Observo las letras revueltas de Virginia Woolf gritándole a la libertad, a la necesidad de permanecer en un halo luminoso frente a destellos de la pérdida, de la incomprensión y del desamparo que bailaban con su soledad. Escuchó en su mente el retumbar de las bombas, la metralla del pensamiento y el aniquilar incesante de la recurrencia del dolor.
Repaso aquello de Sylvia Plath y me dejo envolver por mi sillón cuando oigo los jirones de su cerebro removerse contra la vida. La necesidad de escapar de su campana de cristal me hace ponerme en el vello erizado de su piel.
Veo a Marilyn Monroe y me cruzo en su mirada con sus miedos, con las incomodidades de leones hambrientos que solo quieren suspirar al ritmo de una falda contorneada por el viento. Me quedo en la retaguardia del qué dirán y, flasheada por focos, rumores y distorsiones de la realidad, solo consiguen pincharme en lo más hondo del pecho.
La desdicha de Antígona me lleva, como un efecto dominó, a sumergirme en las aguas del Mar del Plata para intentar rescatar una a una las lágrimas de una Alfonsina Storni que llenó océanos de llanto, y quizá allí, nadando, podamos conversar un rato y encontrar aquellos verso perdidos de Alejandra Pizarnik. En el fondo de aquellas aguas suena de nuevo la misma canción con una voz rasgada, sin anestesia en cada nota, que, aferrada al alma, grita aquello de I've been black y lo hace como si no doliera para que el resto no puedan ver en su sonrisa las pesquisas de un desgarro que se lleva por dentro.
Y cuando la vida duele, a veces se busca apagar la radio, anestesiar la mente, eliminar el ruido y fulminar el dolor. Cuando la vida duele, la mente se nubla, el dolor se aferra.
De nuevo, otro año saldrán las cifras de las personas que decidieron dejar de sufrir y pasarán a listas interminables de quienes llegaron a acabar con su propia vida para que la soledad, la depresión, la presión estética, emocional y siempre sistemática, dejara de latir profundo. Y tras las cifras, nombres; y tras los nombres, historias; y tras las historias, volver a hablar de ello, de la salida, de la necesidad de seguir tendiendo manos, de la importancia de pasar al rescate para reducir la cifra total de la mayoría de nombres anónimos que no quieren sufrir, sino que desean encarecidamente que la vida les hubiera tratado mejor, que aquella mirada curiosa y juezas de su mente les hubiera esquivado, que aquella conversación no doliera tanto, que aquella pérdida no fuera la llegada de su propio duelo.
Que, a veces, la vida duele, duele tanto que no se soporta, y no llega el silencio, llega el eco de la mente, el querer acabar con todo para que todo cambie y se apague definitivamente el ruido. Cuando no hay salida, se pierde el aire en vida, se aumenta el ritmo incesante del dolor y, cuando se habla de todo ello, las cifras son duras, y queda ponerse en la piel de quien sufre para darle aliento, esfuerzo, empuje y darse cuenta que como sociedad todavía tenemos está asignatura pendiente.
Teléfono de ayuda ante la conducta suicida: 024




