El perdón infinito

No falta semana en que no esté en boca de algún representante político o alguna entidad ciudadana la palabra “perdón” en forma de exigencia. Alguien, individual o colectivo, debe pedir disculpas por actos pretéritos o presentes. La saturación suele ser sinónimo de degradación, de devaluación, más si solo se exige y no se practica. No obstante, es preciso triar las situaciones y los protagonistas, hermosa palabra aragonesa para la selección y el expurgo. La utilización como arma arrojadiza, desde un ámbito de autoconcedida superioridad moral (que suele corresponder con una posición jerárquica, cual monarca absoluto), pervierte el término. Pretende herir, …

No falta semana en que no esté en boca de algún representante político o alguna entidad ciudadana la palabra “perdón” en forma de exigencia. Alguien, individual o colectivo, debe pedir disculpas por actos pretéritos o presentes. La saturación suele ser sinónimo de degradación, de devaluación, más si solo se exige y no se practica.

No obstante, es preciso triar las situaciones y los protagonistas, hermosa palabra aragonesa para la selección y el expurgo. La utilización como arma arrojadiza, desde un ámbito de autoconcedida superioridad moral (que suele corresponder con una posición jerárquica, cual monarca absoluto), pervierte el término. Pretende herir, mantener una acusación perpetua que blandir cuando las circunstancias retóricas puedan dar una posición ventajista sin ceder jamás a la tentación de la verdadera reconciliación. Mucho menos aquel término tiene que asimilarse como un sinónimo de indiferencia y de amnesia. Perdonado y olvidado se identifican e igualan en una ecuación inverosímil.

Proyectado de esta forma hacia los abismos de la historia genera dos fenómenos peligrosos. Uno de ellos es el presentismo. Analizar o someter a consideración acciones y actitudes de otro tiempo con mentalidad de la época actual. Ininteligibles aquellas exigimos perdón tras juicio condenatorio e inmisericorde desde una sociedad, la nuestra, identificada inconscientemente como “perfecta”.

No menos “traidor” es el esencialismo. Este presume de unas características inmutables e impermeables al paso de los tiempos. Excluye aquello que le estorba, que no cuadra con su esquema. Justifica toda obra y decisión a lo largo de los siglos para conservarlas y excusa (se autoabsuelve) por los errores cometidos, solo ocasionados por individuos alejados de la sacrosanta misión.

Este panorama general podría llevarnos al descrédito de toda iniciativa de valoración del pasado o a juzgar como indigna e hipócrita cualesquiera intervención del perdón en la escena pública. Enrasando apreciaciones y juicios, vengan estos de quienes vengan, sean poderosos o humildes. Error relativista.

Con la óptica universalista de los Derechos Humanos, sí debemos abordar las consecuencias de nuestra herencia en el hoy y asumir sus efectos sin culpabilizaciones hereditarias ni omisión del conflicto. Únicamente somos responsables del rol del recuerdo y del producto de las actuaciones de nuestros ascendientes. De esta manera, pueden entenderse las reclamaciones de desagravio provenientes de quienes ahora están sometidos a las terribles secuelas de la inequidad y de la ausencia de respeto de dichos Derechos. Estos no quedan fosilizados cual constitución sagrada. Las pertenencias éticas, políticas y religiosas más exigentes siempre les impulsan a garantizar más y mejor una vida, individual y comunitaria, digna de ser vivida.

Cómo gestionar el legado de nuestra historia no puede quedar exclusivamente, aun con la importancia que ello tiene, en un cambio de nombres de lugares y sustitución de emblemas en el espacio público. Teniendo como irrenunciables los principios de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición, la acción se corresponde con una firme voluntad de hacer efectivos los Derechos para todo el mundo. Y ahí sí recupera el sentido el perdón sincero, pues expresa el reconocimiento del daño causado y la apertura a un cambio de quienes han causado aquel mal, sin que pueda confundirse con el olvido. Sin tacticismos ni lógicas de guerra y su corolario de vencedores y vencidos sino una verdadera reconciliación en la justicia. De otra manera seguiremos en el fango de quienes solo aspiran a tergiversar el pasado para sostener su dominio tiránico y exigente de adoración perpetua.

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