El muro de Berlín y el COVID-19: ¿Por qué no se actuó antes?

Al igual que sucedió con el jerarca de la RDA Gunter Schabowski el 9 de noviembre de 1989, Pedro Sánchez también tembló cuando le preguntaron en qué momento se ponía en vigor el decreto que disociaba, salvando las distancias obvias entre ambos sucesos, el pasado del presente. Lo impensable, una vez más, había ocurrido.

muro
Muro de Berlín. Foto: Claudio Schwarz.

Desde que el pasado 16 de marzo el Presidente del Gobierno declarase el Estado de alarma, el tiempo, como se dice en el ‘Hamlet’, está fuera de su eje. El discurso, leído por un Pedro Sánchez de ojos hundidos y zarandeado por el vértigo del momento, creaba un Acontecimiento sin parangón en la historia reciente de España. Al igual que sucedió con el jerarca de la RDA Gunter Schabowski el 9 de noviembre de 1989, Pedro Sánchez también tembló cuando le preguntaron en qué momento se ponía en vigor el decreto que disociaba, salvando las distancias obvias entre ambos sucesos, el pasado del presente. Lo impensable, una vez más, había ocurrido.

De acuerdo con el libro de Francis Fukuyama ‘El fin de la Historia y el último hombre’, la Historia había llegado a su fin en 1989. El mundo de libre empresa había ganado la Guerra Fría al comunismo soviético, y a partir de entonces no iba a haber alternativa. O capitalismo desregulado o capitalismo mínimamente regulado; o gatos blancos o gatos negros, pero gatos al fin y al cabo. Muchas cosas han sucedido desde entonces, incluso una crisis económica que encendió todas las alarmas de la galaxia neoliberal, pero la alternativa al modo de producción capitalista sigue desaparecida.

La euforia con la que se vivió el derribo del muro de Berlín fue la de una victoria sobre un Otro monstruoso. Es precisamente el exceso de la imaginación antisoviética lo que llevó a la parranda sin fin del Consenso de Washington establecido en la década de 1990. Pero tanto triunfalismo yuppie escondía una profunda ansiedad. A partir del hundimiento del sistema soviético apareció un horizonte inflado por el capital financiero, el consumo a crédito y la apertura de todo el globo a la inversión capitalista. De la noche a la mañana, la fantasía liberal se había hecho realidad. Sin embargo, lo sucedido provocó el temblor indomable que sigue a todo Acontecimiento. Con el derribo acelerado del muro de Berlín se ponía fin a un mundo, ordenado por la Guerra Fría, y se daba vida a otro, desregulado e incierto. El precio de dar por finalizada la Historia había sido, paradójicamente, mostrarla tal cual es: una fuerza despótica, a veces imprevisible, de la que no se puede escapar.

Así pues, todo Acontecimiento muestra que lo supuestamente eterno puede desaparecer de un plumazo. A pesar de que el sistema capitalista no tiene alternativa, toda gran crisis que lo sacude recuerda al liberalismo que al otro lado de los confines de su imperio se extiende el abismo de sus temores. Ciertamente, la ruptura de la vida cotidiana abre una fisura a través de la que se cuela algo más grande que zumba en nuestros oídos sin que podamos desactivarlo. Cuando eso sucede, todos los interrogantes que no hemos querido afrontar durante años vuelven para atormentarnos. Sucedió con la crisis económica de 2008 y vuelve a ocurrir ahora. La Historia ni ha terminado ni se repite, pero sí rima con el ruido y la furia de una tiranía que no admite ni olvidos ni salidas de emergencia.

En esta semana de excepcionalidad, la Historia se ha hecho presente bajo tres atuendos diferentes. El primero, en forma de poder soberano del Estado, capaz, como pensaba Carl Schmitt, de darle un tajo a la realidad como hasta ahora los tertulianos y economistas cortesanos han negado. El segundo, como la antigua disputa entre una naturaleza, violenta e indiferente, y una cultura o civilización humana que lucha por neutralizarla. Y el tercero, en forma de una crisis económica que vuelve a proyectar en la pantalla de nuestra vida el conflicto entre beneficio privado y necesidad colectiva. Todo ello nos sume en una incertidumbre en la que se disparan preguntas tan urgentes como inevitables.

Una de esas preguntas, fieramente agitadas como una navaja por la derecha, es la siguiente:

¿Por qué no se decretó antes el Estado de Alarma? Si bien el interrogante es legítimo, ni la formas ni, quizá el momento, lo son. Pensar los fines de la organización de la vida en común, del Estado en su conjunto, es un derecho y una responsabilidad de los seres humanos en democracia. Pero quien no se siente parte de lo que se decide en la polis, decía Aristóteles, o bien se imagina como una bestia, o bien se piensa como un dios. En nuestro presente, estos enajenados de la ‘política’ solo reconocen una acepción de la palabra libertad: la de comprar y vender en el mercado, es decir, la que se disfruta en el mundo de la propiedad privada.

Las acciones de este grupo social no contribuyen al fin político de la comunidad democrática, esto es, a la libertad mediante la igualdad, sino a su destrucción más acabada al exigir que el Estado saque sus manos de la libertad individual. Buscan, siempre que sus representantes pierden el gobierno, la eliminación de la propia política. Ajenos a cualquier sentimiento de reciprocidad colectiva, esta parte de la comunidad, que finge representar el todo, no concibe otra tarea que la de buscar a los culpables de la confiscación de su libertad con la antorcha en una mano y el palo de la bandera en la otra. La Historia no es racionalmente astuta, como pensaba Hegel, sino despóticamente irónica: las mismas personas que acusan ahora al Estado de no actuar antes son las que no lo hubieran tolerado entonces.

Para profundizar en esta respuesta es preciso asegurarnos de estar saliendo de la caverna, y no hundiéndonos más en ella. Debemos preguntar no por los culpables a los que dar garrote, sino por las condiciones que han hecho posible, incluso inevitable, que el Estado de Alarma no se decretase antes. Para ello debemos reformular la pregunta como sigue: ¿Qué ha sucedido para que pasemos de considerar el COVID-19 como una gripe risible a exigir que actúe la madre de todos los Leviatanes? Para responder a estas cuestiones es preciso explicar quiénes somos. Es decir, es necesario recurrir a la historia.

El espectro ideológico de nuestro presente vive bajo la sombra de la victoria liberal de 1989. El colapso del sistema soviético derribó los cascotes de su futuro planificado sobre las cabezas de los pocos partidos comunistas que aún miraban a la URSS caminar lento, pero seguro, hacia el paraíso. Sin embargo, la caída del muro para el resto de la izquierda había ocurrido mucho antes del 9 de noviembre de 1989. Desde la derrota de las revoluciones de 1968, incendiadas contra lo que los jóvenes consideraban unos regímenes disciplinarios insoportables, ejemplificados en Charles de Gaulle, el mundo occidental comenzó un lento proceso de transformación hacia una economía desregulada y financiarizada, basada en la acumulación flexible de capital y la deslocalización de la industria. El fordismo dio paso al posfordismo; la modernidad a la posmodernidad. Lo que no se consiguió en 1968 sirvió para, una vez invertidos los valores que había bajo los adoquines, sustentar y legitimar este cambio. Pero la Historia iba despacio, y el capitalismo tenía prisa.

Así fue cómo el liberalismo más descarnado, renacido en la Escuela de Chicago, se tomó su revancha después de años de soportar la doma keynesiana de la bestia. Era preciso desatar a la fiera económica, pues la mano invisible del mercado sabría llevarla por el buen camino. El enemigo no sólo era una Unión Soviética pintada en gris hormigonado y completamente robotizada como el Iván Drago de ‘Rocky IV’, sino la intervención keynesiana y, por asociación, el Estado, al que se veía como un liberticida nacionalizador de los beneficios y una fábrica de vagos subvencionados. La guerra se llevó a cabo en todos los frentes, desde el cine a la política. No hubo terreno que no fuese un campo de batalla.

Purgar la libertad de toda asociación con la igualdad era un reto difícil. Franklin D. Roosevelt las había soldado en su célebre discurso de 1941 titulado las “Cuatro libertades”. Pero se consiguió. La estanflación de los años de 1970 dejó a los keynesianos con un rictus de incredulidad desesperada. Thatcher destrozó a los mineros, y la cuota de afiliación en los países de la OCDE a día de hoy es ridícula. Reagan hizo lo propio con los controladores aéreos y los frenos a la especulación financiera impuestos por Roosevelt. Se atacó la legitimidad de los impuestos progresivos y los Estados perdieron soberanía fiscal y monetaria. El dinero, donde mejor estaba, era en los bolsillos de cada individuo. Mitterrand abandonó su programa de transición al socialismo al no ser capaz de controlar la fuga de capitales y de obligar a los franceses a no usar la tarjeta de crédito en el extranjero. Se sustituyó el horizonte igualitario abierto en 1917 por el horizonte liberal de las Revoluciones inglesa, estadounidense y francesa de 1688, 1776 y 1789. Los fastos pop del Bicentenario de la Revolución francesa en París señalaron el cambio: la libertad, o era liberal, es decir, la de la propiedad privada, o no era nada. El liberal Raymond Aron, finalmente, le había ganado la partida a Jean-Paul Sartre.

Hoy vivimos bajo esta sombra que actúa como una prohibición política. No hay sociedad, sino individuos y familia, al decir de Thatcher. El drama es que la izquierda mayoritaria aceptó este marco ideológico como forma de superar su desconcierto y derrota, dando legitimidad a esta prohibición en los gobiernos de Blair, Schroeder y Clinton. El problema no es, como tiende a decirse, que se ha abandonado el concepto de libertad, sino que, bien al contrario, lo que se ha olvidado es el concepto de igualdad. Se ha aceptado como límite, y no como principio, la defensa de unos derechos liberales que son, precisamente, los primeros sacrificados cuando la derecha siente la necesidad de hacerlo. La igualdad ya no se piensa en términos de necesidades, sino de oportunidades o méritos. Conceptos como “lucha de clases”, “explotación”, “imperialismo” o “desarrollo/subdesarrollo” se han bajado del escenario, y no precisamente por agotamiento. La victoria de 1989 nos dice que es reduccionista, grosero y anticuado aplicar estos términos a la realidad, sin duda alguna porque la dibujan de una manera mucho más eléctrica y peligrosa que las palabras liberales que la ponen entre algodones.

Siendo, como somos, hijos e hijas de esta condición histórica, gobernada por la libertad entendida a la manera del liberal doctrinario Benjamin Constant, es decir, como el disfrute irrestricto de la propiedad privada, no es complicado deducir la causa fundamental de la inacción de los gobiernos ante la expansión del COVID-19. Una libertad reducida a los fines que uno se da en la vida privada, despojada de la preocupación por los fines de la comunidad en la que vive, era el sueño de la razón de Thomas Hobbes. Mientras pueda comerciarse, comprarse una bicicleta o solazarse en una terraza, no importa nada de lo que suceda a mi alrededor. Dicho de otro modo, no se meta usted en política y disfrute de la vida que pueda permitirse. Para Hobbes y John Locke, padre del liberalismo, la acción del Estado no puede entrar en este ámbito privado, tan solo debe salvaguardarlo de interferencias y cataclismos, como un impuesto “confiscatorio”, una expropiación, una revolución o una intervención masiva del Estado en nombre de la igualdad. Todo lo demás, es prescindible. La dictadura propuesta por Hobbes y el régimen representativo diseñado por Locke no estaban tan lejos uno de otro después de todo.

Así pues, parece que es la incapacidad para pensar más allá de esta prohibición ideológica lo que ha impedido a los gobiernos y a las poblaciones asumir la necesidad de una coerción colectiva de dimensiones históricas. La Historia, para nuestro sujeto liberal, es algo que les sucede a otros. Como los accidentes o la muerte. Por eso cuando China, que vive bajo la sombra distinta de Tiananmen, confinó a millones de personas, en periódicos como El Mundo se hacían bromas orientalistas sobre el caso (v.g., artículo de Iñaki Gil, “De la peste negra al coronavirus”, 26 de febrero de 2020). Entre intervenir la economía y asegurar que la libertad consiste en lo que un individuo pueda gastar o comprar, se eligió, obviamente, lo segundo.

Pero ahora, cuando los muertos, por desgracia, se acumulan, el sujeto liberal entra en histeria y exige a su propia ideología una respuesta. Hobbes, de nuevo, acude en su ayuda con el ‘Leviatán’ en la mano. Y Locke, que recurre a la figura romana de Cincinato, no se queda atrás en la fantasía: cuando Roma se encontró en sumo peligro, se suspendió el régimen republicano para entregar el poder a un dictador provisional, quien, una vez restablecidos el orden y la paz, habría de volver al retiro de las leyendas. Lo mismo, por cierto, que hizo el liberalismo del periodo de entreguerras cuando acudió al fascismo para eliminar la amenaza de una clase obrera organizada.

Nada de lo hecho, por tanto, desborda lo imaginado por la teoría liberal. Ni antes, cuando no se tomaron medidas de excepción, ni ahora, cuando éstas se han llevado a cabo. ¿De dónde proviene entonces la furia de la derecha? De tres rincones. Primero, de la proyección del fallo de cálculo propio, imperdonable para un sujeto liberal que cree tener el destino en sus manos, en un chivo expiatorio propicio, en este caso un gobierno progresista. De nuevo es el Estado, y no el individuo, el responsable de todo. Segundo, del miedo a que el virus liquide su propiedad privada más preciada, el cuerpo. Y tercero, del terror a que los fallos y flaquezas del sistema en el que vivimos puedan conducir a una improbable, pero no por ello menos temida, caída del muro muy diferente a la de 1989.

Todo lo sólido, decía Marx, se desvanece en el aire del capitalismo. Sí, no hay edificio que, por muy alto que ascienda, no pueda derrumbarse. El rascacielos liberal ha subido más alto de lo que marcó el muro de Berlín, pero al otro lado se extiende igualmente el abismo. Esta vez Cincinato tiene coleta y piensa que el artículo 128 no está en la Constitución de adorno. La madre de todas las fantasías liberales se ha hecho realidad en forma de pesadilla. Nadie, ni siquiera el Robinson que todo liberal lleva dentro, puede escapar de la Historia.

Autor/Autora

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de nuestra política de cookies, pincha el enlace para más información.

ACEPTAR
Aviso de cookies