La actualidad es un espectáculo constante y sonante. Un espectáculo diseñado para disfrazar de información lo que no pasa de ignorancia consolidada. Solo así se entiende que una vulgarísima chimenea romana haya ocupado las pantallas de los televisores de todo el mundo pendiente de la elección de un líder religioso al que todo el mundo dice tomar en consideración y al que nadie hace el menor caso.
Mientras el delirio de la religión mantiene entretenidos a creyentes y descreídos, la vida sigue, con apagones incluidos y con alguna ocurrencia fuera de toda lógica como la destrucción de algunas de las Clavijas de Cotatuero en el Valle de Ordesa.
Ante este singular hecho, el librepensamiento no se conforma con sumarse a la natural condena colectiva adherida a la tradición de "siempre ha sido así". Un "siempre" que, hurgando un poco, no es tan "siempre" y que por mucho que se haya podido convertir en parte del paisaje por el que muchos hemos subido o bajado en algún momento, no debería impedirnos mirar un poco más allá. Siempre hay algo más allá de la apariencia.
La torpeza de un añorante del tiempo pasado (nada que ver con Marcel Proust) a la medida de un ego trastocado, no debería enmascarar una realidad más amplia. Desde que el herrero de Torla se jugara la vida a finales del siglo XIX para satisfacer los caprichos de un lord inglés cazador de bucardos, han pasado muchas cosas. Además del valor histórico-sentimental que estos viejos hierros representan en el paisaje de Ordesa, convendría contemplar la evolución que el Pirineo ha sufrido en este tiempo. Lo que en en 1880 era privativo de ricos y algo excéntricos extranjeros que volcaban en estas montañas el espíritu romántico de la exploración, ahora es patrimonio de mayorías. Las mayorías no necesariamente tienen la razón.

El palmarés de extranjeros ilustres y caprichosos lo encabeza el Conde Henry Patrick Marie Russell que llenó las cotas más altas del Pirineo de viviendas trogloditas en donde agasajaba a sus invitados con todo lujo de viandas y bebidas e incluso alquiló durante 90 años una gran superficie en el Vignemale por el módico precio de un franco al mes.
Ahora son mayorías de personas que, con todo el derecho y a veces con muy poca sensibilidad, hacen suyo el paraíso pirenaico siquiera el tiempo de realizar la ascensión o travesía para la que abandonan su ciudad. Este nuevo uso masificado de las montañas y la naturaleza corre el peligro de convertir los paisajes eternos en vulgares parques de atracciones y al espacio de la montaña en su conjunto en un lugar para el negocio y la especulación.
Sin remontarnos al romanticismo, solamente los últimos 30/40 años han asistido a una gestión de los territorios de montaña que, en el mejor de los casos requerirían un buen repaso. La consolidación de la industria de la nieve por encima del valor medioambiental del espacio que la hace posible y el desarrollo urbano que conduce a algunos de sus trabajadores a vivir en los aparcamientos, también es un atentado al territorio, al paisaje y a la justicia social. Alguien debiera arrancar esos restos de explotación irracional anclados en la piel de la montaña.
Nada de esto justifica el vandalismo con tintes eco-fascistas que ha hecho desaparecer doce clavijas de Ordesa, pero no deberíamos contentarnos con una simple condena periodística secundada por todo tipo de personas, municipios y asociaciones.
La seguridad del acceso al Circo de Cotatuero, con toda probabilidad será restaurada por Prames u otra empresa del ramo que "ferrateará" lo que sea necesario para que el recorrido vuelva sea transitable y este hecho que hoy parece importante pasado mañana será una anécdota. Otra cosa sería que además de recuperar ese trayecto, administraciones y colectivos medioambientalistas fueran un paso más allá y pusieran de su parte para que la montaña avanzara hacia un equilibrio entre el medio natural, su habitantes y la explotación de sus recursos.
De momento esa realidad queda lejos, La experiencia de Castanesa, los teleféricos de Benasque y Candanchú y el fantasma que recorre la Canal Roya nos hablan de la continuidad de una manera de ver y entender la montaña, sus recursos y sus habitantes anclados en un tiempo que también tiene sus añorantes (nada que ver tampoco con Marcel Proust). Ante esa realidad es la movilización ciudadana la que puede poner algo de cordura en la sinrazón de la especulación y el negocio cortoplacista al que siempre acompaña el conformismo de una parte de la población cuya ignorancia disfrazada de información, la convierte en su principal mantenedor.
El único verdadero viaje de descubrimiento consiste no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos.
Marcel Proust
Publicado originalmente en La Ribagorzana.

