Pocos se acuerdan, en estas fechas, de un hecho, a mi entender, absolutamente memorable y del que unos y otros, por diferentes razones, parecen querer olvidarse.
Me refiero, no precisamente al terrible 18 de julio, sino al brillante espíritu del 19 de julio. El 19 de julio supone, para la historia de España, el día en el que el pueblo no se resignó a la suerte que le preparaban los detentadores, de toda la vida, del poder y las armas, los señores de almas y haciendas. Ese día fue revolucionario. No se lo esperaban los golpistas que creían que, una vez más, con un puñetazo sobre el tablero político iban a derribar todas las piezas.
Si es cierto que los militares, con la complicidad de los poderosos y de la iglesia de este país, ya preparaban un baño de sangre para apaciguar, con la paz de los cementerios, su nuevo régimen, también es cierto que el pueblo aun no lo sabía y, a pesar de todo, se lanzó a la calle para defender la legalidad republicana desde el primer momento.
Bien es cierto, también, que aunque contra sus principios, CNT había pedido el voto para el Frente Popular y, dada la correlación de fuerzas, su apoyo fue decisivo para ganar en las urnas, consiguiendo así evitar un nuevo bienio negro (quién hubiera pensado que vendría un trienio mucho más negro y cuarenta años de dictadura) y logrando, también, una amnistía tan necesaria como justa.
Pero, no lo olvidemos, la defensa de la legalidad de la República fue una necesidad del frente antifascista y lo que subyacía en el pensamiento anarquista, cuando salieron sus militantes con las armas a la calle, era la necesidad de una verdadera revolución, morir para luchar contra el fascismo estaban dispuestos a afrontarlo, pero la revolución, aprovechar el momento histórico para cambiar la realidad social, estaba en sus mentes sin ninguna duda.
La polémica entre alcanzar la revolución o ganar la guerra estaba en sí misma envenenada, pues no querían alcanzar los mismos objetivos ninguna de las familias del frente antifascista.
Pero hoy quiero recordar aquí estos momentos históricos, que generaron polémicas y luchas dentro del antifascismo, pero que han sido únicos en la historia de España.
¿Quién podría pensar que, en la noche del 23 de febrero de 1981, la gente se iba a lanzar a las calles pidiendo armas? Esa noche hubo presidentes a la huida y mucho olor a quemado en las sedes de algunos partidos... y mucha, mucha pasividad.
La posibilidad de arriesgar la vida pidiendo armas para el pueblo a nadie se le pasó siquiera por la imaginación. Nuestra sociedad no es la misma hora ni en los años 80 ni en los años 30 del pasado siglo por supuesto. Algunos pensarán que afortunadamente, que somos muy civilizados, que tenemos una democracia asentada, pero permitidme que hoy haga un homenaje a quienes tuvieron el coraje de salir a la calle a combatir al fascismo con las armas en la mano, pudiendo, en muchos casos, haberse mantenido, al menos en un primer momento, al margen de la tormenta que se avecinaba.
Sirvan estas mínimas reflexiones para recordar a esas personas, desde el orgullo de ser los descendientes de quienes aún creían posible una revolución, pretendiendo un futuro mejor para el conjunto de la sociedad.

