Corta vida al postureo político

Los candidatos, muy dados al posado mediático, deben comenzar a preocuparse por lo que realmente le importa a la ciudadanía, y no son ni mucho menos los intereses partidistas que ellos niegan. Sostienen que lo hacen todo por responsabilidad. Una responsabilidad mal entendida que provoca la brutal desconfianza que existe en estos momentos sobre la clase política actual.

Foto: Antonio Marín Segovia

Parece que ya ha pasado el susto. Tenemos fecha para el debate de investidura, y lo que es más importante, tenemos aspirante para la plaza vacante al trono político. El mapa del reino se va configurando poco a poco, y podemos ver como se van destapando las estrategias de las diferentes fuerzas políticas. A la derecha del mapa, tenemos al candidato elegido, que no electo. Y a renglón seguido –seguimos a la derecha del mapa- nos encontramos con su fiel, anteriormente infiel, compañero de viaje. Capaz de llegar hasta el mismísimo fin del mundo con tal de seguir con su cuota mediática.

Pero hablemos del pretendiente elegido. Cierto es que pudiera parecer que dicho candidato no es el más indicado para el puesto, pero no tenemos otro voluntario o voluntaria. Hay que reconocer que el terreno de los idiomas no lo domina como debería. No pasa nada. Tampoco va a tener que hablar mucho. Lo único que tiene que hacer es obedecer, apenas se notará la carencia. Por no hablar de la práctica de valores, como por ejemplo la ética, la honestidad, la tolerancia o la solidaridad. Ahí sí que va un poco justo, por no decir que suspende con holgura. Y qué me dicen de las amistades peligrosas que conserva en el partido. Malas referencias, sin duda. Pero no tenemos otra alternativa. C’est la vie.

Menos mal que nuestro pretendiente tiene un compañero, poco fiel y poco leal, de viaje. La mano –derecha- del candidato podríamos llamarlo. Algo que aliviará la tensión y reducirá el estrés que se respira en el ambiente. Tampoco es el compañero ideal, pero como para la plaza vacante anteriormente citada, aquí tampoco se ha ofrecido nadie más. Ambos han comenzado su relación con la firma de un contrato. En este caso con medidas anticorrupción y prácticas de regeneración, algo que nos garantiza muy buenos momentos en un futuro no muy lejano, y si no al tiempo.

Uno de los firmantes es el líder del partido con más corrupción dentro de sus filas de toda Europa. El acompañante, es capaz de mantener una cosa y la contraria al mismo tiempo y en el mismo discurso sin ruborizarse. Máximo atractivo. Que más podemos pedir si estamos ante la nueva pareja de oro de la política. Para empezar, durante la firma de dicho pacto no han dejado entrar a los medios de comunicación. Una manera espléndida de poner en marcha todas esas prácticas de regeneración democrática con la que se llenan a boca. Un pacto, como recordaba un compañero –guiño y codazo- que nos traslada a tiempos pasados. Exactamente, justo en el momento en el que se constituyó la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), en 1933 durante la II República.

Pero sigamos. Si miramos un poco más a la izquierda en el mapa, pero poquito más, nos encontramos con otro de los aspirantes al trono político. En este caso perteneciente a otro partido con distinto estandarte. Ya intentó sentarse en dicho trono con anterioridad, pero la jugada no salió. Por aquel entonces, su compañero de viaje era la ahora mano –derecha- del candidato elegido. Un infiel, en términos políticos quiero decir. No se me interprete mal.

Como decíamos, la jugada le salió mal y ahora cual gato escaldado no ha querido saber nada del trono. Ni acercarse. Para él, la oposición es su lugar, ha manifestado con orgullo. Cierto es que ha tenido la posibilidad de establecer alianzas con otras fuerzas políticas que configuran el mapa del reino. Pero no ha estado por la labor. Quizá esa posible alianza le hubiera costado su particular trono. Quién sabe. El caso es que ahora se encuentra recibiendo la presión de la nueva pareja de oro de la política estatal. Si no les presta su apoyo, éstos han amenazado con unas terceras elecciones el día de navidad. Mala fecha para nuestro orgullosos candidato. Veremos que ocurre y si la presión consigue su efecto.

Y por último, tenemos a los dos últimos pretendientes al trono político. Ambos firmaron una alianza por la que invocaban máximos triunfos. Todo hacía presagiar que así sería. Todo era felicidad y satisfacción. Pero al final, simplemente no fue. La coalición no obtuvo los resultados esperados y ha tocado hacer autocrítica. Eso que le gusta tanto a la izquierda. Esta vez, esperemos que sea constructiva y no destructiva, como en la mayoría de ocasiones.

Pues bien, ambos líderes han lanzado al anterior candidato, el que hace llamarse de la oposición, varias propuestas para establecer un triunvirato. El único modo de destronar al anterior inquilino y actual elegido. Pero los cantos de sirena no han llegado a los oídos adecuados. Quizá para ellos sí que sea una buena opción repetir elecciones, o no. Lo que sí está claro, es que esta vez, las personas que vuelvan a casa por navidad –como dice el anuncio- podrán ejercer su derecho a voto, el conocido como voto robado. No como ocurrió en los pasados comicios. Y por lo que parece, muchas de esas personas son seguidoras de ambos líderes. Veremos qué sucede.

Así pues llegamos al final del recorrido del mapa del reino. Por supuesto, existen muchas más fuerzas políticas, pero eso ya forma parte de otra historia. En definitiva, veremos si de una vez por todas se termina con este postureo político que cansa al más apasionado o apasionada.

Los candidatos, muy dados al posado mediático, deben comenzar a preocuparse por lo que realmente le importa a la ciudadanía, y no son ni mucho menos los intereses partidistas que ellos niegan. Sostienen que lo hacen todo por responsabilidad. Una responsabilidad mal entendida que provoca la brutal desconfianza que existe en estos momentos sobre la clase política actual.

Y principalmente porque ya va siendo hora. Va siendo hora de preocuparse por los millones de personas que todavía están sufriendo los efectos de la mal llamada crisis. Desigualdad, precariedad y desempleo. Tres factores que son determinantes a la hora de establecer la diferencia entre dignidad y miseria. Cuestiones fundamentales para sentirse y ser persona.

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