Energía nuclear verde... caqui

¿Por qué ha aprobado la Comisión Europea que gas y nuclear sean consideradas energías sostenibles (incluso verdes) si, evidentemente no lo son ni hacía falta declararlas así?

nuclear
Central Nuclear en Antwerpen en Bélgica. Foto: Nicolás Hippert.

Vivimos en el momento de mayor consumo energético absoluto y per cápita de la historia de la humanidad... y algunos aún quieren aumentarlo más. Pero se nos agotan las fuentes energéticas y se nos asfixia el mundo con las que empleamos hoy. “La Comisión Europea considera que existe un papel para el gas natural y la nuclear como medio para facilitar la transición hacia un futuro basado predominantemente en las renovables”. Esta frase de la propia Comisión es muy cierta. La Unión Europea, por fin, va a planificar algo del sector energético. No le queda más remedio.

El motivo principal no es el cambio climático que, por si mismo, ya es motivo suficiente, sino que el petróleo barato se agota. El petróleo convencional tuvo su pico de producción en 2005 (el carbón en 2013). Las empresas ya hicieron sus cálculos.

Un barril por encima de 120€ paraliza la economía y su beneficio y los costes de extraer petróleo se están disparando. Y eso sin tener en cuenta que las grandes empresas no pagan gastos de contaminación ni sociales por sus actividades.

Así, se están posicionando los países en defensa de sus sistemas energéticos porque es mucho más costoso para los gobiernos (en términos de votos y amistades peligrosas) fomentar el cambio de costumbres de consumo que seguir financiando los combustibles fósiles.

Kazajistán es un aviso. Así que, necesariamente, tenemos que planificar una transición energética hacia fuentes renovables y, por suerte, son las que menos contaminan la atmósfera. Pero, bajo las premisas del sistema capitalista.

¿Es esto posible? Obviamente no: crecer económicamente y reducir contaminación es imposible. Pero también es imposible pasar de energía fósil a renovable en un día, ni un mes, ni en un año. En ese proceso de transición seguiremos consumiendo energías no renovables, no queda otra. Por eso hay que establecer un calendario para su abandono definitivo.

Hasta aquí estamos de acuerdo. Pero, ¿por qué ha aprobado la Comisión que gas y nuclear sean consideradas energías sostenibles (incluso verdes) si, evidentemente no lo son ni hacía falta declararlas así? Aquí ha entrado el juego del potente grupo de presión a sueldo de las grandes empresas energéticas, enraizadas en los mismos gobiernos europeos (y mundiales).

Si se declaran sostenibles, tendrán derecho a las ingentes subvenciones que la Unión Europea va a desembolsar en la transición energética y a las ventajas legales y fiscales asociadas. Y es que el negocio energético no lo sería sin las ayudas públicas.

Por ejemplo, la construcción de una nueva central nuclear lleva entre 10 y 20 años (demasiado tarde para solucionar el problema actual) y más de 20.000 millones de euros, lo que implica una amortización mínima de 50 años, siendo la vida útil estimada de 35. Una ruina. Si sumamos que las reservas de uranio al ritmo de consumo actual durarían unos 120 años (su pico máximo de producción mundial fue en 2016), pero si el mundo optara por la nuclear como Francia, sería de solo 16 años, vemos que el negocio privado es imposible.

Por eso tienen tanto interés en que el dinero lo ponga el vulgo. Pero entonces ¿por qué no lo hace directamente el Estado, mucho más barato? Y todo esto sin tener en cuenta los descomunales costes de desmontar una central nuclear cuando se cierra y de la conservación de residuos radioactivos durante decenas de miles de años para lo que aún no disponemos de tecnología, que también se lo dejan al vulgo.

Por ello, están apostando por mantener en funcionamiento las viejas centrales nucleares más allá de su plazo de vida segura, pues ya están amortizadas y la energía nuclear sería más barata. Con los riegos que conlleva, ¿hace falta recordar Chernobil y Fukusima?

La subida de precios de la energía en Francia, el país más nuclearizado, ha superado a la española. La paralización de varias centrales por problemas de mantenimiento no puede ser compensado con el vaciado de pantanos para producir electricidad. Esclavitudes tecnológicas.

Y el gas aún está en peor situación. Si bien contamina algo menos que petróleo o carbón, su consumo se ha disparado por la reducción de producción de estos y está creando unas enormes tensiones geoestratégicas (su pico máximo de producción mundial es probable que se haya producido ya, como ha ocurrido en Rusia y Argelia) que parecen abocarnos a un escenario de guerras y precios elevados.

Con todo, el coste de la energía renovable es una cuarta parte de la nuclear y una séptima parte de la del gas. Y la distancia va a ir aumentando. Todo el dinero gastado en estas dos tecnologías es un derroche inasumible para la humanidad, por mucho que los beneficios para las grandes empresas energéticas transnacionales cieguen a nuestros dirigentes.

El impulso que este dinero podría producir en las renovables sería gigante y esperanzador, más aún si se dedicara a las pequeñas instalaciones locales como las comunidades energéticas. Además de ahorrar costes de transporte de la energía, crearían mucho empleo local en su construcción y mantenimiento. Y el futuro no se prevé sobrado de empleos, como para desdeñarlo.

Este empleo podría ser cuentapropista, de larga raigambre hispana. Una economía circular con beneficio local, no de las grandes empresas oligopolistas. Y este es el verdadero motivo por el que se está retrasando la tecnología renovable y se sigue intentando que las no renovables sigan alimentando las calderas del (gran) beneficio privado.

La decisión de la Comisión va en esta línea. Ahora debe pasar por el Consejo y el Parlamento europeos. Si lo tumban, el oligopolio internacional habrá ganado tiempo. Si lo consiguen, y para eso tienen un ejército de influencers en todos los gobiernos europeos, incluidos los más pequeños, como las comunidades autónomas españolas, sus acciones subirán como la espuma al mismo ritmo que bajará la esperanza de supervivencia de la especia humana. Qué más da, si no lo van a ver. ¿O sí?

Europa (y el mundo) necesitan acometer con urgencia planes de desarrollo masivo de energías renovables, con cabeza, eso sí. Instalando primero en los lugares ya degradados por el ser humano, con la cercanía al lugar de consumo como ingrediente principal, y preservando amplias zonas de la naturaleza como reservas de paisajes, biodiversidad y salud.

Y, aún más importante, planes severos de austeridad energética para llevarnos a un nuevo modo de vida con mucho menor consumo energético pero manteniendo el nivel de bienestar actual. Esta austeridad es la necesaria, y no otras. Pero hace falta valentía política, un oxímoron infrecuente.

Así que, nuclear y gas son energías verdes… caqui, tirando a ciénaga.

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