Dejar Twitter en la política espectáculo

Ada Colau ha dejado Twitter a pesar de tener un millón de seguidores y de ser una de las políticas con más impacto en redes. Su abandono se limita a Twitter, pero sus razones se podrían extender a todas las redes sociales digitales: todo el tiempo que dedicamos a la política en formato digital se lo restamos a la construcción de relaciones y procesos más perdurables que un tuit. La decisión de Colau no es baladí, pues se enmarca en un contexto en el que algunos militantes de izquierdas nos cuestionamos hasta qué punto la oportunidad de llegar directamente a …

gobierno París

Ada Colau ha dejado Twitter a pesar de tener un millón de seguidores y de ser una de las políticas con más impacto en redes. Su abandono se limita a Twitter, pero sus razones se podrían extender a todas las redes sociales digitales: todo el tiempo que dedicamos a la política en formato digital se lo restamos a la construcción de relaciones y procesos más perdurables que un tuit.

La decisión de Colau no es baladí, pues se enmarca en un contexto en el que algunos militantes de izquierdas nos cuestionamos hasta qué punto la oportunidad de llegar directamente a la gente que un día pensamos que eran las redes sociales, y que nos emancipaban del monopolio de las grandes corporaciones de la comunicación, no se ha convertido en una trampa, en una dictadura todavía más sofisticada que la de la televisión, la radio y la prensa escrita.

Una reflexión que va más allá de la decisión concreta de dejar Twitter y de la opinión que tengamos al respecto y nos interroga sobre cómo estamos transitando, de manera un tanto irreflexiva, un camino hacia la política espectáculo que resulta superficial y banal.

Porque de un tiempo a esta parte es innegable que la política se ha convertido en un espectáculo, las tertulias políticas parecen reality show donde los tertulianos saben mucho más de cómo actuar en un reality que de los temas sobre los que discuten. La información es sustituida por las emociones, por vídeos cortos e impactantes que llegan a las tripas y se viralizan con facilidad, aunque estén vacíos de contenido, o precisamente por ello. Vivimos en la “hiperrealidad” que afirmaba Baudrillard, donde no importa ya tanto la realidad como la sensación que reflejan los medios de comunicación y redes sociales sobre esa realidad. Una importación de la política-espectáculo yankee, de sus talk shows y sus procesos electorales que giran en torno a un plató de televisión y ahora también a las redes sociales.

En España tenemos ya cinco horas de tertulias políticas por cada hora de telediarios. Tertulias donde personajes maniqueos interpretan un determinado rol (el facha, el rojo, el antisistema, el responsable, el intelectual...). Si los telediarios, en teoría, se caracterizan por la información, las tertulias lo hacen por la opinión. Por tanto, este desequilibrio hace que la opinión sustituya a la información y puesto que todo es opinable todo es cuestionable, más allá de las evidencias científicas. Vivimos tiempos en los que importa más la forma de transmitir una idea que el fundamento de la misma. Por ello, tienen más éxito los histriónicos tertulianos que los sesudos expertos que son demasiado aburridos para el show.

Pero no nos centremos sólo en la televisión ya que posiblemente sean las redes sociales el mayor campo de batalla política en la actualidad, y las que mejor representan esta nueva política espectáculo desprovista de razón y sobrecargada de emoción. Las redes además son endogámicas, por mucho que se presenten como globales, lo cierto es que los individuos interactúan con otros que forman parte de su entorno. Eso genera burbujas que llevan a pensar que todo el mundo piensa algo porque en las redes es el único mensaje que recibimos.

Junto a la espectacularidad, la otra característica que se está destacando de la política es su tendencia a la polarización y a la crispación. Se quejan los analistas del establishment que hay demasiada crispación en la política española y que cada vez está más polarizada. Añoran un sistema político bipartidista donde los dos partidos hegemónicos tenían prácticamente el mismo programa, las discusiones se centraban en temas banales y había grandes acuerdos para los asuntos de Estado. Hasta la crisis del 2008 todo funcionaba de manera “razonable”.

Y entonces llegaron los escraches, apareció Podemos, luego Vox, se empezó a hablar de polarización... Como si estos fenómenos y muchos otros no fueran sino los síntomas de una estructura social cada vez más desigual y de un sistema incapaz de garantizar unas condiciones materiales dignas a la mayoría social, o de integrar en la “sociedad del bienestar” a un segmento de la población cada vez mayor que se encuentra directamente excluido. Es cierto que la política cada vez está más crispada y polarizada pero las causas no hay que buscarlas en la superestructura (partidos políticos, redes sociales...) sino en la estructura de un sistema capitalista que polariza la sociedad entre una minoría cada vez más rica y una mayoría cada vez más pobre.

La política está cambiando y no es para bien, la pregunta clave es: ¿Cómo intervenimos en esta realidad con vocación de transformarla?

En primer lugar, tenemos que tener claro que la polarización y el conflicto no es un problema para nosotros que entendemos la política como la disputa entre intereses de clase antagónicos e irreconciliables. Quizá lo sea para los defensores del status quo, pero nunca para los que queremos subvertirlo.

Otra cosa es la política espectáculo y efímera, la politainment dirigida por spin doctors y llena de giros argumentales para dominar un relato que no se sustenta sobre la militancia, la organización de las condiciones materiales, ni tan siquiera eleva el nivel de conciencia. Este tipo de política amortigua el conflicto adaptándolo y circunscribiéndolo al espectáculo, es un modelo ideal para la política institucionalizada, votamos cada 4 años y el resto del tiempo nos entretienen siendo simples televidentes que observan a los políticos convertidos en actores antagónicos. La política espectáculo es en cierta manera la fase actual de la política institucionalizada.

De hecho, está arrasando con las estructuras más estables y sólidas de organización de clase, desde los partidos a los sindicatos, pasando por las asociaciones de vecinos y cualquier tipo de asociaciones comunitarias que, hasta ahora, intervenían desde la calle haciendo de contrapoder y modificando la política institucional. Ahora ya no, es solo el espectáculo quien moldea la intención de voto. El modelo de militancia, participación y compromiso, se ha sustituido por una suerte de ciberactivismo que raramente trasciende la pantalla y que apenas conlleva compromiso colectivo alguno. Individualidad frente a colectividad, esa es la gran victoria del thatcherismo.

La izquierda nos movemos en un equilibrio muy difícil. Adaptarnos a la nueva política, en tanto en cuanto no tenemos fuerza suficiente para cambiarla, pero sin por ello dejarnos arrastrar por sus dinámicas individualistas e incapaces de construir bases sólidas en las que sustentar y apoyar nuestra lucha.

Un equilibrio en el que tan peligroso es negar la realidad como aplaudirla. Si la política la han convertido en un espectáculo para la gran mayoría, aunque lo consideremos nocivo no podemos mantenernos al margen, sería el mismo error que no participar en las instituciones porque sabemos que ahí no reside el verdadero poder. No tenemos más alternativa que dar la batalla en un campo muy poco propicio como es el de las redes sociales, los platós de televisión y toda la superestructura telecomunicativa construida en torno a las nuevas tecnologías y al teléfono móvil como dispositivo clave.

Pero esa batalla tiene que tener un objetivo más perdurable que un like. Viralizar un vídeo está bien, pero lo que necesitamos son organizaciones estables, formadas por personas que adquieren un compromiso y se socializan en torno a una ideología transformadora que supone una alternativa a la ideología neoliberal. El vídeo se olvida en dos horas, el compromiso militante puede durar toda una vida.

La política siempre se ha disputado en los espacios de socialización. No es casualidad que las primeras organizaciones obreras surgieran en los centros de trabajo y en los bares. Por ello sería irresponsable rechazar dar la batalla en esos espacios porque no son propios ni favorables. La izquierda del Partido Demócrata de EEUU lo ha entendido bien al impulsar un “Netflix socialista” llamado “Means TV” y que se presenta como el primer servicio de streaming propiedad de los trabajadores. Hoy las redes sociales, la televisión o incluso plataformas como Netflix son claves en la transmisión de ideología, la generación de contradicciones y por tanto de comunidad. Nuestro papel en la política espectáculo no es ser el actor más famoso y por lo tanto con más votos, es generar contradicciones, ideología y comunidad para ponerla a funcionar en la vida real que es donde se crear el poder popular.

Si la gente entiende la política como un espectáculo de entretenimiento debemos estar ahí, y desde ahí construir espacios de socialización más propicios donde la batalla no sea tan desigual. Las organizaciones obreras y comunitarias han sido nuestro espacio preferente durante dos siglos para crear una contracultura de clase que construyera hegemonía ideológica como paso previo y necesario a la hegemonía política. Y mientras no inventemos nada mejor, siguen siendo las organizaciones (partidos, sindicatos, movimientos sociales, asociaciones comunitarias...) el mejor instrumento para construir contrapoder.

Asumamos la realidad de que la centralidad de la batalla política hoy se da en espacios donde hay una enorme asimetría como los medios de comunicación y las redes sociales, en los cuales la capacidad económica es determinante como bien nos demuestran las campañas electorales norteamericanas donde la mayor parte de los esfuerzos se centran en captar fondos y donde una empresa privada como es Twitter, puede cancelar una cuenta si no cumples con las “Reglas de Twitter”. Sin embargo, es a través de estos canales cómo podemos llegar a mucha gente, por lo que no tenemos más remedio que batallar en ellos.

Así pues, la decisión de Ada puede que no sea acertada y posiblemente no podamos permitirnos el lujo de abandonar una cuenta con un millón de seguidores en una red social que influye más que muchas televisiones en la conformación de la opinión pública. Aun así, la decisión de Ada nos pone delante del espejo y nos debería llevar a cuestionarnos si nosotras mismas no hemos sido abducidas por una realidad virtual que nos está impidiendo construir una alternativa en el mundo real.

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