El amor también puede ganar elecciones

06 noviembre, 2026. 06:57

Nos habían dicho que el odio estaba de moda. Que la crueldad daba votos, que la empatía era una ingenuidad y que la juventud se había entregado, casi sin remedio, a la extrema derecha. Hasta parecía inevitable. Hasta que llegaron las urnas de Estados Unidos y recordaron algo que convenía no olvidar: ningún futuro está escrito.

En las elecciones del 3 de noviembre, los demócratas han recuperado las dos cámaras del Congreso. Han ganado escaños hasta en feudos republicanos y gobiernos como los de Texas, Ohio o Iowa. Donald Trump sigue siendo presidente, sí. Pero su manera de entender la política ya no parece invencible.

Me conmueve un dato: siete de cada diez votantes menores de treinta años han elegido candidaturas demócratas a la Cámara. Esa juventud que daban por reaccionaria no era una generación perdida. Vive con miedo a no poder pagar una casa, con precariedad, guerras e incertidumbre. Y quiere un mañana al que merezca la pena llegar.

Pero hay algo más. Algo que no cabe en los gráficos electorales. En Texas, James Talarico ha ganado un escaño en el Senado hablando de amar al prójimo, también a quien piensa distinto. En Ohio, Amy Acton ha defendido que no se debe confundir la amabilidad con la debilidad. Y en Kansas, Adam Hamilton ha puesto en el centro el dolor de quienes viven al lado. No son discursos idénticos ni explican por sí solos una victoria. Pero tienen cosas en común: la política no tiene por qué consistir en encontrar a alguien a quien odiar.

La diversidad también gana espacios: Texas tendrá su primera gobernadora latina y Michigan ha elegido al primer senador musulmán del país. Frente a quienes han convertido la diferencia en amenaza, esas victorias también importan.

Nos habían querido convencer de que cuidar era cosa de “blandengues”. De que defender a una persona migrante, a una vecina trans, a una familia que llega justa a fin de mes o a quien no se parece a nosotros era una extravagancia de tiempos mejores. Aquí conocemos bien ese discurso. Vox lleva años señalando a las personas migrantes como culpables de la inseguridad y del deterioro de los servicios públicos, disfrazando la exclusión de «prioridad nacional». Como si el bienestar se construyera quitándole derechos al vecino y no garantizándolos para todas. Como si la ternura hubiera caducado. Como si para resultar valientes tuviéramos que aprender a ser crueles.

Y no. La ternura no es rendición. Cuidar exige ponerse delante cuando alguien recibe un golpe. Amar no significa callarse ante la injusticia. Significa negarse a aceptar que humillar a los demás pueda convertirse en un programa político, no podemos estar del lado del abusón de la clase.

Sería ingenuo decir que Estados Unidos ha votado solamente por amor, hay que vivir en el siglo del capitalismo extremo y ser conscientes. La realidad es que ha votado contra la inflación, contra promesas incumplidas, contra una forma de ejercer el poder. Tampoco han desaparecido el racismo, el machismo o la LGTBIfobia porque haya cambiado una mayoría parlamentaria. Pero estas elecciones abren una grieta en el relato de que solo triunfan quienes gritan más fuerte.

Quizá el cambio de paradigma empiece ahí: en dejar de imitar el lenguaje de quienes desprecian la diversidad, en no avergonzarnos de nuestras palabras, en volver a hablar de comunidad sin pedir perdón. En decir que una escuela pública, una sanidad que te atiende, una casa digna o una calle sin miedo son formas concretas de amor y de gestión.

No sé si el odio ha dejado de estar de moda, lo que sí sé es que ya no podemos dar por hecho que vaya a ganar siempre. Y me gusta imaginar que, al otro lado del océano, muchas personas han votado pensando en su propia vida, pero también en la de sus vecinas. Porque el futuro no se conquista solo levantando la voz. A veces empieza con algo tan profundamente revolucionario como tender la mano.

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