De tótems e iconoclastias

Recientemente, desde salones dorados, salas de máquinas y columnas desengrasantes, una parte de la intelligentsia periodística regional se ha lanzado a la condena de la iconoclastia desatada en Estados Unidos contra las estatuas de diversos "old, white, men" (reverenciados padres de la patria, héroes militares), como respuesta simbólica al racismo secular en la "tierra de la libertad". Con una gestualidad desorbitada, diversos analistas locales han llevado a cabo la condena cerrada de lo que tienden a denominar como actos vandálicos producto de la ignorancia. Y lo han hecho a través de la supuesta ironía de trazo grueso, la banalización desinformada …

tótems
Fernando el Católico. Foto: Stuardo Herrera CC)

Recientemente, desde salones dorados, salas de máquinas y columnas desengrasantes, una parte de la intelligentsia periodística regional se ha lanzado a la condena de la iconoclastia desatada en Estados Unidos contra las estatuas de diversos "old, white, men" (reverenciados padres de la patria, héroes militares), como respuesta simbólica al racismo secular en la "tierra de la libertad".

Con una gestualidad desorbitada, diversos analistas locales han llevado a cabo la condena cerrada de lo que tienden a denominar como actos vandálicos producto de la ignorancia. Y lo han hecho a través de la supuesta ironía de trazo grueso, la banalización desinformada y una cortedad de miras revestida de "liberalismo". Convendría huir de estas vulgarizaciones fáciles que poco ofrecen más allá de reflejar los límites de pensamiento de quienes las proponen.

Caracterizar de mero hecho vandálico o aludir a la ignorancia supina de los nuevos iconoclastas no deja de constituir un claro intento de despolitización, pero también un empeño por dictar sentencia desde la más supina arrogancia. Es cierto que la ignorancia abunda en lugares insospechados y que en ocasiones se reafirma en el fragor de la acción, y que la destrucción de una estatua siempre conlleva una pérdida patrimonial más o menos sensible. De esto salió damnificado Cervantes, el escritor que fue también esclavo, cuya estatua fue arrastrada por la espiral iconoclasta, confundida entre el conjunto de "old, withe, men". Y es cierto, que podríamos convenir que la inteligencia es una virtud más escasa de lo que se cree. Incluso para aquellos que, ufanos, creen albergar trazas de ella. Y de éstos hay muchos.

Lo cierto es que la ola iconoclasta constituye una oportunidad para reflexionar sobre el pasado, los mitos históricos y sus referentes. La iconoclastia favorece la pérdida del respeto hacia los tótems de la tribu, sobre todo cuando tras el pulido bronce esconden infames cargamentos de miserias morales. Y del mismo modo, el cuestionamiento de los mitos históricos permite atender a los posibles pasados que encallaron en la historia, que fueron descarrilados para ya no ser posibles.

Porque las estatuas y monumentos informan sobre todo del tiempo en el que fueron erigidas, de los valores de las sociedades del pasado y de sus gestores, aquellos con suficiente poder para inmortalizar en piedra o bronce a los héroes de la patria, bajo unas coordenadas narrativas que explosionaron en el siglo XIX.

Pero las estatuas también nos hablan del presente. Un presente que las conserva con devoción, las olvida -como objetos inertes ante la mirada distraída del paseante-, o las somete a la catarsis iconoclasta. La ciudad se presenta así como un espacio en el que se entretejen infinitos fragmentos del pasado, un palimpsesto, como diría Andreas Huyssen, en donde los diferentes pasados ocupan el espacio público como advertencia, enseñanza o condena.

En el fondo, la actual iconoclastia evidencia un diálogo y una pugna sobre el poder -el actual y el pretérito-, y sobre cómo se manifiesta la imposición de un determinado pasado en las sociedades actuales. Es una pugna política, aunque algunos sabios de la región la reduzcan a mero vandalismo ignorante, a capricho de las sociedades actuales. Otra vez yerran.

La historia ofrece un sinnúmero de fervores iconoclastas. Quizás los más recientes hayan sido los producidos con los cambios de régimen en las exrepúblicas soviéticas en las que se ha podido asistir a todas variantes posibles relaciones con las estatuas y monumentos oficiales: desde la conservación reverencial, la resignificación (a veces imposible), el abandono premeditado, el vandalismo casual o ideológico, o la destrucción catárquica.

Las características de la transición española (con la suspensión de tantos elementos cuya reforma se postergó sine die) y la ausencia de unas políticas activas del pasado (como las que aplicó la República Federal Alemana desde los años sesenta), ha redundado en una asunción acrítica del legado estatuario, salvo los fragantes casos del dictador y sus principales adláteres. Y aún así, su remoción del espacio público generó fuertes polémicas políticas. Y es que la destrucción de estatuas no es una cuestión que afecte a la historia o a un supuesto legado histórico que debamos conservar. Es una cuestión fundamentalmente política. La pugna por las estatuas es una pugna por el poder de la representación del pasado. Y esa lucha se desarrolla en el presente.

Autor/Autora

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de nuestra política de cookies, pincha el enlace para más información.

ACEPTAR
Aviso de cookies