De la ingenuidad al desencanto

El 15M nació y murió bajo una ingenuidad política congénita. Su utopismo, falta de objetivos definidos y de estructuras que le dotaran de continuidad organizativa, lastraron de antemano cualquier recorrido al medio plazo que pudiera haber tenido. Había una confianza ciega en el pacifismo así como en la posibilidad de habilitar mecanismos participativos dentro o fuera del sistema que crearan una nueva legitimidad. Posiciones sin duda que se mostraron como ingenuidades constituyentes que muy pronto palidecieron ante la capacidad del régimen para recomponerse. Más allá de idealizaciones, el 15M tuvo limitaciones estructurales que respondían a las condiciones ideológicas y materiales …

El 15M nació y murió bajo una ingenuidad política congénita. Su utopismo, falta de objetivos definidos y de estructuras que le dotaran de continuidad organizativa, lastraron de antemano cualquier recorrido al medio plazo que pudiera haber tenido. Había una confianza ciega en el pacifismo así como en la posibilidad de habilitar mecanismos participativos dentro o fuera del sistema que crearan una nueva legitimidad. Posiciones sin duda que se mostraron como ingenuidades constituyentes que muy pronto palidecieron ante la capacidad del régimen para recomponerse.

Más allá de idealizaciones, el 15M tuvo limitaciones estructurales que respondían a las condiciones ideológicas y materiales de un momento histórico determinado. Es por ello que hay que enmarcarlo como un episodio más en el aprendizaje y el avance de la lucha política de las masas. Viniendo de la derrota histórica de la izquierda, de innumerables retrocesos ideológicos y de una victoria del modelo neoliberal, el sustrato fundante de unas protestas generalizadas no permitían ir mucho más allá.

Al fin y al cabo, lo que se desencadenó a partir de mayo del 2011 que tuvo recorrido en forma de ciclo de protestas hasta culminar en las Marchas de la Dignidad de 2014, no fue sino la expresión primitiva de las condiciones económicas y sociales de aquel periodo. La crisis económica que se desencadenó en 2007 inauguró una crisis permanente que dura hasta nuestros días y que para el 2011 había tocado a sectores aspiracionales de la clase trabajadora que hasta entonces podían autopercibirse como “clase media”. Desde aquellos jóvenes de la “generación más preparada de la historia” hasta nuestros días sólo hay una constante: una pauperización progresiva de las clases populares y el fin de la creencia en el paraíso prometido del Estado del Bienestar y el ascensor social.

Igual que la crisis económica no ha tenido un proceder constante, también el desarrollo social de la lucha y los avances y retrocesos en la conciencia política se produce de manera desigual. Condiciones económicas no equivalen, naturalmente, a respuestas ni estallidos sociales. Hoy la situación económica de buena parte de la población es similar o incluso peor que la de hace diez años, pero fue entonces y no ahora cuando tuvo lugar el 15M.

La razón debemos buscarla en las condiciones subjetivas. Unos condicionamientos políticos e ideológicos que posibilitaron el que, cuando la gente tomó las plazas, no se cuestionó seriamente el modelo económico que nos había llevado a esa situación. A cambio, se priorizó el “hartazgo” ante la partitocracia y el sistema político. Hizo aparición esa antipolítica característica de una sociedad machacada pero que, sin embargo, carece de tradición y de acumulación de aprendizaje de lucha. Por eso el 15M tuvo esas características “adanistas” de quienes osaron no identificarse con los lemas de la izquierda tradicional y que creyeron volver a inventar la rueda. Sin embargo, sin asideros ni fuerza motriz más allá de la indignación sólo podía deshacerse como un azucarillo.

El 15M, hace diez años, no derivó en un Chalecos Amarillos españoles, como tampoco en una protesta anticapitalista a la griega. No mejoró ni aumentó considerablemente la afiliación sindical ni incrementó la conflictividad laboral. La política debía hacerse en las plazas, esos inhumanos espacios, bajo la atenta mirada de la UIP y la policía secreta. La política debía hacerse allí precisamente porque era donde se creía que estaba la verdadera democracia, en el ágora, que es el lugar en el que los trabajadores nunca han podido hacer política. La cosa, no obstante, no iba de trabajadores oprimidos sino de ciudadanos indignados.

Y si fue así es porque el estallido no representó a una clase harta de sus penosas condiciones. Más bien fue la expresión de una parte de las clases populares que creyó que podría vivir mejor y cuyas expectativas se vieron truncadas. Una revuelta indignada que mantenía su fe en un ideal romántico de democracia, propio de la creencia ciega en la validez del parlamentarismo liberal occidental. Una revuelta, al fin y al cabo, de los elementos más desclasados de la clase trabajadora que a partir de entonces nunca volverían a retomar el sueño de su prosperidad.

Sería erróneo leer estas apreciaciones como una crítica. Entonces ni la mejor organizada camarilla de revolucionarios profesionales podría haber hecho virar a las masas que llenaban las plazas hacia objetivos mínimamente revolucionarios. La sociedad de clases tiene sus tiempos, sus avances, sus retrocesos y sus contradicciones. En aquel momento el 15M obtuvo el apoyo mayoritario de la población, un verdadero terremoto para la politología liberal. Sectores pequeñoburgueses miraban con interés y aceptación aquellos indignados, igual que lo hacían los más humildes que no podían permitirse pasar la tarde debatiendo en eternas comisiones en la plaza o escuchando a Omael al micrófono.

Sin embargo, fruto de ideologías desclasadas y de faltas de referentes y conocimientos políticos prácticos sólo podía llegar la desidia. El 15M hundió las expectativas electorales del PSOE, al que se le dio por muerto demasiado prematuramente. La mayoría absoluta de la derecha conservadora, unida a la reactivada maquinaria de la socialdemocracia social (sindicatos, medios, partidos, organizaciones…) fueron capaces de convertir aquel impulso popular en una movilización permanente para poner en jaque a la derecha.

El nacimiento de las mareas y toda la lucha anti recortes fue el segundo asalto del periodo de protestas. La izquierda siempre se ha sentido cómoda luchando contra “la derechona” porque siempre es más sencillo culpar a un gobernante conservador de los recortes y las políticas económicas antiobreras que asumir que el problema está en el sistema, el régimen y el estado mismo. Contra el PP todo era mucho más sencillo y es precisamente en esta lucha antiausteridad en la que se comenzó a construir el relato traicionero que más tarde permitiría vaciar las calles en base a una promesa de cambio electoral.

En las luchas contra la austeridad tuvieron un importante papel los sectores funcionariales afectados, que se veían reforzados por el clima levantisco propiciado por el 15M y la vidilla que da protestar contra la derecha. Si las protestas iniciadas en 2011 tuvieron recorrido fue porque la situación macroeconómica y las estructuras imperialistas como la UE forzaron al Estado español a drásticas medidas de ajuste y reducción del déficit por la vía de los servicios y el empleo público. Es decir, se conservó la llama de la movilización para hacer frente al adelgazamiento de la estructura funcionarial y la regresión en los servicios públicos.

Todo el cosmos socialdemócrata jugó un papel importante al que, hemos de decir, seguimos el juego muchos jóvenes creyendo que estábamos haciendo la revolución. En esencia lo único que consiguieron es afianzar una polarización social basada en la creencia de que el del PP era el peor gobierno posible y que era necesario un cambio de gobierno. Así, progresivamente, se fue perdiendo cualquier espíritu destituyente que pudiera haber llegado a tener la protesta del 15M.

Inevitable, al parecer. Aunque no hay que despreciar el importante papel que tuvieron ya desde aquella época los medios de comunicación privados. El maremágnum de medios digitales, junto con el auge de las redes sociales, se unió a un panorama mediático repartido y organizado entre la oligarquía y el gobierno. El duopolio televisivo resultante de las fusiones que desembocaron en que AtresMedia y Mediaset se repartieran casi la totalidad de los ingresos publicitarios, conllevó la aparición y expansión del modelo de tertulia política y con ella la edad dorada de opinólogos y agitadores al servicio de los intereses de las diferentes y enfrentadas facciones del poder.

El periodo de protestas que se inauguró en 2011 tuvo su punto culminante en las Marchas de la Dignidad de 2014. Sin duda un hito movilizatorio que demostró las potencialidades de un movimiento organizado de protesta. Sin embargo, pese al avance que supuso su convocatoria, por entonces ya comenzaba a sobrevolar la fantasiosa esperanza de que se podía lograr un cambio por vía electoral. Ni qué decir tiene que el gran fracaso de las Marchas de la Dignidad fue su incapacidad para transformarse y avanzar organizativamente. Las razones son variadas y requerirían un análisis mucho más profundo pero el hecho es evidente: desde el 15M hasta la actualidad, pasando por las Marchas, el elemento y hecho característico de la movilización en el Estado español es su incapacidad para avanzar organizativamente. Hecho que se explica en buena parte por la falta de organizaciones políticas revolucionarias con estrategia y programa de fondo y que vaya más allá de sacar unos cuantos votos más en las siguientes elecciones.

El postulamiento electoral de Podemos en 2014 truncó definitivamente las esperanzas en hacer avanzar el potencial movilizatorio que habían demostrado las Marchas de la Dignidad. Su hipótesis resultó profundamente equivocada y, en esencia, basada en el mismo criterio de ingenuidad política que había fundado el 15M. La idea de que existía una “ventana de oportunidad” para una opción electoral en clave destituyente con el régimen puede resultar ridícula vista hoy día pero es algo que en su momento nos convenció a muchos. La ventana de oportunidad de la que hablaban no era más que la promesa de los popes mediáticos progres (en línea directa con Moncloa) de que tendrían cobertura para reventar las expectativas electorales del PSOE y dividir el voto de izquierdas. Esta “oportunidad” aseguraba la mayoría conservadora y una inestabilidad permanente en el partido de Felipe González.

Para entonces las calles ya se habían vaciado y el entusiasmo y la rabia de la protesta había sido sustituido por una confianza melosa en lo que los distintos “Gobiernos del Cambio” harían por el pueblo. Algunos mejor y otros peor, sin duda. Aunque ojalá la cosa fuera de juzgar la acción del mejor gestor posible. Los gobiernos municipales vinculados a esta nueva izquierda demostraron que más allá de su gestión fallaban en la cuestión más estructural de todas, la estratégica. Habían llegado no para derruir los vetustos muros del Régimen del 39 sino para “dignificar” la institución y temblar ante las furibundas estrategias mediáticas de la reacción. En casos como el de Madrid, el “cambio” se mostró como un ejemplo perfecto de cómo vender un gobierno abyecto como un adalid de moderación progresista.

La capacidad de supervivencia del régimen es incuestionable: para 2014 había renovado el liderazgo de la oposición en la figura de Pedro Sánchez y el de la Monarquía en la de Felipe VI, operaciones que resultaron ser muy rentables en el medio plazo. Al gobierno comenzaban a darle los números macroeconómicos y en Cataluña comenzaba a prepararse la tormenta perfecta. Por su parte, en el campo del “cambio” comenzó a quedar cristalino algo que hasta ese momento solo la movilización generalizada impedía ver, que la izquierda institucional era una cáscara vacía en forma de partido fantasma y desangrada por infinitas luchas internas y ambiciosas luchas de arribistas deseosos de conseguir un cargo.

Así las cosas, cabe preguntarse por qué los líderes y lideresas de la izquierda institucional española decidieron impulsar una máquina electoral en lugar de tratar de dar recorrido organizativo a las decenas de miles de personas que todavía se movilizaban de manera continuada. El movimiento popular nunca estuvo preparado para un asalto frontal frente al Régimen y en momentos tan decisivos un buen general del pueblo entendería que la descentralización y la guerra de guerrillas es mejor solución que una derrota catastrófica. Jugarlo todo a una carta, encima siendo la carta electoral cuya victoria depende más de la benevolencia del enemigo (medios de comunicación) que de tus propios aciertos; y despreciando el valor de la organización y la movilización popular.

No compro las tesis de que la new left de partidos como Podemos o Syriza nacieran para vaciar las calles. Los procesos sociales son mucho más complejos y por supuesto si no hubiera existido Podemos sus votos se los hubieran repartido entre PSOE e IU y las calles se hubieran vaciado igualmente. Sin embargo, no podemos eliminar la responsabilidad de sujetos que en esos días movilizaban a decenas de miles y tenían toda la atención mediática a cada una de sus palabras. No podemos exonerarles de su responsabilidad cuando en lugar de utilizar su altavoz mediático para llamar a la organización y la lucha mintieron y llamaron a cambiarlo todo votando.  Y mucho más cuando ya teníamos la experiencia de Syriza que en julio de 2015 ganó un referéndum contra las políticas de la Troika, pero desoyó el resultado y aceptó las condiciones draconianas impuestas por los saqueadores de la UE, el FMI y el BCE. Tsipras desapareció de la boca de nuestros amados líderes del cambio tan rápido como estos se centraron en liarse a cuchilladas y a la salsa rosa del politiqueo palaciego madrileño.

La situación de la izquierda y del movimiento popular en general tras el advenimiento de la nueva izquierda ha estado marcada por el desánimo ante la derrota. Un desaliento y una desmovilización que se hizo cada vez más intensa conforme la izquierda institucional iba realizando retrocesos discursivos y programáticos, a fin de encajar en el baile de salón que es la política parlamentaria liberal. La izquierda institucional renovadora que representó Podemos se ha quedado vieja antes de ser estrenada y hoy goza de unos niveles de desinterés y apatía entre las clases populares que no consiguió ni Llamazares.

Por su parte, Cataluña ha vivido su propio proceso político paralelo pero diferenciado del resto del estado. Un proceso marcado por las maniobras de la élite política catalana para mantener sus cuotas de poder institucional. El proceso soberanista ha estado siempre capitaneado por la pequeña burguesía nacionalista, llevando a una ruptura con la gran burguesía catalana, partidaria del Estado español como base para su influencia en la economía global. Pese a ello la movilización social fue entremezclándose con una movilización en clave nacional que desembocó en la convocatoria del referéndum del 1 de Octubre.

Una de las consecuencias de este proceso fue la respuesta reaccionaria del régimen, que viéndose asediado ante una posibilidad real de desestabilización interna comenzó una enérgica campaña mediática y movilizatoria del nacionalismo español. Aquel “15M facha” marcó el inicio de una creciente campaña de agitación y movilización de los sectores más reaccionarios, especialmente entre la pequeña burguesía, que se vio reforzada con la moción de censura de 2018 en el que el PSOE culminó su recuperación y desgaste final de Podemos.

El auge de VOX de los últimos años y el estancamiento y caída electoral de Unidas Podemos han sido procesos parejos. Desde finales de 2018 VOX ha gozado de una intencional cobertura mediática casi a la altura de la que gozó Podemos en su día solo que ahora en vistas a laminar el voto potencial del PP. Esto, por supuesto, en un contexto de desmovilización, incremento de la desigualdad social y crisis estructural a la que se ha unido la pandemia. Una extrema derecha muy rentable en términos electorales porque “serena” al votante de izquierdas hacia el voto útil del PSOE.

Así, nos encontramos en una situación cada vez más volátil. Con la crisis económica desbordada, el auge de la extrema derecha y una izquierda ausente centrada en su performance gubernativa, el pueblo trabajador tiene pocas opciones para dar salida a sus necesidades y aspiraciones. La calma tensa en la que hemos vivido este último año es de una fragilidad inusitada y en cualquier momento puede saltar la chispa que prenda una nueva oleada de protestas.

Pero una escalada en la protesta social no es per se un avance en esa formación y acumulación de la experiencia de lucha de las masas. Diez años después del 15M estoy convencido de que la gente ya no se mueve en las mismas coordenadas de romanticismo e ingenuidad política. Pero eso no significa que en las actuales condiciones de represión y reacción cualquier estrategia o cualquier objetivo sea válido. Sin inteligencia, organización y programa no es posible avanzar en la práctica frente al régimen.

En este contexto que puede alargarse años está ya claro cuál es el papel de la nueva izquierda institucional hoy en el gobierno. Mantienen su estrategia electoralista y no dudarán en vampirizar cualquier movimiento -como han hecho siempre- que les pueda dar votos, siendo esto aplicable tanto a los que gobiernan como a sus escisiones. Sin embargo, está por definir en qué punto se disociará definitivamente esta izquierda del sentir real del pueblo, en la medida en que mantienen una contradicción entre querer representarlo y vincularse a la responsabilidad institucional que le exige el régimen. Sabemos que la experiencia de gobierno ha sido, es y será un fracaso, gobernando bajo la tutela del PSOE o liderando (caso griego). Ellos, por supuesto, también saben que su estrategia es un fracaso, pero a falta de partido y músculo van a intentar seguir en el foco de la prensa burguesa hasta que salten del gobierno y vuelvan a aparecer como los outsiders que nunca vendieron sus principios. Por supuesto jamás podrán cumplir ni una sola de sus promesas.

Aunque muchos ya ven oportunamente el nulo recorrido que tiene esto y tratan de reconciliarse con la calle, lo cierto es que a esta nueva socialdemocracia aún le queda mucha cuerda para molestar. Y es por ello que se precisa de la valentía y el buen hacer en la práctica política de los sectores al margen de la institucionalidad y el electoralismo, para configurar desde la base un verdadero movimiento popular frente al régimen. Para los que ya nos equivocamos demasiadas veces en estos diez años atrás nos toca aplicar lo aprendido.


Todo sobre el especial #20voces10años15m.

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