Ética con L

Hace unos días recibí una postal navideña de lo más curiosa. La cartulina satinada, cuadrada y de alto gramaje, mostraba un escribiente artrósico con ropa de hace varios siglos, sin alusiones navideñas. Dentro, además de un cariñoso mensaje, descubrí que la imagen había sido creada por una Inteligencia Artificial (IA). La potencialidad de este tipo de estructuras de IA es innegable, no sólo son capaces de crear imágenes y textos o de cruzar infinitas bases de datos, también lo son de realizar descubrimientos científicos asombrosos en tiempos increíblemente abreviados (por ejemplo). Toda esta “bendición tecnológica” llega en un momento de …

Rebeca Bruned

Hace unos días recibí una postal navideña de lo más curiosa. La cartulina satinada, cuadrada y de alto gramaje, mostraba un escribiente artrósico con ropa de hace varios siglos, sin alusiones navideñas. Dentro, además de un cariñoso mensaje, descubrí que la imagen había sido creada por una Inteligencia Artificial (IA).

La potencialidad de este tipo de estructuras de IA es innegable, no sólo son capaces de crear imágenes y textos o de cruzar infinitas bases de datos, también lo son de realizar descubrimientos científicos asombrosos en tiempos increíblemente abreviados (por ejemplo).

Toda esta “bendición tecnológica” llega en un momento de crisis energética global sin precedentes similares. Según expertos de múltiples ramas del saber, el cambio climático sigue acelerándose de la mano de la irrefrenable sobreemisión de CO2 que emitimos a la atmósfera y que es consecuencia directa de las fuentes de energía fósil que utilizamos para todo.

La abundancia de petróleo del siglo pasado ha hecho posible un desarrollo científico exponencial que está cristalizando en estas potentes IA, en computadores cuánticos o en viajes al espacio. ¿Servirán de algo todos esos adelantos ahora que la extracción de petróleo y del resto de materias primas parece haber alcanzado su pico máximo?

Las IA, los ordenadores cuánticos y los viajes al espacio requieren de enormes cantidades de materias primas y consumen energía a espuertas. Es probable que en las próximas décadas asistamos a un importante retroceso de la investigación científica ligado al decrecentismo al que estamos abocados. ¿Será capaz la IA de encontrar soluciones que le permitan subsistir en ese contexto futuro de escasez energética? ¿Y la inteligencia humana, cómo se las arreglará, no ya ante la crisis energética (que también) sino ante el cambio climático que pondrá en jaque la sostenibilidad de nuestra especie?

La bioética real, no la suerte de antropoética que nos rodea, la Ética de la Vida: la Bioética. La ética de todas las vidas: humanas, animales o futuras, debe afrontar el gran reto de colarse en las conversaciones, de bajar a la calle, de hacernos reflexionar, debatir, consensuar y abandonar nuestra “medida humana” cuando sea preciso.

Todo esto venía a cuenta de la postal del escribiente fruto de la “imaginación” de una IA.

Mi interlocutor, sin embargo, tiene una inteligencia muy humana y un cuerpo orgánico que le permitieron seleccionar su felicitación, escribirla y enviarla. Se divierte sembrando preguntas y abonando el terreno para que florezcan respuestas.

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