Donald Trump: de Batman a Joker

Si algo permite la presidencia de Estados Unidos es identificar el signo de los tiempos. O bien porque los inicia, o bien porque los representa o consolida. Cuando Ronald Reagan reventó la huelga de los controladores aéreos durante su primer mandato, el invierno neoliberal era ya una realidad en el Atlántico. Su actuación fue tan representativa de la ofensiva del Estado contra los sindicatos como performativa de una política, la neoliberal, que necesitaba la acción del gobierno para sustituir al keynesianismo de inspiración socialdemócrata. Su presidencia estuvo marcada por la más grande mentira de la ciencia económica -la curva de …

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Donald Trump. Foto: Gage Skidmore (CC BY-SA 2.0)

Si algo permite la presidencia de Estados Unidos es identificar el signo de los tiempos. O bien porque los inicia, o bien porque los representa o consolida. Cuando Ronald Reagan reventó la huelga de los controladores aéreos durante su primer mandato, el invierno neoliberal era ya una realidad en el Atlántico. Su actuación fue tan representativa de la ofensiva del Estado contra los sindicatos como performativa de una política, la neoliberal, que necesitaba la acción del gobierno para sustituir al keynesianismo de inspiración socialdemócrata.

Su presidencia estuvo marcada por la más grande mentira de la ciencia económica -la curva de Laffer-, el nacionalismo excluyente, el refuerzo de los valores patriarcales, el recorte en gasto social, la fiscalidad regresiva, el anticomunismo delirante y un “retorno” a “casa” después del desvío lisérgico de los años de 1960 y la desorientación de la década de 1970. Reagan se cebó en la “guerra de las galaxias” porque creía en ella y esperaba arruinar a su archienemigo, el “imperio del mal” soviético, que, en realidad, le permitió adornar a su enemigo “doméstico” con rasgos todavía más grotescos y malévolos. Efectivamente, el objetivo de su acoso y derribo fue el Estado del bienestar fundado por el New Deal en los años de 1930 y por el movimiento de los derechos civiles en el decenio de 1960. El Estado, dijo, no era la solución, sino el problema. Ahí dejó los frutos para que después se recogieran. Y vaya si los han recogido.

Reagan venció en las elecciones representando a una coalición rabiosa de grupos heterogéneos, pero unidos por un sentimiento nacional humillado, ya por los impuestos y los derechos civiles, ya por las derrotas en el extranjero. Con los debidos cambios, es la misma coalición que llevó a la presidencia a George Bush -hijo- en el año 2000 y a Donald Trump en el año 2016. Un conglomerado que empezó a gestarse en la derrota de Barry Goldwater en 1964 frente a Lyndon B. Johnson, pero transformada por la deslocalización de la industria, la degradación urbana de los años de 1970 y la ruptura de la hegemonía demócrata en el sur tras la aprobación de las leyes de derechos civiles de 1964 y 1965. Las diferencias entre entonces y ahora residen, por un lado, en el delirio extremo introducido por el llamado Tea Party, y, por el otro, en el carácter mostrenco, propio de un talk show de los años de 1980, del actual ocupante de la Casa Blanca. Y es que no debe olvidarse que Trump es hijo del reaganismo de Wall Street, de sus modos y maneras, grotescas y horteras, que, en un contexto de descomposición social, le permiten reinar como en una tragicomedia shakespeariana: Qué buen pronóstico, se ufana, todo es caos bajo los cielos.

Porque el presidente, en realidad, reina. Su poder ejecutivo, ampliado a golpe de guerras y crisis, de leyes sobre seguridad nacional, espionaje y poderes especiales, ha llegado a unas cotas que amedrentarían a los Padres Fundadores, que, por otra parte, estaban hechos a todo. Porque la principal intención de los Adams, Jefferson, Madison y Franklin no fue la fundación de una democracia al estilo de la clásica ateniense, caso abominable para todos ellos, sino lo que se llamó entonces un gobierno representativo cuya principal misión consistía en impedir tanto las revoluciones desde abajo como el abuso de poder desde arriba. Dicho de otra manera, prevenir la tiranía, a la que se podía llegar o bien por el caudillaje populista, o bien por la acumulación de cargos institucionales, era tan importante como evitar una revolución social de esclavos y mulatos, a los que, por principio, se excluía de los derechos políticos tanto como a los indios y a las mujeres.

Es por esta razón por lo que pocas promesas electorales se cumplen y por lo que el presidente, a pesar de todo el poder federal acumulado -cosa no prevista en la fundación-, se retuerce y vocifera sin poder, efectivamente, llevar sus delirios adelante. Es por ello que, tras cada gobierno y tras cada derrota conservadora, esa coalición se enfurece y siente que pierde el corazón de “América”. Porque para ello debe cambiar aquello a lo que más dice respetar, esto es, el confuso sistema económico que los agrupa antagónicamente, por un lado, y, por el otro, una Constitución dieciochesca, patricia a todas luces, que, por ejemplo, ordena elegir al presidente por compromisarios estatales, como si todavía hubiese que moverse a caballo entre Filadelfia y Washington.

A este sistema que habilita y coarta, que mide y contrapesa, es al que se venera y, al mismo tiempo, se odia. La mayor parte de las promesas hechas por Trump no se han cumplido, como no se cumplieron las de Obama. Ciertamente, la mayoría conservadora que Trump está a punto de conseguir en el Tribunal Supremo puede cambiarlo todo, incluso puede darle la presidencia -recuérdese el caso de Bush y Gore en 2000-, pero, hasta el momento, Trump no ha podido salirse de los márgenes que le marca el sistema. ¿Dónde reside el peligro, entonces? En el carácter simbólico de la presidencia, que es, como hemos dicho, tan performativa como representativa.

De acuerdo con Tom Engelhardt, Estados Unidos es un Estado-nación fundado sobre un relato de victoria, que, cuando se quiebra, pone al país patas arriba. América se transforma en Amerika, dando la impresión de ser un país a punto de estallar en mil pedazos, todos ellos armados, cosa que acontece, por ejemplo en Los Ángeles, aproximadamente cada treinta años, siendo 1992 el último de estos sucesos. Cuando tal cosa ocurre, el futuro se vuelve incierto y el pasado se hace todavía más extraño. A falta de un futuro creíble, Estados Unidos se revuelve contra sí mismo para descubrir que el pasado está presente, que el racismo sistémico, producto de la esclavitud sobre la que se levantó el país, sigue ahí, y que los se llamaron robber barons siguen gobernando y llevándose los trabajos, la riqueza y las oportunidades. Sacado a relucir la verdadera naturaleza de la fundación patricia del país, en la que la mayoría de los firmantes de la Declaración de Independencia, empezando por Jefferson, tenían decenas de esclavos, Estados Unidos se encuentra con los límites que nunca ha logrado sobrepasar para solventar sus problemas. Tras meses de revueltas, represión estatal indiscriminada y una pandemia desatada, Estados Unidos parece un país agotado de serlo, incapaz de reinterpretar su Constitución y su historia de una manera que insufle aire nuevo a su futuro.

Según Eric Foner, la historia de Estados Unidos ha sido una batalla por la definición del concepto fundacional de libertad. El New Deal y la II Guerra Mundial redefinieron la libertad como cuatro libertades que construyeron el Estado del bienestar. No se puede ser libre con miedo a morirse de inanición o invalidez. La libertad se entendió, hasta Reagan, como seguridad social, entre otros derechos. Tras la derechización de los años de la Guerra Fría más dura, los de la “contención” de los años de 1945 a 1960, la década de 1960 expandió estas libertades a las minorías excluidas hasta el momento. Entonces, todas las contradicciones soterradas por la “contención” explotaron. El pasado se revisó ferozmente a la luz de un presente que no admitía solución liberal -socialdemócrata en EEUU- alguna. La convención demócrata de Chicago, en 1968, con la televisión retransmitiendo las palizas de la policía a los jóvenes manifestantes, fueron prueba de ello. El sistema había terminado con la segregación y había invertido más que nunca en derechos sociales. ¿Qué es lo que sucedía entonces?

Ante el aparente caos, Richard Nixon ganó prometiendo ley y orden. Aprovechó la división del voto y ganó dos veces seguidas, aunque a mitad del segundo mandato tuvo que salir en helicóptero por haber cometido unas cuantas fechorías, entre ellas, para espanto de los votantes, la de haber -qué diferencia con lo que sucede hoy en día- cometido perjurio. No soy un sinvergüenza, tuvo que escupir Nixon en un directo de máxima audiencia. De Lincoln, liberador y constructor del país, a un canalla pidiendo que le crean. Ahí es nada.

Con la resaca de los años de 1960, que dieron todo lo que el sistema podía aceptar sin colapsarse, vinieron los mareantes años de 1970. Inflación, altos índices de criminalidad, aumento de la pobreza, fin de la convertibilidad del dólar en oro, escasez de petróleo - anatema para una sociedad basada en el coche de dimensiones faraónicas-, y, sobre todo, la caída de Saigón, con ese vídeo del helicóptero cayendo desde el tejado al agua, y el secuestro de rehenes en la Persia islámica, llamada Irán desde entonces. Estados Unidos iba de derrota en derrota, exterior e interior. El interior del país estaba hecho unos zorros por culpa de los derechos civiles y la relajación de costumbres, nos dicen las películas de Charles Bronson, y las instituciones del país eran la prueba de este derrumbe: Todos los hombres del presidente, El último testigo y Los tres días del cóndor reflejan una desconfianza total en el Estado y en la presidencia. Entonces apareció Ronald Reagan, dispuesto a todo y hecho a todo, desde la delación de amigos ante el Comité de Actividades Anti-Americanas a la financiación de terrorismos de Estado y golpes de caudillos contra las democracias. Lo que haga falta para volver a vestirse con las barras y las estrellas.

Con él llegó la elegancia en la dicción y la concepción de la presidencia como una película continua. Había que recuperar un símbolo, el de la presidencia, imprescindible para que Estados Unidos no se partiese de nuevo en astillas. El cine se volcó en ello. Todos los géneros contribuyeron a recuperar la bandera y la presidencia: el de acción -Stallone, Schwarzenegger- ; el de la venganza ultraviolenta e imperialista en el exterior -Chuck Norris-; el de la justicia expeditiva en el interior -Seagal- y el abiertamente militarista -Top Gun, Oficial y Caballero. Todo por el bien del orden, la presidencia y el imperio. Hasta que, finalmente, George Bush Sr pudo ganar en el Golfo (1991) la guerra contra todos los fantasmas y contra Amerika, perdiendo, sin embargo, las elecciones por culpa, le dijeron, de la economía.

El testigo lo recogió Bill Clinton, que, tras unos comienzos poco prometedores en la matanza de Waco, recuperó el impulso de victoria y, tras el atentado perpetrado por Timothy McVeigh contra un edificio federal, fortaleció a la presidencia con el simbolismo perdido. El terrorismo de extrema derecha, por un lado, y su política económica neoliberal, por el otro, le dieron el aire centrista y presidencial necesario para darse el lujo de verse en el cuento de hadas El presidente y Miss Wade, y en la mezcla alucinada de Caballero sin espada y Rambo que es Air Force One, fantochada impensable en la época de Nixon o Carter. Después vino El Ala Oeste de la Casa Blanca, que, con una gazmoñería insuperables, representaba a un Clinton olímpico enfrentado a muchas cosas, menos a la que estuvo a punto de arruinar el trabajo de recuperación simbólica de la presidencia: el escándalo Lewinsky.

Con George Bush Jr el simbolismo ascendió a los cielos por obra y gracia de la caída de las Torres Gemelas. La guerra contra el terror, llevada a cabo por toda la banda neoconservadora que se forjó en el cinismo de la administración Nixon y en el nacionalismo expansionista de la era Reagan, puso a Bush como un presidente guerrero, a pesar de su ineptitud y del efecto devastador de su política económica que terminó mostrando su putrefacción en 2008. Pero la presidencia aguantó, porque un presidente de un país atacado como no lo había sido desde 1941, por muy estúpido que sea, aguanta lo que sea. Pasado el mal trago del bajo desempeño de Bush, Obama, primer presidente afroamericano, llegó para ponerle el broche que le faltaba. Lágrimas de gozo y gritos de alegría recorrieron América y Europa. El comité del Nobel de la Paz, en otra pifia habitual en su historia, le dio el premio antes de que hubiese calentado la silla. Obama hizo brillar la presidencia como una armadura reluciente y nueva. La última película de la trilogía de Batman de Christopher Nolan, conservadora donde las haya, fue el primer paso de otras películas vergonzosas como Asalto al poder -donde Jamie Foxx hace de presidente- o la trilogía Objetivo: la Casa Blanca.

Pero lo que olvidaban todas estas películas y todos los poetas de esta recuperación de la presidencia es que las mismas contradicciones que desgarraban a Estados Unidos en los años de 1970 siguen presentes hoy en día. La misma incapacidad de afrontarlas, la misma estructura institucional obsoleta, y la ausencia de un relato convincente para el futuro de este gigantesco y heterogéneo país, permiten que Donald Trump haya aprovechado ese capital simbólico para, cual personaje shakespeariano enloquecido, dejar la Casa Blanca como un estercolero amurallado. Trump ha roto todos los pactos no escritos y ha desacatado todas las formas caballerescas. Ni Andrew Jackson, allá por los años 30 de siglo XIX, vociferaba de esas maneras. Cabalgando una coalición inestable, antagónica en muchos aspectos, Trump gesticula y vocifera tratando de mantenerla unida mientras Estados Unidos se oxida y desorienta. Porque el país, quiéranlo sus votantes o no, ya no es una potencia industrial exportadora, sino un imperio en decadencia rentista. Por ello, su experimento resulta fallido, y la frustración de sus votantes de cuello azul no es contra el capitalismo que dictamina este destino, sino contra lo que se supone que debe rendir cuentas ante el pueblo que vota: la democracia, reformulada como establishment, y los enemigos extranjeros, nómbrese a quién se quiera. Ahí, más que en ninguna otra cosa, reside el peligro de que Trump no reconozca su posible derrota.

Así pues, Trump ha mostrado que Estados Unidos es un polvorín a la deriva, y que la posverdad, que suplanta la racionalidad por la creencia, es un síntoma de un cambio de era. Si Batman, un rico del establishment, soluciona los problemas de Gotham para que el orden recupere su reinado, el Joker vive del desorden en el que se sume la realidad cuando el héroe se esfuma. Sin el respeto reverencial al presidente, sin ese punto de apoyo que mantiene unido un pasado más que problemático y un futuro inexistente, Trump, un miembro torcido del establishment, arribista y estafador, sacado de las pesadillas de James Madison y Thomas Jefferson, representa, quiéralo o no, el estallido iracundo y envenenado del Joker, el de la protesta rabiosa y machista, furiosa y reaccionaria, de esa coalición, imposible en última instancia, que ve peligrar los -pocos o muchos- privilegios a los que llama derechos naturales e inalienables.

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