En la papelera de la cuarta farola de la calle San Miguel

Eran las 11:00 de la mañana de un día del mes de mayo de 1970, hace justo 55 años. Como cada día Emilio Lacambra esperaba aparcado en su “dos caballos” junto a la papelera de la cuarta farola de la calle San Miguel de Zaragoza, cuando veía al camarada Antonio López que trabajaba de barrendero doblar la esquina con su carrito de la basura. Emilio salía del coche y depositaba los Mundos Obreros y el resto de propaganda política en la papelera para que la recogiera Antonio. Aquel día cuando regresó a casa el Partido se puso en contacto con …

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Eran las 11:00 de la mañana de un día del mes de mayo de 1970, hace justo 55 años. Como cada día Emilio Lacambra esperaba aparcado en su “dos caballos” junto a la papelera de la cuarta farola de la calle San Miguel de Zaragoza, cuando veía al camarada Antonio López que trabajaba de barrendero doblar la esquina con su carrito de la basura. Emilio salía del coche y depositaba los Mundos Obreros y el resto de propaganda política en la papelera para que la recogiera Antonio.

Aquel día cuando regresó a casa el Partido se puso en contacto con él para contarle que la policía andaba detrás de Antonio y este había aparecido muerto, que la persona que había visto esta mañana doblar la esquina de la calle San Miguel lo más probable es que fuera un policía. No sabían si Antonio habría soportado las torturas y había dado nombres antes de morir. Emilio era una posible víctima de chivatazo y debía deshacerse de toda la propaganda que tenía en su casa y en el restaurante y pasar a cuarentena.

Emilio tuvo miedo, siempre lo recordaba, su hijo acababa de nacer y apenas tenía seis meses. Más tarde se supo que Antonio no delato a nadie, se suicidó y antes de hacerlo dejó escritas unas cartas donde relataba que lo hacía precisamente para no delatar a nadie temeroso de no aguantar las torturas en comisaría.

La tarde del 30 de mayo de 1970 decenas de militantes del PCE y las CCOO se reunieron en la iglesia de San Pablo donde se ofició el funeral de Antonio. Al acabar un grupo de mujeres del “Movimiento Democrático de Mujeres” se negaron a abandonar el templo, la policía a caballo rodeó la iglesia y equipados con escudos y cascos ocupó el templo para desalojarlo.

Este viernes, durante la inauguración del Parque Emilio Lacambra en el barrio de Torrero, su barrio, recordábamos esta historia que como tantas historias de las luchas populares está excluida de la historia oficial de nuestra ciudad. Porque la libertad y la democracia no la trajo el rey, ni Adolfo Suárez, la conquistó gente humilde y anónima y no fue en actos solemnes con luces y alfombras rojas, fue en actos furtivos y plebeyos como el de esconder propaganda política en una papelera como se conquistó la libertad y la democracia. Fue apretando los dientes, secándose las lágrimas y sangrando las heridas. Fue aguantando las torturas en comisaría, fue con el exilio, con la cárcel, siendo asesinados o suicidándose como Antonio López como se conquistó la libertad y la democracia en este país.

Esa es nuestra historia, la historia de las luchas populares que protagonizó gente como Emilio Lacambra y como muchos otros y otras que hoy no tienen calle ni parque con su nombre. Pero Emilio era tan generoso que comparte su nombre con el de todos ellos y hoy, que todo el mundo lo sepa, hay un parque en Torrero que lleva el nombre de todos los militantes antifranquistas que nunca han tenido el reconocimiento que merecen.

Aquella historia cambió la vida militante de Emilio, la cuarentena le apartó del trabajo en el aparato propagandístico del PCE, tarea arriesgada donde las haya en aquellos años de dictadura pues lo primero que buscaba la policía era precisamente el aparato propagandístico del Partido, e hizo que Emilio se encaminara a otras tareas militantes como la creación de la asociación de vecinos de Torrero Montes de Venecia, la federación de empresarios de la hostelería (Horeca) de la que fue fundador y presidente, o a su tarea de dinamizador cultural tan virtuosa como muchas veces involuntaria e imprevista. Tareas por las que Emilio es reconocido hasta tal punto que un ayuntamiento de derechas no ha podido negarse a que un parque de su barrio llevará su nombre.

Emilio fue comunista por casualidad, en realidad era un cristiano de base al que el Concilio Vaticano II le llegó tarde y se afilió al PCE porque en aquellos años era la mejor herramienta para amar al prójimo. Siempre decía que no podía ser feliz, si los demás no eran felices, y militaba precisamente para hacer felices a los demás y por eso militando era feliz. Esta era la poción mágica de Emilio Lacambra que le hizo querido y admirado por todos, pero que también le hizo sobrellevar el miedo y el sacrificio que muchas veces le implicó su militancia como aquellos días del mes de mayo de 1970.

“La militancia es motivo exultante de vida” diría años más tarde el dirigente comunista portugués Álvaro Cunhal es su conocido libro “Un Partido con paredes de cristal”. Emilio exultaba como nadie y eso le hacía parece un actor bohemio, un mesonero deslenguado o un cultureta verso libre. Pero no, simplemente era tan feliz porque militaba y militaba porque era su mejor manera de ser feliz, porque acabar con las injusticias haría feliz a todo el mundo y solo podía ser feliz si sabía que contribuía a eso, aunque supiera que no llegaría a verlo en vida. Ese es el gran secreto de la militancia y Emilio el que mejor supo aplicarlo. Que gran ejemplo en estos tiempos líquidos de pasividad.

Pero no nos llevemos a engaño, Emilio podía parecer un actor bohemio, un mesonero deslenguado o un cultureta verso suelto. Pero antes que todo eso fue el militante abnegado, y ese militante abnegado siempre estuvo ahí, detrás del personaje público, conduciendo al personaje público que hoy ni la derecha zaragozana puede evitar reconocer. Emilio sabía que cambiar el mundo era una tarea colectiva, que alguien le dejaba los Mundos Obreros en su restaurante y alguien los recogía de la papelera en la que él los depositaba, por ello Emilio en su interior y a su manera, acudió hasta sus últimos días puntual y feliz como siempre a su cita con la papelera de la cuarta farola de la calle San Miguel.

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