Emergencias y desregulación

06 julio, 2026. 06:30

Es un clásico de los informativos que cuando ocurre una catástrofe, incendio, inundación, volcán, pandemia... (hemos tenido de todo) inexorablemente, aparecen imágenes de políticos con chaleco de protección civil reconociendo la zona o en el centro de mando de operaciones con expresión de aplomo. Después del episodio Mazón-Ventorro nadie quiere correr riesgos y se procura su icono-salvavidas, como para decir: no os preocupéis, todo esta controlado, aquí esto yo.

Lo de que "vale más una imagen que mil palabras" es suficientemente expresivo por sí solo, pero corre el riesgo de exacerbar el poder comunicativo de la imagen para convertirla en ídolo. Y con los ídolos hay que andarse con mucho cuidado, lo mismo sirven para una herejía en el Bizancio del siglo IX que para organizar festivales con millares de idolatras que babean ante el último icono creado a gusto del consumidor, sea una pseudo preconciliar monja posmoderna o un conejito macarra en su "casita". Los ídolos triunfan por todas partes y esparcen el postureo como patética forma de convivencia con una milicia creciente de mujeres y hombres que son solo eso, imagen, miles de imágenes vacías adorando a los ídolos que el mercado va cambiado conforme lo hacen las modas y el interés del algoritmo.

Hay cierto consenso en que en una emergencia, cada quien debería estar en su sitio y que el que no es necesario estorba. Y de ahí surge la pregunta de si el político (presidente, director general o lo que toque) debe acudir corriendo al foco del desastre o haría mejor quedándose en su bien dotado despacho, conectado a todo lo conectable y rodeado de sus colaboradores habituales para recibir información, evaluar la realidad, procesar los datos que surjan y lo más importante diseñar escenarios futuros. Es decir generar toda la cultura del desastre de que se trate y eso se puede hacer en mangas de camisa, con calefacción o aire acondicionado porque la función de los políticos es "GESTIONAR" no hacer GESTOS, que son palabras parecidas pero radicalmente distintas en su intención.

El lugar de la tragedia debe ser para los entendidos en la materia, gente con la experiencia y sangre fía para organizar contra el reloj, el fuego o el agua la contención del peligro; para REGULAR los medios y herramientas disponibles. En ese escenario desde el primer helicóptero al último  voluntario y fuerza de orden público, deben estar en y para el desastre que se debe atajar. Habría que esperar a la remisión del evento para que las autoridades en cuestión sobrevuelen el escenario todavía humante o inundado y a ser posible puedan mostrar los deberes que han realizado desde sus despachos. Hasta ese momento los medios aéreos o terrestres deben estar al servicio exclusivo de los técnicos y hasta el último litro de combustible se debe empeñar en la gestión de la catástrofe. Porque las catástrofes también se gestionan, se evalúan, se tabulan y se modelizan para que la próxima tenga mayor bagaje de conocimiento y en lógica consecuencia se pueda mejorar su tratamiento. Cuando la crisis haya pasado será el momento para decidir  si hay que contratar más recursos, ampliar plantillas o qué modelo de gestión del paisaje se debe adoptar en el futuro.

Pero como el espectáculo lo invade todo y si no hay imágenes de los iconos/ídolos en medio de una nube de periodistas ávidos de manifestaciones rotundas (simplonas la mayor parte de las veces), es como si esos políticos desaparecieran de escena; y eso lo toman como su muerte virtual. "Si no sales no existes", Bien es verdad que los medios de comunicación también tiene algo que ver y algo que gestionar, más allá del: "que no pare el espectáculo". 

La capacidad de la imagen de construir relato, pocas veces coherente con la realidad en este estado de crispación permanente,  es un peligro especialmente grave. Y siguiendo este hilo, el de la necesidad de gestionar, de coordinar, de evaluar, de construir conocimiento y planificar el porvenir de que hemos hablado para los casos de desastres, se diría que todos esos procesos tienen más que ver con el verbo REGULAR que con DESREGULAR. Por eso, cuando se tropieza con esta palabra en una estructura de gestión, se enciende la alarma librepensadora que anuncia una emergencia conceptual. Un reto semántico que va mucho más lejos que lo gramatical.

Nos referimos al hecho, sorprendente para el buen juicio, de que se establezca una Consejería de DESREGULACIÓN, maridada con el Bienestar Social y la Familia, adscrita nada menos que al vicepresidente primero del G.A. Algo que otros foros ya han valorado y que no podemos dejar de reflejar, siquiera como símbolo contra la costumbre de naturalizar las mayores burradas por el fenómeno de repetición que conduce al amodorramiento colectivo. Aun a riesgo de fracaso anunciado, repetiremos que un disparate es un disparate por mucho que se repita.

Damos por sentado que es un efecto de populismo ramplón con que agasajar la ignorancia de una serie de acolitos-votantes a los que se les quiere convencer de que ideas como: administración, gestión y ordenamiento son enemigas de la "libertad". De la "libertad carajo" propia de Milley y del sumo sacerdote Trump que como légamo del pensamiento se cuela por las rendijas de la actualidad.

No hay que ser muy listo para atisbar que para avanzar hacia una simplificación normativa y reducción de burocracia, tal como esparcen las coaliciones autonómicas, tocaría REGULAR esos aspectos. REGULAR, seguramente reduciendo procesos, agilizando trámites y facilitando el acceso a los ciudadanos (¡a todos!), pero no dejará de ser REGULAR. Maquillarlo como DESREGULARIZACIÓN es una campaña de alimentación para ignorantes que cándidamente no se dan cuenta de que tras ese falso concepto asoma el desmantelamiento del estado del bienestar y la merma de garantías públicas. Precisamente lo que más necesitan los sectores menos favorecidos en esta sociedad que propele hacia el autoritarismo posfascista, en donde con el declive de la social-democracia, camparán a sus anchas recortes y desprotección. Bajo este vago populismo, de eliminación de trabas administrativas,  totalmente ausente de concreción real, por cierto, se pueden eliminar normativas vitales.

Aventuramos desde este rincón que no tardará mucho en salir a colación mediática la metáfora del "cirujano de hierro" que a comienzos del siglo XX acuñara D. Joaquín Costa y que han utilizado a su favor cuantos dictadores ha parido la "Castilla miserable, ayer dominadora" desde entonces y,.. lo que te rondaré. morena. Más parece que el título de su libro: "Oligarquía y caciquismo como la forma actual de Gobierno de España" fuera a ser el programa de gobierno elegido. Aunque viendo la tendencia gramatical de la ultrapolítica, sería mas adecuado llamarlo de DESGOBIERNO.

En virtud del estado de insulto permanente que imponen las derechas extremas hacia  gobierno de la nación nos sentimos autorizados éticamente para actuar de forma similar aunque por convicción librepensadora evitaremos usar la fruta como metáfora que está comprobado produce diarrea mental. El ejemplo del ventrílocuo de la presidenta de la comunidad madrileña es patente; no hay nada más que ver lo que sale por su boca. Seremos mas cuidadosos con el vocabulario; solo se nos ocurren dos palabras para valorar esta gestión del "mal común": idiotez y estupidez.

Dado que la idiotez, según la ciencia, equivale a un retraso mental profundo, entendemos que no debería ser de aplicación en este caso porque no nos gustaría sentirnos gobernados por idiotas. Habrá que atribuir la aparición de esta idiotez a procesos colaterales de la abducción del PP por parte de sus alas extremas. Por tanto solo nos queda la estupidez en el sentido que definió Dietrich Bonhoeffer, pastor protestante y resistente contra el nazismo que advirtió qué la estupidez es más peligrosa que la maldad porque los estúpidos dejan de pensar por sí mismos y esa renuncia puede conducir a un colapso moral colectivo.

Para superar la sinrazón que achicharra el pensar común y contrarrestar el "mal común" por un bien compartido y esperanzado, solo se nos ocurre abrir el foco de la atención hasta el punto de sintonizar la intima convicción de nuestra finitud personal con la finitud de todo cuanto nos rodea. Estamos a tiempo para que desde esa gestión de lo anímico interior y de lo exterior compartido, se pueda recuperar la idea de ciudadanía para seguir construyendo convivencia. Sería algo así como una costura de ánimas: las personales con el "anima mundi" que languidece en medio de tanta idiotez.

Entre tanta emergencia próxima y tanto ruido ajeno nadie quiere ver que  “El saqueo continúa”. El saqueo globalizado que estalla en Gaza, en Líbano, Yemen y en tantos sitios por donde saltan las costuras al traje de la humanidad. También en Aragón está en marcha esa política de saqueo, por eso lo último que necesitaríamos es el triunfo de la estupidez y las idolatrías, pero eso precisaría de unas dosis de pensamiento en común que hoy por hoy, aun no asoma por el horizonte.

Todos los cerebros del mundo son impotentes contra cualquier estupidez que esté de moda. Jean de La Fontaine

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