En ese tiempo el MST ha conseguido que más de 450.000 familias tengan ya su parcela y la hayan puesto en cultivo en 24 estados de todo Brasil. Pero no es suficiente con conseguir un título de uso de la tierra, también es necesario hacer llegar la luz, la escuela, la salud, el saneamiento, la cultura, gestionar la producción. Y la organización ha conseguido que esos miles de asentamientos vayan cubriendo todas esas necesidades.
En ese camino el MST ha desarrollado 182 cooperativas y más de mil asociaciones de campesinos y campesinas productores. Ha extendido la agroecología convirtiéndose en el mayor productor de arroz orgánico de toda América Latina, ha plantado 45 millones de árboles, desarrollado la producción de bioinsumos, o concertado la fabricación de maquinaria adecuada para la agricultura familiar. También ha realizado donaciones de cientos de toneladas de alimentos, durante el COVID o las inundaciones, y a partir de esa experiencia han dado vida a casi un centenar de cocinas solidarias en muchas de las periferias urbanas de Brasil.
Pero al mismo tiempo 80.000 familias todavía esperan acampadas, algunas desde hace muchos años, a que el gobierno lleve adelante las expropiaciones de las tierras que reclaman. Desalojos, amenazas, asesinatos encargados por los terratenientes también han formado y forman parte de estos 42 años de historia.
Para conocer de cerca esta historia de organización y desafíos, Michelle Neves, de la Coordinación Nacional del MST, ofrece esta semana dos charlas en Aragón de la mano del Comité de Solidaridad Internacionalista. La primera es este martes, 17 de marzo en Zaragoza, a las 18:30 en el Centro Joaquín Roncal. La segunda es el miércoles en Uesca, a las 16:00 horas en el CSA Boira Preta. Estas citas son una oportunidad única para dialogar sobre la realidad de la reforma agraria en Brasil y las alternativas populares que emergen del campo. Además, el jueves, Neves estará en las Cortes de Aragón.

Movimiento Sin Tierra: sembrar conciencia y cultivar agroecología
El asentamiento Nueva Esperanza I, impulsado por el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) en el estado de São Paulo, se ha convertido en un ejemplo de producción agroecológica y organización campesina. En este enclave rural del Valle del río Paraíba viven 63 familias que cultivan alimentos diversos destinados tanto al autoconsumo como al abastecimiento de zonas urbanas cercanas.
Thaís Rodrigues da Silva, agricultora y agrónoma del asentamiento, explica que el trabajo en las huertas combina cultivos como mandioca, batata, perejil, cebolla de verdeo o puerro con flores y árboles que forman parte del sistema agroforestal. Este modelo busca reproducir la diversidad del bosque atlántico y evitar los monocultivos característicos de la agricultura industrial. Según la joven campesina, el objetivo es producir alimentos sanos en equilibrio con el entorno y no únicamente responder a la lógica del mercado.
Nueva Esperanza I fue reconocido oficialmente como asentamiento del MST en 2002, tras varios años de lucha por la tierra iniciados en 1997 con ocupaciones y acampadas en la autopista Presidente Dutra, que conecta São Paulo con Río de Janeiro. El terreno recuperado era un latifundio improductivo. La experiencia forma parte de la trayectoria del MST, fundado en 1984 y considerado el mayor movimiento campesino de Sudamérica, con miles de ocupaciones de tierras y centenares de campamentos organizados en defensa de la reforma agraria y la soberanía alimentaria.
En el asentamiento se desarrollan sistemas agroforestales que combinan árboles nativos y cultivos agrícolas. Entre ellos aparecen especies autóctonas como el cambuci o el cambuí, junto a otras más extendidas como el limón, la banana o el ananá. La diversidad vegetal permite crear un ecosistema que reduce plagas y mejora la resiliencia frente al cambio climático. Según Rodrigues da Silva, la clave es evitar el monocultivo: cuando una sola especie domina un terreno, las plagas o los fenómenos climáticos extremos pueden destruir toda la producción.

La agricultura que practican las familias del asentamiento se basa en la agroecología y en la diversidad productiva. En los surcos conviven hortalizas, frutales y plantas medicinales, mientras aves y otros animales contribuyen a dispersar semillas y mantener el equilibrio ecológico. Parte de la producción se comercializa mediante la llamada Comunidad que Sustenta la Agricultura (CSA), un modelo de cooperación entre productores y consumidores urbanos que financian previamente la producción agroecológica y reciben cestas periódicas de alimentos.
Este modelo contrasta con la historia agrícola de la región, marcada por ciclos de monocultivos y explotaciones intensivas como el café, el eucalipto o la ganadería extensiva. La expansión de pasturas con braquiaria —una especie introducida para alimentar al ganado— transformó amplias zonas del territorio. Frente a ese modelo, las familias del asentamiento impulsan sistemas diversificados que regeneran el suelo y recuperan biodiversidad.
La experiencia de Nueva Esperanza I también pone de relieve las dificultades que enfrentan muchas comunidades campesinas para sostener su actividad. Gran parte de las familias proceden de periferias urbanas y necesitan apoyo institucional para consolidar sus proyectos productivos. La falta de continuidad en políticas públicas, como los programas de suministro de alimentos para comedores escolares, limita el desarrollo económico del asentamiento.
El MST complementa la producción agrícola con procesos de formación política y educativa. Uno de sus espacios centrales es la Escuela Nacional Florestan Fernandes, ubicada en Guararema, también en el estado de São Paulo. En este centro se combinan estudios, trabajo comunitario, cultura y formación en agroecología y derechos humanos, siguiendo la tradición de la educación popular inspirada en el pedagogo Paulo Freire.
La escuela se ha convertido en un punto de encuentro internacional para organizaciones campesinas y movimientos sociales. Activistas de Asia, África y América Latina visitaron recientemente el asentamiento y el centro educativo en el marco de una reunión impulsada por Agroecology Fund a través de la iniciativa IPA-Global, dedicada a promover investigación participativa y estrategias de incidencia en agroecología y justicia climática.
Representantes de organizaciones como la Serikat Petani Indonesia (Unión de Campesinos de Indonesia), la Alliance for Food Sovereignty in Africa y la National Coalition for Natural Farming de India destacaron la importancia de conectar la lucha por la tierra con la producción de alimentos diversificados y con procesos de formación política.
Las experiencias compartidas evidencian que la agroecología es entendida por estos movimientos no solo como una técnica agrícola, sino como un proyecto político y social que articula soberanía alimentaria, defensa del territorio y justicia climática. En ese sentido, el asentamiento Nueva Esperanza I representa una pequeña muestra de un proceso más amplio que busca transformar las relaciones entre tierra, producción y comunidad.

