La reciente sentencia del Tribunal Supremo del Reino Unido, que excluye a las mujeres trans de la definición legal de “mujer” dentro de la Ley de Igualdad de 2010, no es un tecnicismo jurídico. Es una advertencia. Una forma de violencia institucional que pretende vestirse de neutralidad, pero que reproduce los mismos mecanismos de opresión que el feminismo lleva décadas denunciando.
Esta decisión no ocurre en el vacío. Se enmarca en un contexto global de creciente hostilidad hacia las identidades trans, en el que sus derechos se ponen en tela de juicio una y otra vez. Se legisla sobre sus cuerpos, se niega su existencia, se les expulsa de espacios que deberían ser seguros. Todo ello bajo la falsa idea de que incluir a unas pone en riesgo a otras.
Y mientras se alimenta esa mentira desde las cúpulas judiciales y los medios de comunicación, la violencia se concreta en la calle. En Colombia, Sara Millerey, mujer trans de 31 años, fue secuestrada, torturada y asesinada. Su cuerpo fue arrojado a una quebrada. Su agonía fue grabada. Su muerte, viralizada. No se trata solo de un crimen atroz: se trata de la confirmación de que el discurso de odio tiene consecuencias reales, brutales, mortales.
Estas dos realidades —el fallo del Supremo y el asesinato de Sara— están íntimamente ligadas. No hay separación posible entre la exclusión institucional y la violencia física. Una habilita a la otra. Cuando un Estado dice que una mujer trans no es una mujer, está enviando un mensaje claro: sus vidas valen menos. Sus derechos son negociables. Su integridad, prescindible.
Frente a eso, el feminismo tiene que posicionarse con claridad. No hay lugar para la ambigüedad. Un feminismo que excluye no es feminismo: es otra forma de dominación. No podemos permitir que nuestro movimiento se utilice para justificar la marginación de quienes ya viven bajo múltiples formas de violencia. No podemos ser cómplices, ni con el silencio, ni con la tibieza.
El feminismo nació para cuestionarlo todo: las jerarquías, los privilegios, la violencia estructural, el patriarcado que ahoga. No puede ahora convertirse en una herramienta para reforzarlos. No puede decidir quién merece protección y quién no. No puede construirse sobre los cuerpos de otras. El dolor de una mujer trans también es nuestro dolor. Su miedo también nos interpela. Su derecho a existir plenamente también es bandera feminista.
Retroceder en derechos nunca es neutro. Es abrir la puerta al abuso, a la impunidad, al desprecio por la vida. Los derechos humanos no se debaten. Se defienden. Sin excepciones. Sin condiciones. Sin excusas.
El feminismo será para todas, o no será.





