Esto no es la avenida Nevski

Nevski es la principal avenida de San Petersburgo, ancha, amplia, bien asfaltada e iluminada ya a principios del siglo XX, cuando la ciudad fue protagonista de los principales acontecimientos de la revolución rusa. Tanto es así que cada vez que a los revolucionarios rusos la realidad les desbarataba sus deseos, sufriendo reveses o pasando por calamidades que les hacían flaquear, Lenin siempre trataba de levantar los ánimos de manera razonada repitiendo la frase de su admirado Chernyshevski: “esto no es la avenida Nevski”. Es cierto, hacer la revolución, transformar la realidad de raíz, no es como transitar por la avenida …

gobierno París

Nevski es la principal avenida de San Petersburgo, ancha, amplia, bien asfaltada e iluminada ya a principios del siglo XX, cuando la ciudad fue protagonista de los principales acontecimientos de la revolución rusa.

Tanto es así que cada vez que a los revolucionarios rusos la realidad les desbarataba sus deseos, sufriendo reveses o pasando por calamidades que les hacían flaquear, Lenin siempre trataba de levantar los ánimos de manera razonada repitiendo la frase de su admirado Chernyshevski: “esto no es la avenida Nevski”. Es cierto, hacer la revolución, transformar la realidad de raíz, no es como transitar por la avenida Nevski, lisa, llana y bien iluminada. No hay garantía para las derrotas, en demasiadas ocasiones el camino es farragoso, plagado de contradicciones, te encuentras sitiado y requiere de sacrificios.

Creer que cambiar la sociedad es como transitar por la avenida Nevski, pensar que por el simple hecho de ser justos nuestros planteamientos se van a asumir de una manera tranquila y conciliadora, es quizás el principal error que la izquierda política hemos cometido en este último ciclo. Es no querer comprender la existencia y naturaleza de la lucha de clases.

La crisis del 2008 evidenció como falsos los consensos sobre los que se construyó el régimen del 78 en España, que dejó de ser un “estado social y de derecho” a los ojos de amplias capas de la población cuando comenzaron a sufrir paro, desahucios y recortes. Una generación de jóvenes comprobó que les habían mentido diciéndoles que si estudiaban vivirían mejor que sus padres. Ese malestar de manera instintiva, provocó el mayor ciclo de movilización social vivido en España desde la transición democrática, generando una crisis de régimen que en un primer momento fue de legitimidad.

El régimen del 78 como expresión política del capitalismo en España no deseaba perder su legitimidad, ningún régimen lo quiere, lo que ocurrió es que el cumplimiento de los consensos sociales sobre los que se construyó hacían imposible su propia pervivencia. Para poder mantener sus tasas de beneficios era necesario el trasvase de deuda privada a manos públicas priorizando su pago, lo que conllevó recortes. Era igualmente necesario para mantener las tasas de beneficios empujar a la baja las condiciones laborales y provocar un trasvase de las rentas del trabajo al capital.

El único objetivo del modelo capitalista es incrementar al máximo sus tasas de beneficio, el resto son decisiones coyunturales que protegen este objetivo único. El pacto social y el estado del bienestar instaurado en la Europa posterior a la segunda guerra mundial, fue la concesión a las capas populares para evitar la influencia del bloque socialista, al igual que las concesiones al movimiento obrero de finales del siglo XIX y principios del XX tenían la intención de frenar su empuje. Concesiones que no cuestionaban el objetivo único del capital, pero permitían anular sus alternativas reales cuando cogían fuerza en un periodo concreto y en una latitud determinada. Colapsada la URSS y debilitado el movimiento obrero nada supone un peligro real al capital y nada le obliga a hacer concesiones. Hoy la vía socialdemócrata es una vía muerta en España, llevaba años siéndolo, pero la crisis de 2008 lo certificó ante miles de personas. Es una verdad dura de reconocer para la izquierda, como para un creyente asumir la no existencia dios. Aunque todos los datos objetivos lo evidencien, la tendencia es negarlo y no querer salir de su espacio de confort. Eso en parte nos ocurrió a la izquierda en este ciclo político.

Sustituimos la idea de conflicto por la idea de consenso, abandonamos el ciclo de movilizaciones desde el que se impulsaba el cambio político en nuestro país, por una fase donde la idea de pacto pasa a primer término y las instituciones se convierten en el ámbito privilegiado de la vida política formal. Reclamamos que se cumpla el pacto constitucional y su palabra de que íbamos a vivir mejor que nuestros padres. Abandonamos las fatigosas movilizaciones sociales y nos hicimos practicantes del monoteísmo parlamentario. Y desde allí, con el único método posible del consenso conquistamos un derecho, pero mientras en la calle nos han robado 20. Nos frustramos, es innegable la sensación de fin de ciclo, deseamos transitar por un sendero llano, pero “esto no es la avenida Nevski”.

En 2013, en el punto álgido del ciclo de movilización popular y, sobre todo, cuando este adquiría un carácter incisivo con la campaña de escraches en un tema de amplio consenso como los desahucios, Dolores de Cospedal retó a los movimientos sociales a que abandonaran las calles y se presentaran a las elecciones, que asumiéramos esa responsabilidad con todo lo que conllevaba nos dijo. Mientras los resultados electorales fueron buenos se recordaba desafiantes a Cospedal “¿No queríais que nos presentáramos a las elecciones? ¡Pues aquí estamos!”. Hoy en las postrimerías de este ciclo ya no se tiene esa actitud desafiante y se atisba a comprender que quería decir Cospedal con eso de “asumir esa responsabilidad y todo lo que conlleva”. En la intimidad se piensa “¡Cómo nos engañó la Cospedal! esto no es lo que soñamos en las plazas”. Y es que cuando Cospedal nos decía que nos presentásemos a las elecciones, realmente lo que nos estaba diciendo era que abandonásemos las calles.

Y así lo hicimos, hay un efecto pendular de la movilización a la institución en la primavera de 2014, desde las marchas de la dignidad al surgimiento de Podemos. En 5 meses se cumplirán 10 años del 15M, distancia suficiente para hacer una valoración más aún con la sensación de fin de ciclo. La principal enseñanza es que no hay atajos indoloros para hacer realidad nuestros sueños. Fue un error sustituir la calle por la institución, pensar en el Estado como un ente neutral donde se dirimen los problemas de la sociedad, confiar en el consenso como herramienta de transformación. Creer que cambiar la realidad es cuestión de simple voluntad política, que otro gobierno haría otras políticas solo por tener esa voluntad. Y es que una cosa es el gobierno y otra el poder.

Toca planificar una estrategia de ruptura con el régimen, generar poder popular desde el conflicto concreto, mantener un discurso impugnatorio con los pilares básicos de este régimen y con aspiración a ser hegemónico. Una estrategia donde la lucha parlamentaria no la infravaloremos, ni mucho menos despreciemos, pero si la supeditemos al objetivo último de superación del régimen. Las instituciones, más si las gobiernas, permite generar muchas contradicciones al poder si tienes una estrategia clara, si no la tienes será el poder quién te las genere a ti.

Esto es muy fácil decirlo, pero muy difícil hacerlo. En primer lugar, porque es una hoja en blanco por escribir, el que diga tener recetas mágicas solo tendrá fraseología pseudorevolucionaria. En segundo lugar, porque son muchos los elementos en contra, desde la falta de espacios de socialización de la clase sobre los que construir poder popular, a una férrea dominación ideológica que ni siquiera alcanzamos a comprender y menos a contraponer. En tercer lugar, porque cuando nos pongamos a ello, los peligros serán firmes y poderosos, más firmes y poderosos que las bravuconadas actuales de la derecha. Y, en cuarto lugar, el que más duele, no tenemos las herramientas suficientes para construirlo a la altura de este reto.

Pero las dificultades no deben hacernos flaquear, ni continuar por inercia en la dinámica de pacto y argumentario del monocultivo institucional ante el nuevo ciclo que se abre. Porque, aunque exista cierta sensación de derrota, la historia no ha acabado. El capitalismo y su expresión política actual en España, el régimen del 78, están preñados de contradicciones que les volverán a situar de manera clara al borde del precipicio. De nosotros dependerá salvarlo o empujarlo definitivamente. Pero que nadie espere que el camino sea ancho, recto y esté despejado. Porque recuerda, la vía socialdemócrata está muerta, esto no es la avenida Nevski.

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