sobre la leche materna pero que a partir de aquel momento, pasaría a calentarse tal y como la evidencia dictaba.
Para mi alegría, otra auxiliar pensó un método mucho más rápido que el baño maría tradicional: calentar tres dedos de agua en un vaso en el microondas (mucho más rápido que un biberón entero) y ahí meter la leche, para llevarla así directamente a la habitación. La práctica se integró enseguida sin problemas.
Los cambios, cuando se introducen con sentido crítico y flexible, mejoran, no solo la calidad en nuestros cuidados, sino también nuestra satisfacción personal. Aquella supervisora, que me enseñó más que nadie con su gesto, seguirá siendo guía moral y ejemplo de humildad.

