¿Crisis, qué crisis?

Si algo tiene claro la población en general, es que vivimos tiempos convulsos. En pocos años hemos vivido una pandemia mundial; la proliferación de eventos meteorológicos extremos (inundaciones, huracanes, tornados, sequías, etc), también en lugares donde no se daban; la proliferación de guerras en países productores de materias primas, especialmente petróleo y su acercamiento hacia Occidente, que siempre se había sentido seguro (como Ucrania, Siria o Palestina); la emigración a nivel mundial (de norte a norte por motivos económicos y de sur a norte por guerras, hambrunas, persecución, etc.); incendios pavorosos; y una crisis económica mundial que no acalla las …

Foto de Carlos J López para ilustrar los artículos entre ellos: sobre Arabia Saudí

Si algo tiene claro la población en general, es que vivimos tiempos convulsos. En pocos años hemos vivido una pandemia mundial; la proliferación de eventos meteorológicos extremos (inundaciones, huracanes, tornados, sequías, etc), también en lugares donde no se daban; la proliferación de guerras en países productores de materias primas, especialmente petróleo y su acercamiento hacia Occidente, que siempre se había sentido seguro (como Ucrania, Siria o Palestina); la emigración a nivel mundial (de norte a norte por motivos económicos y de sur a norte por guerras, hambrunas, persecución, etc.); incendios pavorosos; y una crisis económica mundial que no acalla las pompas de las mejoras relativas y temporales en algunos países (como España).

Se debaten dos modelos políticos muy poco diferentes entre sí: seguir con la austeridad pública y los recortes de derechos y servicios públicos, para mejorar las cuentas y agrandar aún más a los gigantes sectoriales de cada oligopolio; o intentar repartir un poco para que la economía siga funcionando con una cara un poco más amable con la población en general.

Pero ninguno de estos modelos renuncia al crecimiento económico, como paradigma de la mejora económica y la felicidad humana. No hace falta retrotraerse muchos años para ver que las economías locales no se basaban en el crecimiento, sino en la estabilidad, en la reproducción pausada y natural de las materias primas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, había que reconstruir la esperanza de la población y demostrar a la Unión Soviética, que el capitalismo era mejor, era el único modo de vivir. Ambas potencias, y sus adláteres, entraron en una carrera consumista que se agotó en los años 80. La URSS no supo reaccionar y acabó sucumbiendo a los cantos de sirena del capitalismo. Pero éste no estaba en mejor situación, simplemente usó una herramienta, contenida desde los gobiernos, por su peligro: la usura, la banca y los préstamos o deuda, como queramos llamarlo. Desde entonces, la economía mundial ha crecido en la misma linea que las deudas. No parece muy seguro.

Pero el problema económico es, seguramente, el más pequeño al que se enfrenta la humanidad. Fruto de la vorágine consumista y del aumento de la población (la materia animal planetaria ha aumentado un 700 % en 10.000 años, siendo, actualmente, el 20% humanos. el 73% ganado que se comen los humanos y sólo el 4 % animales salvajes), se están produciendo una serie de fenómenos que amenazan la vida que conocemos y hasta la misma humanidad como especie.

Sufrimos una crisis poliédrica: medioambiental, sanitaria, energética e informativa.

La medioambiental se caracteriza por el aumento de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) como el anhídrido carbónico (CO2), el metano, el oxido nitroso, el vapor de agua, el ozono o el hidrógeno. Impiden que parte de la radiación recibida del Sol vuelva al espacio y, por tanto, desequilibra la temperatura planetaria, aumentándola. Ese calor eleva la temperatura del mar, principal sumidero de GEI, liberándolos (realimentando el proceso), paralizando las corrientes marinas, cambiando climas, vegetación y fauna; y derrite glaciares y permafrost (segundo mayor sumidero de GEI), aumentando el nivel de los mares y reduciendo el de ríos y lagos.

Estos gases tardan en desaparecer, por lo que su efecto dura muchos años y, en ese tiempo, se produce realimentación entre ellos. Actualmente se acepta que la temperatura media mundial ha subido 1'3º en 150 años. A partir de 2º entramos en territorio desconocido para la ciencia con consecuencias imprevisibles para el clima, el planeta y la humanidad. Este proceso sólo se ha dado una vez antes en la historia terrestre habitada, hace 250 millones de años, en el Pérmico pero, entonces, duró miles de años y acabó con la extinción del 90 % de las especies.

Además, la actividad humana está conduciendo a la destrucción de hábitats y paisajes por minería, pesca, centrales energéticas, urbanismo, agricultura intensiva, tala de bosques, etc. y a la sexta extinción masiva de especies, pero la más rápida en la historia de La Tierra. Aunque no lo veamos, la conservación de hábitats y ecosistemas es esencial para garantizar la supervivencia de la especie humana.

La sanitaria. La quema de combustibles fósiles genera una serie de gases tóxicos para la vida y un polvo atmosférico que mantiene las partículas tóxicas en suspensión. Según la OMS, unos 7 millones de personas mueren al año prematuramente en el mundo por su inhalación, principalmente en las ciudades, por eso las ciudades más avanzadas empiezan a cerrar los centros urbanos al tráfico de vehículos a motor y crean Zonas de Bajas Emisiones (ZBE). El gasto sanitario es enorme.

La demanda de energía, obtenida casi al 100 % de energías fósiles o minerales (uranio), ha sufrido una progresión creciente desde la II Guerra Mundial. Pero los yacimientos fáciles y baratos se están agotando y han entrado en una fase de declive que hace imposible seguir creciendo y, sin ello, nuestro sistema económico quiebra (combustibles, plástico y alquitrán son esenciales actualmente). La calidad baja y el precio sube. Las guerras llegan.

Por ello, habremos notado, que hay una (otra) carrera desenfrenada por encontrar nuevas energías, nuevos aprovechamientos más eficientes o nuevos inventos milagrosos. Un bombardeo mediático nos informa de la bondad infinita de las renovables (que ya existían, no nos olvidemos, como sol y viento y que dejamos de emplear por su baja densidad energética), pero no nos dice que para fabricarlas hacen falta ingentes cantidades de minerales (algunos muy escasos)... y de petróleo (o gas); de nuevas energías milagrosas pero carísimas e ineficientes (e-combustibles, agrocombustibles, hidrógeno); de otras imposibles (al menos en este siglo), como la nuclear de fusión; o de nuevos yacimientos enormes que no permiten cubrir ni un 10 % del consumo energético mundial anual.

Se trata de dar esperanza y la sensación de que todo sigue igual, por lo menos hasta que encuentren una solución, si la encuentran.

Por estos motivos, además de la falta de esperanza en el futuro, se está produciendo, por inacción, el caldo de cultivo para una crisis socioeconómica que podría llegar a la extinción humana, según algunos estudios. El 1% de los alimentos consumidos en España, son de cercanía. El 60 % provienen del extranjero. La distancia media que recorre un alimento hasta nuestra mesa es de 4.000 km. ¿A qué precio se pondrá la comida cuando el petróleo triplique o cuadruplique su precio? ¿Sólo comerán los ricos?

¿Significa esto que estamos perdidos? No, significa que debemos actuar, debemos:

  • Planificar una sociedad del futuro que gaste el 40 % de la energía que gasta hoy (es posible, ya está estudiado. Europa y EEUU podrían/deberían reducir el 90 % su consumo energético sin reducir el bienestar humano, Felicidad Austera, podríamos llamarlo).
  • Adaptarnos a la producción de energía, al contrario que actualmente.
  • Distribuir la producción y consumo de energía y hacerlo de forma eficiente, de cercanía (por tanto, primero tejados y, después, campos, no al revés, como ahora).
  • Ir hacia una sociedad sin vehículos privados, sin consumo superfluo ni obsolescencia programada, con el trabajo, la educación, el comercio y la sanidad a menos de 15 minutos andando (se puede, lo hacían nuestros padres).
  • Ir hacia una sociedad sin oligopolios todopoderosos, las decisiones deben tomarse a nivel social, no buscando el beneficio de especuladores privados.
  • Reutilizar y reciclar, de verdad y crear equipos eficientes de muy larga duración, especialmente en los sistemas energéticos.
  • Mejorar las viviendas, hacerlas pasivas, bien aisladas y con escaso gasto energético.
  • Volver a los abonos orgánicos y la agroecología, con limitación de regadíos.
  • Cambiar de hábitos horarios, vuelta a la actividad preferentemente diurna; menos ganadería y menos consumo de carne (sí, lo dicen todos los informes científicos serios).
  • Dejar de concentrar la población en megaciudades.
  • Reducir/eliminar los viajes en avión y el turismo consumista de masas; etc.

Quizás no sea todo lo atractivo que deseamos en una sociedad irracionalmente consumista como la nuestra, pero si es lo necesario para afrontar el reto de la supervivencia. No es difícil ni producirá “sufrimiento” si lo hacemos bien, con planificación social, no empresarial.

En 1975, Supertramp publicó su disco ¿Crisis? ¿Qué crisis? Ocurría la primera crisis del nuevo capitalismo de postguerra. Los más avezados se dieron cuenta de que todo el peso del bienestar capitalista reposaba sobre una única materia, el petróleo, su explotación a bajo coste, evitando pagar los gastos colaterales como contaminación, destrucción de ecosistemas y paisajes, desplazamiento de poblaciones, etc. Supertramp criticaba la pérdida de valores éticos y el aislamiento al que inducía el individualismo capitalista pero, al mismo tiempo, reclamaba la necesidad de las personas de seguir con sus vidas a pesar de lo que ocurría alrededor, intentando no ver a aquellas otras personas que iban cayendo por el camino.

Esta opción ya no es válida. Sobrevivir (no hacer nada) nos ha traído a una crisis mucho más profunda. El nuevo disco de Supertramp, visto especialmente el fracaso de las COP hoy, sería ¿Acciones? ¿Qué acciones? Aquí hemos apuntado algunas pero como colofón quedaría: el futuro está en nuestras manos, unámonos para soñarlo y pongámosle nombre, porque ya no será capitalismo.

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