Veía el Grand Prix cada verano. Como muchas otras niñas, me sabía los nombres de los pueblos, imitaba los juegos y admiraba a las presentadoras. Eran todas monísimas, delgadísimas, simpatiquísimas. Eran, básicamente, todo lo que yo no era. Porque yo era gorda. Y si algo aprendimos las gordas en los años 90 es que lo nuestro era mirar, no estar. Aplaudir, no protagonizar. Reír, pero nunca demasiado alto.
Por eso lo de Lalachus no es una anécdota, es una revolución. Es una grieta en la pantalla por la que asoman todas las que nunca salimos. Que una mujer gorda, cómica, deslenguada y divertida sea la nueva presentadora del Grand Prix no es solo una alegría: es una corrección histórica, nos lo debían.
Porque esta vez no ha llegado a pesar de su cuerpo. Ha llegado con él, en él, desde él. Lalachus no ha pedido permiso. Ha hecho lo suyo con humor, talento y sin disimularse. Y eso, en una tele que sigue premiando la delgadez y el molde, es una hazaña política.
Esto no es solo un éxito personal: es un mensaje nítido para todas las niñas que sienten que no caben en los cánones. Para las adolescentes que siguen esperando verse en pantalla sin tener que encogerse. Para las adultas que aún hoy dudamos si mostrarnos, si ocupar, si hablar sin disculparnos antes por el espacio que ocupamos.
Lalachus en el Grand Prix no repara todo el daño, pero rasga el decorado. Ese decorado que nos vendió durante años que solo un tipo de cuerpo podía ser protagonista. El suyo, el nuestro, ya está ahí. Y se va a quedar.
Este triunfo es de ella, sí. Pero también es de todas. De todas las que crecimos creyendo que el mundo no era para nosotras. De todas las que aprendimos a disimular, a hacer chistes antes que los demás, a esconder la tripa en fotos y en fiestas. De todas las que, por fin, vemos que también podemos ser imagen de verano. Y de lo que nos dé la gana.
Gracias, Lalachus. Por colarte por la rendija y convertirla en puerta.

