Escenas de la vida corriente: egoísmo

Todos recordaremos que, cuando vamos a un  aparcamiento público, existen dos líneas blancas, una a cada lado, indicando el espacio —sin tocar las ruedas esas marcas— en el que debe de estar el coche para no invadir las plazas adyacentes. Dicho esto, hoy por la mañana me ha sucedido un chascarrillo que viene al “pelo” para hacer algún comentario sobre el título de este sencillo artículo. Al retirar el coche de la plaza en el aparcamiento de Salamero, encontré mi vehículo encerrado por completo por los dos coches contiguos. Por un lado, el del conductor, diez centímetros —medido con escrupulosidad— …

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Carlos Tundidor

Todos recordaremos que, cuando vamos a un  aparcamiento público, existen dos líneas blancas, una a cada lado, indicando el espacio —sin tocar las ruedas esas marcas— en el que debe de estar el coche para no invadir las plazas adyacentes.

Dicho esto, hoy por la mañana me ha sucedido un chascarrillo que viene al “pelo” para hacer algún comentario sobre el título de este sencillo artículo.

Al retirar el coche de la plaza en el aparcamiento de Salamero, encontré mi vehículo encerrado por completo por los dos coches contiguos. Por un lado, el del conductor, diez centímetros —medido con escrupulosidad— lo separaban del de la siniestra, por el otro eran doce o trece la brecha de separación. Por supuesto, por ninguna de las dos aberturas entraba persona alguna ni aun cuando fuera anoréxica.

En ese momento, el conductor del coche de la izquierda lo estaba cerrando. Con cierta prisa, antes de que desapareciera, señalé la imposibilidad de entrada al vehículo por ninguno de los dos lados y pedí que sacara su coche, un momento, para poder entrar y salir de la plaza. Lo sorprendente vino después. Dicha persona hizo el amago de irse contestando que no, que no quitaba ningún coche, que “verde era América”. Argumentaba que el coche de su siniestra también estaba ocupando parte de su espacio y que ese era el motivo de su invasión. Pero que no retiraba el vehículo ni siquiera unos segundos para poder sacar el encerrado.

Los tres minutos posteriores fueron minutos basura. Me parecía increíble que tal personaje dijera lo que estaba escuchando y que no solo lo dijera sino que se reafirmara en largarse con el “ahí te quedas”. Solo reaccionó cuando, pasmado por su intolerancia, le advertí que subía a denunciar el caso. En honor a la verdad, pudieron influir las cámaras de vigilancia, este sujeto me dijo que ahí esperaba y sí, estaba cuando bajé con el encargado del aparcamiento. En treinta segundos, los que le costó al encargado ordenarle —ya no era ruego y sí orden— que lo sacara, se finiquitó el tema.

El personaje, varón, de raza caucásica, indígena de acá, como de treinta años, bien vestido, sacó el coche en esos segundos, los mismos que hubieran costado cinco minutos antes de buenas maneras. Hasta ahí la anécdota.

Ahora, la reflexión. ¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo con actitudes de este tipo? Me recordaba, mientras conducía y repasaba la historieta, al sistema de componendas de la “mili” franquista en la que una gorra robada se solucionaba con el hurto de otra, nunca con la denuncia a un sargento que,  además, ponía a caer de un burro al denunciante castigándolo encima. Suboficial que, con demasiada frecuencia, era chusquero, alcohólico en horas libres y miembro del SIM a jornada completa, y que animaba a birlar otra boina para que nunca se pudiera decir que existían hurtos en su compañía. Parecida tesis a la del caucásico del aparcamiento: El otro ha invadido, pues yo también.

Incluso hasta ahí, se podría mirar al cielo medio silbando, pero que ahorquilles al auto contiguo, que estés allí cuando acude el conductor del ahorquillado, que te pidan retirar, por un momento, el coche, que cotejes la imposibilidad de introducción por ninguna parte y que contestes con un “qué te den”, escapa a la comprensión racional y se pierde por el mundo de la irracionalidad.

Lo peor es que respuestas parecidas se dan con asiduidad en la vida diaria: seguir sentado en el autobús, tecleando o haciéndose el despistado, cuando una persona mayor o impedida está de pie, pasar de cualquier medida de auxilio en momentos conflictivos, seguir el mandamiento aquel de “el que venga atrás, que arree”… Esas y muchas otras escenas del día a día, apuntalan un egoísmo descarnado en la sociedad, egoísmo cada vez más tempranero, que pulula y triunfa. Es ese egoísmo que toma por tontos a las personas que respetan la fila, que no se cuelan, el feroz individualismo del conductor que adelanta por la derecha en un atasco y que se ríe de quien considera panoli y queda atrás, la sordidez de quien evita recoger los excrementos de su mascota y que, encima, se pone chulo cuando alguien le reconviene… Se parece mucho a ese amparo que determinadas personas ofrecen a las corruptelas de los cargos públicos, volviendo a votarles en la siguiente ocasión. Es de suponer que porque piensan que si ellos estuvieran en su lugar serían corruptos sin duda alguna. Y así, miles de pequeñas cuestiones que atentan contra el sentido común, contra la amabilidad, contra la concordia y que no generan otra cosa que no sea el más crudo egoísmo, muchas veces por nada, sin contrapartidas, solo por el hecho de ciscarse en el prójimo.

Es una de las consecuencias, otra más, de una sociedad neoliberal en la que prima solo llegar, ser más listo, más hábil, más ladino, más corrupto, más importante, más adinerado… Ni siquiera tienen en cuenta que la inmensa mayoría de ellos no alcanzarán nunca ninguna cima  y que, si llegaran, cierto es que serían egoístas pero, también, infelices, insolidarios y estúpidos, unos cretinos que, en los últimos instantes de sus vidas, lo contemplarían en tamaño gigante y tecnicolor, pero sin que fuera posible una marcha atrás.

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