Miguel Urbán: "Estamos entrando en una nueva era, la del neoliberalismo autoritario, en donde el camino del mal menor ha sido la fórmula más rápida para llegar al mal mayor"

"La victoria de Trump, con un poder cuasi autocrático, desplaza a Estados Unidos hacia la derecha más radical". Afirma Miguel Urbán en esta entrevista en la que expone algunas claves de un triunfo que si algo nos enseña "es cómo la ira es interesadamente alimentada y exacerbada desde arriba, bajo nuevos dispositivos mediáticos, bulos o intoxicación". El autor de "Trumpismos", avisa: "No deberíamos ver a Trump únicamente como el Frankenstein de los republicanos, sino como la expresión del autoritarismo reaccionario que desborda las fronteras norteamericanas".

Urbán en la presentación de "Trumpismos", el pasado marzo en la librería zaragozana La Montonera | Foto: Iker G. Izagirre

El historiador, ex eurodiputado y militante de Anticapitalistas analiza en esta entrevista la aplastante victoria de Donald Trump en las elecciones de EEUU y su vuelta a la Casa Blanca. Un presidente condenado por los tribunales, con dos impeachment en su currículum, propagador de bulos, misógino, machista, racista, que ha ganado en todo: votos electorales, voto popular —la primera vez en 20 años para los republicanos—, el Senado y la Cámara Baja. En enero de este año, Miguel Urbán publicó "Trumpismos. Neoliberales y Autoritarios. Una radiografía de la extrema derecha" (Verso Libros), un libro que ahora cobra aún mayor relevancia y en el que ya advertía, con una mirada internacionalista, sobre la nueva ola de autoritarismo reaccionario.

¿Qué análisis nos deja la victoria de Trump?

En primer lugar, que la realidad es algo más compleja que lo que nos explican los tertulianos progres de la televisión, que llevaban semanas anunciando la victoria de Kamala Harris. Parece que hay una disociación muy importante entre el establishment mediático, especialmente europeo, y el voto de un electorado cada vez más cabreado. Un cabreo que está generando terremotos políticos que no se terminan de ver o no se quieren ver. Un conflicto que no se origina en el vacío, sino que está profundamente marcado por la radicalización neoliberal producida a raíz de la crisis de 2008, la emergencia climática y sus consecuencias: un brutal aumento de la desigualdad, la aceleración de la destrucción de los restos del Welfare State y la "expulsión" de millones de trabajadores de los estándares preestablecidos de ciudadanía. Es decir, hay una serie de hechos profundos, de carácter económico y social, que han removido de forma brutal la política, destruyendo los viejos anclajes partidarios y los consensos, y produciendo movimientos tectónicos y realineamientos impredecibles en el campo electoral. Como decía Gramsci, cuando lo nuevo no termina de nacer y lo viejo no termina de morir, en ese interregno nacen los monstruos. Estamos transitando el espacio del interregno, esperemos que no nos devoren los monstruos.

En segundo lugar, Trump ha repetido la fórmula de su éxito en 2016 atrayendo y movilizando un voto de protesta transversal entre las clases populares y medias, fundamentalmente blancas. Aunque en esta ocasión ha conseguido un alto porcentaje de voto entre sectores tradicionalmente demócratas como varones latinos y en menor medida afrodescendientes. Un voto de protesta contra el establishment representado por los demócratas de Kamala Harris y en cierta medida también en lo que queda del antiguo aparato republicano. No podemos olvidar que la campaña de Kamala intentó atraer a los sectores moderados, descontentos con Trump, consiguiendo que más de trescientos ex-altos cargos republicanos, entre ellos la propia Liz Cheney, pidieran el voto por su candidatura.

Pero, esta estrategia, lejos de favorecer a Harris, permitió a Trump seguir presentándose como un “no político”, como un empresario triunfador, un gestor, reflejo de las aspiraciones sociales del norteamericano medio. Precisamente esta imagen “ajena” a lo políticamente correcto ha sido uno de los elementos clave de la victoria de Trump y de su éxito desde 2016. Una protesta contra el establishment, tanto del Partido Demócrata como del Partido Republicano, que pretende "volver hacer grande América otra vez". De hecho, la gran victoria de Trump ha sido incorporar una visión autoritaria del American Way of Life (estilo de vida americano) cuando este parecía herido de muerte. En el momento en el que la promesa del American Dream aparece como más difícil de cumplirse por la desaparición del American Way of Life, irrumpe un personaje que encarna la imagen del triunfo americano con todo su esplendor y sus excesos.

“Esta imagen 'ajena' a lo políticamente correcto ha sido uno de los elementos clave de la victoria de Trump y de su éxito desde 2016”

En tercer lugar, no estamos ante una victoria cualquiera, Trump ha conseguido ganar no solo en el colegio de compromisarios sino también en el voto popular, una situación que no se producía desde hace más de veinte años. Además, estamos ante un hecho histórico, solo en una ocasión un presidente había sido reelegido tras haber perdido una elección presidencial y fue en 1892. Esto le da un aura casi mística al propio Trump, que ha conseguido aparecer como un mesías para muchos de sus seguidores, desde el adalid en el combate contra el “deep state” para los conspiranoicos de QAnon hasta la misma reencarnación de Ciro para llevar a cabo la misión de dios en la tierra para los evangélicos.

En cuarto lugar, seguir presentándose como el paladín de la nueva derecha cristiana. En un país como Estados Unidos, en el que el 81% de la población cree en Dios, las cuestiones religiosas tienen un peso en el electorado muy importante. Parecía difícil que un candidato como Trump –divorciado dos veces y casado en tres ocasiones, con fama de mujeriego, con numerosos escándalos sexuales, ostentoso y arrogante– pudiera presentarse como un hombre que guiaba su vida por valores religiosos. Pese a todo, una de las claves de su éxito electoral ha sido la capacidad para cautivar al electorado evangélico. La comunidad evangélica más conservadora, a pesar de los escándalos, ha llegado a justificar su apoyo político a Trump comparándole con el "Ciro moderno" y "candidato de Dios para el caos". Para los evangélicos "Ciro es el modelo del no creyente al que Dios elige para cumplir con los propósitos de los fieles". Estos grupos ven con buenos ojos que Trump esté dispuesto a romper con las normas democráticas para combatir las amenazas que sienten contra sus valores y modos de vida, para cumplir “la misión de dios en la tierra”.

En quinto lugar, la victoria de Trump desplaza a Estados Unidos hacia la derecha más radical. No solo consigue la presidencia sino que los republicanos alcanzan la mayoría en el Senado y seguramente también en el Congreso. Pero a diferencia del 2016, en este caso el trumpismo controlará con mano de hierro el aparato republicano y los cargos electos, lo que sumado a la mayoría conservadora del Tribunal Supremo, le otorga a Trump un poder cuasi autocrático, al menos durante los dos primeros años de la legislatura, hasta que se produzcan las elecciones del “midterm”. Por ejemplo, si Trump decidiera salirse del acuerdo del clima de París, necesitará una mayoría parlamentaria en el Senado y en el Congreso, ahora la tendrá.

En sexto lugar, su capacidad para amplificar el lenguaje de protesta de la derecha: la defensa del americano medio, el resentimiento contra las “élites” progresistas, las fantasías victimistas de persecución estatal a ritmo de country, etc. Recuperando el llamado populismo del pequeño empresario eminentemente funcional a las lógicas neoliberales. En palabras del periodista Thomas Frank: “El pequeño empresario encarna la cara del conservadurismo porque su rechazo a las multinacionales y sus referentes políticos coincide con los tiempos que corren (…). Ya en los años cincuenta, el sociólogo Charles W. Mills observaba que “el fetichismo del pequeño empresario americano” no provenía de sus éxitos económicos, sino más bien de “la utilidad de su imagen para los intereses políticos de los dueños más poderosos”. El pequeño empresario “se ha convertido en el hombre que vuelve seductora la utopía capitalista”. Así, el granjero como imagen mitificada que encarna los valores de la nación, es sustituido por el emprendedor o el pequeño empresario, que aparece como emblema del sueño americano. Los verdaderos héroes que han hecho grande a los EEUU, favoreciendo un individualismo que culpabiliza a los “perdedores” del sistema de los males de la nación permitiendo que el descontento popular se canalice hacia abajo en vez de hacia arriba.

“La victoria de Trump, con un poder cuasi autocrático, desplaza a Estados Unidos hacia la derecha más radical”

En séptimo lugar, el concurso del sindicato de los millonarios. En 1934, justo después de la gran crisis y en el marco del New Deal de Roosevelt, nacía la Liga Americana de la Libertad, una organización de multimillonarios liderados por el magnate de la prensa William Randolph Hearst, que pretendían combatir el supuesto socialismo que se imponía en las políticas públicas keynesianas de los EEUU y que osaban cuestionar parte de sus grandes beneficios. Desde entonces, la Liga fue bautizada como el sobrenombre del sindicato de los millonarios.

El “sindicato de los millonarios” con distintas formas y nombres nunca ha dejado de intervenir en la política de los EEUU intentando ampliar y extender su poder corporativo. Desde los años sesenta grandes fortunas invirtieron cantidades ingentes de recursos en una tupida red de fundaciones, lobbys, y think tanks que sentaron las bases culturales y programáticas de la revolución conservadora a golpe de talonario. Multimillonarios que llevan invirtiendo dinero durante décadas, a menudo con poca exposición pública, para influir en la forma en que los estadounidenses piensan y votan.

Cada ciclo electoral hay más dinero, en cada campaña se sobrepasa el récord de la anterior. Una tendencia que se ha acelerado desde que en 2010 la Corte Suprema de los Estados Unidos facilitó el aumento del gasto en las campañas electorales, tanto directa como indirectamente, por parte de grupos externos. Una decisión que inauguró la era de los mega-donantes, un ciclo de gasto político sin precedentes, en la que los millonarios, así como las corporaciones, influyen en la política como nunca antes. La victoria de Trump en 2016 supuso una vuelta de tuerca más en la oligarquización de la política norteamericana, al aumento exponencial de los gastos de campaña había que sumarle el efecto mimético que generó Trump de candidatos millonarios.

“Si algo enseña la victoria de Trump es cómo la ira es interesadamente alimentada, articulada y exacerbada desde arriba, bajo nuevos dispositivos mediáticos, bulos o intoxicación”

En esta campaña electoral, tenemos que añadirle el concurso directo del Elon Musk, la persona más rica del mundo, que no solo se ha gastado muchísimo dinero en apoyar la candidatura de Trump, se estima que unos trescientos millones de dólares, incluso llegando a comprar votos en estados clave como Pennsylvania. Sino que ha utilizado, sin ningún tipo de rubor o medida, X, la red social que compró en 2022, como una potente arma electoral en favor de Trump. Musk ha demostrado tener el privilegio de comprar la capacidad de hacer el mundo algo más a su medida, tanto en lo que se refiere a sus intereses económicos como en lo referente a sus tendencias ideológicas.

La victoria de Trump ha encumbrado a Musk no sólo ya como la persona más rica del mundo sino también como una de las personas más influyentes políticamente. Una situación que le ha reportado pingües beneficios. Desde que se confirmó la victoria de Trump, las acciones de Tesla se han disparado más del 30% y la compañía vale más de un billón de dólares en bolsa. Solo gracias a eso, la fortuna personal de Musk se eleva otra vez por encima de los 300.000 millones tras ganar decenas de miles de millones en pocos días tras las elecciones. Estamos ante un paso más hacia un sistema plutocrático, una auténtica revuelta de los privilegiados.

Por último, la victoria de Trump nos ofrece visos para contemplar de manera más clara el nuevo ciclo en el que hemos entrado con esta carrera hacia el abismo en la que se ha convertido la crisis sistémica del capitalismo. En este sentido, no deberíamos ver a Trump únicamente como el Frankenstein de los republicanos, sino como la expresión de un fenómeno, el autoritarismo reaccionario, que desborda las fronteras norteamericanas. Porque, si algo enseña la victoria de Trump es cómo la ira es interesadamente alimentada, articulada y exacerbada desde arriba, bajo nuevos dispositivos mediáticos, bulos o intoxicación. Otra cosa es lo que subyace debajo de las pasiones tristes que alimenta el trumpismo, aquí es donde justamente subyace la crisis de régimen que vive el capitalismo. Por ello, es fundamental analizar la victoria de Trump, no como un accidente en la política norteamericana, sino, de manera más amplia, como un fenómeno político producto del intento de estabilización de la crisis estructural del capitalismo. Y como el trumpismo es el síntoma de que estamos entrando en una nueva era.

Foto: Annie Spratt (Unsplash)

En una entrevista reciente afirmaste: "El mal menor ha sido el gran derrotado de estas elecciones". Explícate...

El malmenorismo entendido como el voto con la nariz tapada, el voto reactivo y no propositivo, votar en contra de un candidato para sortear  siempre el mal, sí, pero el mal mayor, asumiendo que se acepta el peaje de un mal menor. Una forma particular de antipolítica promocionada desde el establishment, que desfigura el papel de las propuestas y los programas, de la ideología, porque cualquier contienda electoral se convierte en una elección existencial en contra del mal mayor. Un chantaje electoral que parece estar tocado de muerte.

El malmenorismo de Harris representaba en cierta forma el intento de salvar los restos del naufragio de lo que Nancy Fraser definido como "neoliberalismo progresista", la combinación por parte de los gobiernos demócratas  de políticas económicas regresivas, liberalizadoras, con políticas de reconocimiento aparentemente progresistas. De hecho, la elección de Trump es una más de una serie de insubordinaciones políticas contra el neoliberalismo progresista, no perdamos de vista que romper con el statu quo otorga un notable sex appeal y un cierto aura de anti-sistema, en un momento en el que el sistema es un generador de malestares diversos.

El malmenorismo es, en cierto sentido, la última tabla de salvación para los aparatos políticos tradicionales que en las últimas cuatro décadas han gestionado las políticas neoliberales. El trumpismo, lo primero que derrotó fue al propio establishment del Partido Republicano, cuando consiguió ganar, contra pronóstico, en las primarias para las elecciones del 2016. Desde entonces, el trumpismo ha ido transformando el partido a su imagen y semejanza, adaptándolo a una nueva era. En este sentido, la derrota del malmenorismo que representaba Harris, es una derrota existencial para los demócratas y su aparato partidario, un síntoma más de que estamos entrando en una nueva era, la del neoliberalismo autoritario, en donde el camino del mal menor ha sido la fórmula más rápida para llegar al mal mayor.

“El Partido Republicano es una mera plataforma electoral instrumental de un movimiento más amplio, que excede las propias fronteras partidarias. Este movimiento es el MAGA”

Trump no habló de una victoria del Partido Republicano, sino del MAGA.

Como comentaba antes, la primera victoria de Trump fue derrotar al establishment del Partido Republicano, transformándolo poco a poco en un partido a su imagen y semejanza. Pero al igual que para Tea Party antes, verdadero precursor del trumpismo, el Partido Republicano es una mera plataforma electoral instrumental de un movimiento más amplio, que excede las propias fronteras partidarias. Este movimiento es el MAGA, acrónimo del lema Make America Great Again, eslogan que ya utilizó Reagan en la campaña de 1980, que Trump se apropió en la campaña del 2016 y que ha mutado en una suerte de movimiento e incluso en ideología reaccionaria.

El propio Trump, en su discurso de la noche electoral, no mencionó ni una sola vez al Partido Republicano, en cambio sí realizó varias alusiones al movimiento MAGA, refiriéndose a él como: “El movimiento político más grande que se ha visto nunca en este país". El movimiento MAGA se ha convertido en una corriente política, que por el momento permanece electoralmente en el seno del partido Republicano pero con Trump en la Casa Blanca su evolución es impredecible.

De hecho, si en las elecciones del 2016 la conocida como Alt Rigth aportó el elemento más radical, juvenil y contracultural a la campaña de Trump, en esta ocasión ha sido el “Dark MAGA”. La vertiente más juvenil y radical del movimiento trumpista, que a través de los memes y con una estética sombría que recuerda a las películas distópicas de ciencia ficción, ha conseguido conectar con el votante juvenil. No podemos separar la propia figura y campañas de Trump del elemento contracultural reaccionario que ha conseguido ser un potente constructo propagandístico.

“La retórica antinmigración no solo es uno de los temas preferidos de Trump sino que es uno de los elementos más comunes entre las principales formaciones de extrema derecha [...] El autoritarismo reaccionario tiene la capacidad de politizar la angustia social utilizando el orden y la seguridad, señalando a los 'enemigos interiores y exteriores' responsables de la crisis y del declive nacional”

"Sanar un país cerrando las fronteras". Fue una de las primeras promesas tras su victoria...

No es casual que Trump hiciera referencia, en su discurso de victoria a uno de sus temas fetiche, el cierre de fronteras y la expulsión de migrantes. La retórica antinmigración no solo es uno de los temas preferidos de Trump sino que es uno de los elementos más comunes entre las principales formaciones de extrema derecha. Prácticamente, todas las organizaciones de este heterogéneo ambiente político apunta a los inmigrantes, preferentemente pobres y "no occidentales", como chivo expiatorio de una supuesta degradación socioeconómica y cultural.

Además, la gestión de los flujos migratorios a través del cierre de fronteras es una consecuencia directa del orden que imponen las políticas neoliberales que, más allá de los recortes y privatizaciones que conllevan, suponen la "imposición de un férreo imaginario de escasez". Ese "no hay suficiente para todos" generalizado fomenta mecanismos de exclusión que canalizan el malestar social y la polarización política en su eslabón más débil: el migrante, el extranjero –o simplemente el "otro"–, eximiendo así a las élites políticas y económicas, responsables reales del expolio.

Como defiende Tomasz Konicz, el imperialismo de crisis del siglo XXI ya no es únicamente un fenómeno de saqueo de recursos, sino que también se esfuerza por aislar herméticamente los centros de la "humanidad superflua" que el sistema produce en su agonía. La protección de las relativas "islas del bienestar" que aún subsisten constituye, de este modo, un objetivo central de las estrategias imperialistas, lo cual conduce al refuerzo de las medidas securitarias y de control que alimentan un autoritarismo en auge.

El autoritarismo reaccionario tiene la capacidad de politizar la angustia social utilizando el orden y la seguridad, señalando a los "enemigos interiores y exteriores" responsables de la crisis y del declive nacional: enemigos de los que hay que defenderse –persiguiéndoles y levantando muros– con el objetivo final de refundar la nación en crisis. Un enfrentamiento entre ellos y nosotros, entre amigos y enemigos, herencia directa de la política de Carl Schmitt, donde ese enemigo se convierte en el federador del nosotros. En este contexto, las vallas, los muros, las concertinas... No son solo un elemento eficaz de propaganda política inmediata que permite visibilizar el "trabajo" concreto de los gobiernos, también son un potente instrumento simbólico a la hora de construir un imaginario de exclusión entre la "comunidad" y la alteridad, los "extranjeros". El muro es un símbolo arrollador que se ha convertido en un icono de "preferencia nacional" generador de identidades de exclusión, pero también de protección de la comunidad.

Podemos hablar de un auténtico populismo de los muros, un elemento eficaz no solo para construir identidades predatorias sino también para recuperar la idea de soberanita, al relacionar control migratorio con su recuperación (recuérdese el famoso lema del Brexit de "tomar el control"). En este sentido, la politóloga californiana Wendy Brown señala que las referencias de Trump al muro con México intentan "restañar las heridas de una soberanía lesionada por el asalto neoliberal". La idea del muro, sostiene Brown, "sirve para construir un imaginario de nación. Imaginamos que somos una nación blanca sitiada por riadas de inmigrantes no deseados, drogas y todo lo demás, y que levantamos una barricada contra eso para proteger nuestra existencia civilizada y purificada". Se "retoma el control" (como si alguna vez se hubiera perdido) fronterizo como icono de reconquista de soberanía, precisamente porque ninguna formación de extrema derecha intenta recuperar la soberanía perdida ante los mercados.

Así, el control migratorio para el trumpismo no solo funciona como un elemento que salvaguarda las identidades, "protector" de la comunidad o de recuperación de soberanía, también es una excusa para canalizar los males y miedos que las políticas neoliberales generan contra el eslabón más débil y fragilizado: la población migrante. Favoreciendo una lógica de guerra entre el último y el penúltimo por la disputa de los recursos escasos.

Portada del libro "Trumpismos. Neoliberales y Autoritarios" (Verso Libros), de Miguel Urbán | Foto: AraInfo

“Trump no tiene mucho interés en continuar los esfuerzos bélicos de los EEUU en Ucrania. Por el contrario, apoyará aún más decididamente a Netanyahu. Y acelerará su guerra económica con China como gran enemigo pero con la UE como posible daño colateral”

Durante su anterior mandato Trump rompió el pacto nuclear, aplicó el veto migratorio, trasladó la embajada de EEUU en Israel de Tel Aviv a Jerusalén, ordenó el bloqueo total a los bienes del Gobierno venezolano en EEUU, endureció el bloqueo económico a Cuba. Y antes de dejar su cargo en 2020, anunció el reconocimiento de la "soberanía marroquí" en el Sáhara Occidental. Palestina, Ucrania, China... ¿Cómo va a afectar a la geopolítica mundial su vuelta a la Casa Blanca?

La verdad es que es complejo aventurarse a responder esta pregunta porque Trump siempre añade un elemento de imprevisibilidad al cálculo. Aunque podemos fijarnos en los planes que esbozan las fundaciones o think tank claves en el trumpismo. Fundaciones como la neoconservadora Heritage Foundation que bajo el título de "Proyecto 2025", publicaba un documento de 900 páginas con las líneas maestras de lo que debería de ser la nueva administración Trump.

En primer lugar, parece claro que Trump no tiene mucho interés en continuar los esfuerzos bélicos de los EEUU en Ucrania, forzando a un acuerdo rápido con Putin o dejando sola a la UE en su apoyo a Kiev. Por el contrario, todo apunta a que la nueva administración norteamericana apoyará aún más decididamente a Netanyahu en su genocidio contra el pueblo palestino y sobre todo en sus ansias de conseguir una guerra regional abierta con Irán para concluir su proyecto de expansionismo colonial del gran Israel.

En segundo lugar, Trump parece dispuesto a desmantelar lo poco que queda en pie del sistema de gobernanza global nacido después de la II Guerra Mundial, desde la ONU, el Banco Mundial, la OMC o la propia OTAN. Todas estas instituciones se encuentran en el punto de mira de Trump, ya lo estuvieron en su pasado gobierno y parece que volverán a estar amenazadas como baza para renegociar unas condiciones más ventajosas para los EEUU que como un peligro real, pero con Trump nunca se sabe.

En tercer lugar, el negacionismo climático como política exterior, la COP que lleva tiempo siendo un zombi puede morir definitivamente con la administración Trump que ha amenazado en campaña no solo con salirse del Acuerdo de París sino también del de Kioto. Un golpe mortal a la agenda del capitalismo verde que ha liderado durante las últimas décadas la UE.

En cuarto lugar, América Latina jugará un papel más importante en la política exterior de los EEUU, especialmente México, a la que chantajeará con la política migratoria y comercial. Es una incógnita cómo reaccionará a la firma del acuerdo comercial UE-Mercosur pero seguramente intentará boicotear a través de las amenazas con los aranceles o utilizando a Milei como caballo de Troya. Además, es muy probable que Trump intente apuntarse el tanto del colapso del régimen cubano asfixiando aún más a la isla caribeña y a su población.

Por último, lo que parece fuera de toda duda es que la nueva administración Trump acelerará su guerra económica con China como gran enemigo pero con la UE como posible daño colateral. Durante la campaña Trump prometió imponer aranceles generalizados a los productos extranjeros. El republicano propuso gravar los artículos procedentes de China en un 60% y los del resto de socios comerciales con unas tasas universales que primero situó en el 10% y que, más tarde, amagó con elevar hasta el 20%. No podemos olvidar que EEUU es el principal destino de las exportaciones de bienes de la UE, alrededor del 20% del total, una subida de los aranceles podría causar una crisis de grandes dimensiones. De hecho, la mayoría de los analistas apuntan al uso de los aranceles como "baza negociadora" con sus socios de cara a conseguir mejoras comerciales para la industria de los EEUU. Aunque en el caso chino si parece que pueda ser una amenaza creíble, que podría tener una derivada no prevista por Trump, el reforzamiento de la estructura de los Brics como una forma de suplir el mercado americano para los productos chinos.

"El presidente derechista de Brasil no imitaba a Trump porque quisiera ser Trump, lo imitaba porque Trump hizo posible que Bolsonaro pueda ser el mismo”

En tu libro "Trumpismos", advertías de esta nueva ola de autoritarismo reaccionario, de Trump a Milei... ¿En qué forma sale reforzada ahora?

A pesar de que la ola reaccionaria global en la que se inserta Trump es anterior al propio Trump, la victoria de 2016 en las presidenciales de los Estados Unidos favoreció su multiplicación e imitación a nivel global. Como apuntan Ivan Krastev y Stephen Holmes, "el presidente derechista de Brasil no imitaba a Trump porque quisiera ser Trump, lo imitaba porque Trump hizo posible que Bolsonaro pueda ser el mismo".

La segunda victoria presidencial de Trump puede dar un impulso aún mayor a la ola reaccionaria global del que ya sucedió en 2016, evidentemente será un balón de oxígeno tanto para Milei como para Bukele en la región y un fuerte impulso para las opciones de Kast en Chile, el bolsonarismo en Brasil y el uribismo en Colombia. Una de las incógnitas es si finalmente la ultraderecha, al calor de la nueva victoria del trumpismo, consigue construir un referente electoral estable en México que pueda competir con Morena. En Europa, el efecto Trump puede suponer el empujón definitivo para las posibilidades de Le Pen de acceder a la presidencia francesa y evidentemente reforzara los gobiernos ultraderechistas actuales, que contarán con un importante aliado en la Casa Blanca.

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