El Estado español abandona la Carta de la Energía que protege a las empresas de energía fósil

Hasta la fecha, existen 143 demandas bajo el TCE, muchas de ellas relacionadas con medidas para paliar la crisis climática o proteger el medio ambiente, como el caso de Países Bajos, Eslovenia o Italia. Sin embargo, el Estado español es el país más demandado.

teresa ribera en una rueda de prensa para hablar de energía
La vicepresidenta tercera del Gobierno y ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Teresa Ribera, en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros. Foto: Pool Moncloa/Borja Puig de la Bellacasa.

El 12 de octubre de 2022, la vicepresidenta segunda del Gobierno para la Transición Ecológica y Reto Demográfico, Teresa Ribera, comunicó la decisión del Gobierno de abandonar el Tratado de la Carta de la Energía (TCE), un acuerdo muy controvertido del que el Estado español forma parte junto a otros 52 Estados de Europa y Asia.

La noticia —que según fuentes oficiales cuenta con el respaldo de la ministra de Industria, Comercio y Turismo, María Reyes Maroto, y del ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, José Manuel Albares— se ha conocido a seis semanas de que se celebre la Conferencia anual de la Secretaría de la Carta de la Energía en Mongolia, que tiene por objetivo ratificar la modernización del Tratado.

El TCE, calificado recientemente por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) como “un grave obstáculo para la mitigación del cambio climático”, protege las inversiones extranjeras en el sector energético —sobre todo aquellas relacionadas con los combustibles fósiles— y permite a las empresas demandar a los Estados ante un sistema de tribunales privados (conocido como el ISDS) si consideran que han legislado en contra de sus beneficios.

Dada su incompatibilidad con el Acuerdo de París y otras políticas que persiguen la acción climática, hace más de cuatro años los Estados se embarcaron en un proceso para “modernizar” el TCE.

Las negociaciones culminaron el pasado 22 de junio con la adopción de un acuerdo preliminar, que fue calificado de “insuficiente” e “inaceptable” por las organizaciones de la campaña No a los TCI.

Ahora, la propia Teresa Ribera —que ya había mostrado en varias ocasiones su escepticismo— ha reconocido que la modernización no ha dado lugar a “ninguna mejora” para reducir la protección de las inversiones fósiles.

El texto propuesto garantiza al menos 10 años más de protección a las inversiones existentes en combustibles fósiles, mientras que algunas inversiones nuevas en gasoductos y centrales eléctricas de gas quedarían protegidas hasta 2030 ó 2040.

Además, amplía el ámbito de aplicación del Tratado a otras tecnologías energéticas controvertidas, como el hidrógeno o la biomasa, aumentando el riesgo de nuevas demandas. Si bien la propuesta pretende prohibir las demandas ISDS entre Estados de la UE, esta medida aún podría tardar entre cinco y diez años más en entrar en vigor, que son los años cruciales para impulsar la transición energética.

Marta García Pallarés, portavoz de Ecologistas en Acción y de la campaña No a los TCI, ha declarado: “Estamos en un momento extremadamente crítico y necesitamos medidas valientes, la salida del TCE es una de ellas y lo celebramos. Ahora es crucial que más países sigan el camino iniciado por España; es sencillamente vergonzoso que los países de la UE acudan a la COP 27 en Egipto prometiendo reducir las emisiones, mientras continúa en un tratado que solo en Europa protege infraestructura fósil por valor de más de 340.000 millones de euros”.

El único gobierno de la UE que no es miembro del TCE es el de Italia, que lo abandonó en 2016. Tras el paso dado por el Estado español, otros gobiernos indecisos como el de Francia, Alemania, Países Bajos o Bélgica podrían hacer lo mismo. A finales de octubre se espera una votación en el Consejo de la UE en la que los Estados se tendrán que posicionar a favor o en contra del TCE modernizado.

“Si otros países optan por la salida, se podría conseguir un bloque minoritario que pusiera freno a la modernización, ya que se requiere una mayoría cualificada para poder dar luz verde al nuevo texto antes de proceder a su ratificación final en la Conferencia de Mongolia el 22 de noviembre”, aseguran desde Ecologistas en Acción.

Hasta la fecha, existen 143 demandas bajo el TCE, muchas de ellas relacionadas con medidas para paliar la crisis climática o proteger el medio ambiente, como el caso de Países Bajos, Eslovenia o Italia. Sin embargo, el Estado español es el país más demandado.

Lucía Bárcena, investigadora del Transnational Institute —organización que ha revelado datos importantes sobre el caso español— ha afirmado: “El TCE se ha convertido en una pesadilla jurídica para España, las demandas de arbitraje ya han costado más de 1.000 millones de euros de dinero público para dar compensaciones y pagar a abogados y árbitros. Estas reclamaciones no hacen más que desviar importantes recursos públicos que se podrían destinar a impulsar la transición energética”.

Por su parte, Clàudia Custodio, también portavoz de Ecologistas en Acción y de la campaña No a los TCI, ha añadido: “Si bien la salida del TCE no conduce automáticamente a una transición energética justa, es sin duda un paso necesario que despejará el camino hacia el abandono de la economía fósil y el desarrollo de regulaciones ambiciosas y participadas, como el impulso del autoconsumo o las comunidades energéticas entre otras muchas cosas”.

Ecologistas en Acción ha recordado que en 2015 miles de personas en toda Europa salieron a las calles y consiguieron impedir que se firmara el Tratado Transatlántico para el Comercio y la Inversión (TTIP) entre la UE y EEUU. También la ciudadanía y las principales organizaciones ecologistas—Amigos de la Tierra, Ecologistas en Acción, Greenpeace, SEO/BirdLife y WWF— llevan años exigiendo la salida del Estado español del TCE.

“La salida de España del TCE es otra victoria que nos recuerda, una vez más, que la lucha de las organizaciones y movimientos sociales es crucial a la hora de impulsar cambios para la construcción de sociedades más justas que sitúen el bienestar social y del planeta en el centro”, ha concluido Marta García Pallarés.

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