
Que hay dos modelo en pugna de desarrollo-progreso se pone de manifiesto continuamente. En materia de energías renovables es muy evidente y en materia de ferrocarril también.
Hay un modelo que no identifica necesariamente progreso con crecimiento y otro, generosamente amamantado desde el neoliberalismo, que no entiende la idea de progreso si no es con un crecimiento sostenido en el tiempo sin mirar ni un segundo la situación por la que tendrán necesariamente que pasar las futuras generaciones.
En el primer caso los titulares de prensa son expresivos. Mientras los partidarios de la racionalidad energética y de una implantación pausada y pautada de las energías renovables plantan cara al fallo del Tribunal Supremo a favor de las obras del Clúster del Maestrazgo, los alcaldes apremian para que se inicien ya las obras porque, en su opinión, no hacerlo sería abandonar otra vez a los pueblos. Al lector le pueden caber todo tipo de conjeturas que tal como anda el patio de las corruptelas es más que compresible.
La Plataforma en Defensa de los Paisajes de Teruel recuerda que quedan cuatro recursos contencioso-administrativos pendientes, que las obras continúan suspendidas por el MITECO y que sigue abierta la investigación penal del caso Forestalia. Así las cosas parecería lógica la critica al Supremo que se apoya en una declaración ambiental cuya tramitación está más que bajo sospecha.
El sector de los alcaldes del "viento alto", siempre favorable a la construcción del Clúster al margen de los tejemanejes que lo rodean, reclaman el inicio inmediato de las obras de este proyecto de energías renovables que conllevará una inversión de más de mil millones de euros que, por otro lado no se sabe muy bien cómo repercutirán en el territorio-paisaje.
Son dos modelos, dos grupos sociales, dos medios de comunicación y mucho qué pensar para una población que sufre el bombardeo constante de esta dualidad de formas de afrontar la vida y la convivencia. Dos modelos perfectamente definidos pero asimétricamente mostrados en sociedad. Mientras los segundos cuentan con el aval expreso de autoridades, administraciones y de la mayor parte de los medios de comunicación, quienes critican el desarrollismo basado en el crecimiento a ultranza juegan en clara desventaja. Y eso que en la mayor parte de los casos, la hemeroteca juega a su favor, pero la memoria de la gente flojea ante las promesas de un futuro de promisión. Un futuro que nunca se ha convertido en presente, pero eso no parece importar a los hooligans del crecimiento infinito, nacidos o educados en pasados planes de desarrollo que no desarrollaron lo que prometían e incluso algunos de ellos, añorantes de una democracia orgánica que no democratizó nada.
En una clave parecida se podría hablar del ferrocarril español, hoy de triste actualidad. Una realidad que nos mueve a la solidaridad y a la compasión por quienes han visto sus vidas o sus familias truncadas. La muerte es algo esperable, una certeza de la que creemos escapar abrazados al consumo, que cuando se vive como catástrofe colectiva, hiere y duele al pensamiento común. Por el mismo sentimiento de compasión deberíamos guardar horas de silencio por la hambruna de Sudan, el genocidio de Gaza y tantas injusticias que no nos mueven del sofá.
Sin restar un ápice a este sentimiento que nunca debería convertirse en arma para el asalto al poder, también sería necesario abrir el objetivo para hablar, aquí también, del modelo de progreso-desarrollo en el que se mueve el ferrocarril en el Estado español. No vaya ser que, estar atentos a las causas y sus responsables de esta accidente, impida contemplar la globalidad de todo el sistema. Sobre los tecnicismos del funcionamiento ferroviario poco podemos discutir, técnicos hay que lo harán, pero de los modelos con que se construye la convivencia, el desarrollo y el progreso, si que estamos capacitados para opinar y en eso, mejor que callen los técnicos.
Mirando bien las cosas, puede que este asunto no sea tan distinto del anterior, si somos audaces para hablar más de modelos en su conjunto que de circunstancias concretas en las que, a buen seguro, van a converger intenciones de todo tipo.
Que la alta velocidad es un avance en las comunicaciones nadie lo pone en duda. Lo que ya puede ser cuestionable, especialmente desde las periferias peninsulares, es si su implantación ha sido la adecuada desde una perspectiva de equidad territorial. Mucha gente desde los fastos triunfalistas de la Expo de Sevilla ha criticado la implantación masiva del modelo "AVE para todos" que ha reinado en el Estado español con todos los gobiernos que han sido. Las formas de su primera implantación, la introducción de una competencia mercantil en las grandes y rentables líneas de AVE junto con el abandono inmisericorde del ferrocarril convencional, ha conformado un modelo de gestión al que ahora se le saltan las costuras del traje.
Al margen de las causas de los accidentes que se va sucediendo, por lo visto nadie ha pensado que si a cualquier estructura se la somete a una presión de explotación basada en un agresivo negocio internacional, es posible que la estructura colapse en algún momento. Nadie ha debido caer en la cuenta de que si el proceso de ejecución de obras y mantenimientos cae en el habitual proceso de contratas y subcontratas, pliegos de condiciones, ofertas a la baja y todo el frufrú del neoliberalismo triunfante, en algún momento de este circuito, algo puede fallar. El ser humano es codicioso y las empresas del sector son muy humanas.
Todo eso sumado a esa costumbre tan capitalista de que el futuro no llega nunca y que el beneficio tiene que ser "ya", completa un modelo que ahora trae el llanto de una nación y, lo que es peor, la rapiña de sus peores habitantes. El radiante futuro de aquellos triunfalismos es este entristecido presente.
Mientras tanto la estación de Monzón en la que, antes de los fastos del progreso, paraba el Talgo Madrid-Barcelona y los expresos del norte, languidece, tristemente consolada por el colectivo "Monzón no pierdas tu tren" que cada domingo predica en el desierto del neoliberalismo.
Mientras tanto el tren de corta distancia València-Vinaròs, por dar otra pincelada del abandono de las periferias, cuyo trayecto dura dos horas y media, lleva solo dos aseos disponibles para 270 viajeros sentados y 748 de pie. Si en ese tiempo un aseo queda inhabilitado se cierra sin que ningún responsable tome ninguna medida y cuando llega a su termino de trayecto, inmediatamente, retorna al origen sin que se haya hecho la limpieza de ese servicio indispensable para muchas personas que no viven en Madrid, en Barcelona o en Sevilla, ni en otros lugares privilegiados por el desarrollo-crecimiento que ya no nos atrevemos a calificar de progreso. Porque un progreso que deja a tanta gente atrás es una oligarquía basada en la explotación de cada vez más población.
Es evidente, las modas se imponen, que podemos ir muy deprisa, el AVE los demuestra, la pregunta es si sabemos donde vamos y si estamos dejando gente atrás entre los brillos de un discutible progreso mercantil que a todos no alcanza. Y eso sirve tanto para el modelo ferroviario que ahora es tristemente de actualidad cuanto para el de implantación de las energías renovables que, si la racionalidad no rocía a las administraciones, pueden ser una nueva vuelta de tuerca para la gente de las periferias del crecimiento. Un territorio que algunos llaman España Vacía que ha contado y los sigue haciendo para su vaciado con bastantes colaboradores entre los habitantes que navegan en secano con viento alto.
Las futuras generaciones no nos perdonarán haber derrochado su última oportunidad, y su última oportunidad es hoy. Jacques Yves Cousteau
Artículo publicado originalmente en laribagorzana21.blogspot.com.



