Había una vez una gigantesca prisión, la mayor del mundo conocido. Sus cerca de cuatrocientos kilómetros cuadrados albergaban más de dos millones de prisioneros de todas las edades. Más de millón y medio de cautivos eran mujeres, viejos y niños. Sus guardianes, armados hasta los dientes, los mantenían encerrados desde hacía más de medio siglo. Casi todos ellos no habían conocido más horizonte que el de su cárcel, esa cárcel inmensa y repleta. Los noventa kilómetros de perímetro carcelario estaban erizados de murallas, puestos policiales, nidos de ametralladoras, cerrando, totalmente, el recinto sin más resquicio que la parte del cielo raso. Uno de los lados de la cárcel era el mar. Un mar vigilado las veinticuatro horas por lanchas rápidas que, mucho antes de preguntar, disparaban a matar en cualquier intento, posible o virtual, de fuga.
Sin agua, salvo la escasísima para lo esencial, sin comida apenas, sin poder siquiera pescar en la superficie, fuera de esa gran pared, que era el mar, sin espacio vital, mucho menos para tareas agrícolas, los más de dos millones de presos, la mayoría de ellos sin haber conocido otra existencia que la de cautivos, vegetaban y se desesperaban. La densidad era tan brutal, casi seis mil penados por kilómetro cuadrado, que excluía cualquier posibilidad de desahogo, de pequeñas libertades. Los puestos hospitalarios eran mínimos y carecían, los pocos que existían, de lo esencial e imprescindible. Algunas veces, los sádicos verdugos, inventando torturas, bombardeaban esos míseros hospitales, los recintos habilitados para escuelas, las casas y chozas que los presos habían levantado o destrozaban con bulldozers los pequeñísimos huertos que se habían podido preparar.
En esa situación de confinamiento llevaban más de medio siglo. Setenta años antes, los que eran, ahora, sus verdugos, habían ocupado su país y a los supervivientes los habían recluido en ese inmenso campo de concentración. No lo decían, pero una parte de esos centinelas, los que tenían la Ley del Talión por faro en sus mesillas, defendían una especie de “solución final” para ellos, similar a la que, hacía casi un siglo, pretendió, y casi lo consigue, el nazi Adolf Hitler. Ahora, los victoriosos conquistadores de las tierras de los prisioneros, se habían convertido en unos nuevos nazis que soñaban con el genocidio completo de los antiguos ocupantes.
No todos los invasores eran así. Muchos, en el fondo, estaban avergonzados de haber dado la vuelta a la tortilla y pasar de explotados a ser torturadores sádicos. Pero tampoco hacían mucho para remediarlo. Silbaban o miraban a otro lado cuando parte de sus compatriotas robaban, incendiaban, machacaban, todavía más, a los concentrados.

De vez en cuando, algunos de los presos, exasperados, no teniendo nada que perder más que la vida, esa vida, lanzaban piedras, a mano o con hondas, a los vigilantes. La contestación de estos era terrible. La excusa les servía para la represión más bárbara y absoluta: cañonazos, bombardeos con la aviación de manera indiscriminada, tanques disparando dentro de los límites carcelarios, misiles arrasando hospitales o casas. El resultado: algún herido en la parte guardiana y centenares de muertos y miles de heridos dentro de esa enorme prisión. La brutal respuesta servía para avanzar en esa especie de “solución final” y para acallar sus protestas, incluso su desesperación. Y así, hasta la próxima que podía ser al cabo de unos pocos meses. En los últimos cincuenta años, unos cincuenta mil presos, de todas las edades y géneros, habían muerto de esta manera. Era una manera de exterminarlos poco a poco, aunque los halcones de los dirigentes nazis pedían más, muchos más muertos, el inicio de esa deseada “solución final” que pusiera punto al peligro latente de tanto prisionero.
Colorín, colorado, consorcio Borrell/Von der Leyen, este cuento de terror ni les habrá servido de nana ni se habrán dormido ni ha terminado.
No solo se es nazi por aunar una ideología violenta con la xenofobia y la exclusión como en los carceleros del cuento, que no es cuento sino un pálido reflejo de la realidad. También se comulgan con ideas nazis cuando se amparan a quienes son xenófobos, excluyentes, violentos y, encima, se los disfrazan de agredidos al caerles alguna de esas piedras. Ustedes, señor y señora Úrsula y Joseph, maridaje casi perfecto del cinismo, amparan de esa manera a los carceleros, auténticos causantes del conflicto.
Porque el cuento no es cuento. La inmensa cárcel existe, ustedes lo habrán sabido desde el principio, porque ser cínico no significa ser tonto ni estúpido y ustedes no responden a estos últimos epítetos. Esa inmensa cárcel es Gaza y lo referido en el cuento refleja mucho menos que la realidad. Ustedes seguirán, como dominguillos de pesebre, asintiendo a todo lo que diga el establishment americano. Seguirán disculpando al verdugo nazi, alguien como Netanyahu, y criminalizando a los millones de palestinos que solo quieren vivir fuera de la cárcel. Seguirán haciendo dejación de sus funciones de representantes europeos en conseguir una solución justa que no sea la “final” que proponen, en el fondo, criminales como Netanyahu. Seguirán comiendo en el pesebre de oro, pero recuerden que, amparando y disculpando a nazis, también se puede llegar a serlo.
Mañana, pasado mañana, o dentro de un mes, miles de palestinos civiles, miles de niños, mujeres y viejos, habrán muerto destripados. No serán rubios y europeos, serán morenos y pobres. Y ustedes, representando a lo peor de la sociedad, no habrán dado un paso para que sus sueldos enormes de funcionarios de lujo rindan cuentas, trabajen por una sociedad mejor.
Sigan con sus cinismos, veleidades y miradas a otro lado mientras se colocan un pañuelo perfumado en sus narices. Eso no les disculpará ante la historia, tampoco hará que huelan mejor los pudrideros que frecuentan.
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