La actualidad es un proceso social cada vez más complejo e intrincado en el que lo último se muestra siempre como lo más importante, lo más grave o lo más grande y lo anterior se deshace en el olvido. Una mancha tapa otra mancha y si además hay todo un aparato mediático o porque no, alguna que otra granja de bots en algún desaprensivo paraíso informático, la combinación es perfecta. La corrupción, la de ahora mismo, tiene mucho que ver con todo esto.
Cuando la maquinaria de generación de opiniones se pone en marcha, la Formación del Espíritu Nacional (FEN) del Plan de 1957 es una birria de adoctrinamiento ideológico. Los profesores falangistas, a los que incluso sus compañeros de claustro, daban escasa credibilidad docente, resultaban fáciles esquivar. Varias generaciones aprendimos a navegar por el santoral fascista de la ‘españagrandeylibre’ sin demasiado sufrimiento. Los influyentes (influencers les llaman) y otros falsos medios de comunicación son mucho más sibilinos en su habilidad como gestores de la mentira y esta FEN, este adoctrinamiento del bulo, es mucho más difícil de sortear.
La corrupción parece endémica en la convivencia humana y en España, hay que reconocer que es muy humana. Desde el Duque de Lerma hasta Santos Cerdán, la sucesión de marrullerías y advenedizos con voluntad de eternidad es kilométrica. Sin necesidad de remontar al Siglo de Oro, se podría empezar en el caso Straperlo que hizo caer el gobierno Lerroux en la II República. Los años del franquismo, pese al lavado de cara de moda, fueron un verdadero chollo para corruptos. Soficos aparte quizá el Caso Redondela tenga una función de transito entre dictadura y democracia. La marca M. Rajoy aparecen a uno y otro lado de la muerte del dictador, pero después de 1977 la cosa no ha mejorado. Bien es cierto que si se toma a la monarquía como estándar de los valores de la transición, la corrupción subsiguiente es plenamente coherente con la cultura borbónica.
La alternancia en el poder lo ha sido también en la corrupción. Pese a los avisos de la Unión Europea las diversas castas que habitan el corazón capitalista de la España Cañí, están genéticamente condicionadas para el pelotazo y la prebenda al político que engrasa su acceso a la obra pública. Corrupto y corrompido siempre han sido miembros de la misma familia. En el arquetípico familiar del neoliberalismo se consagra al más tonto a la política para que suavice los intereses familiares en la esfera pública.
Actualmente el Índice de Percepción de la Corrupción (2023) indica que los niveles están estancados y que ha habido un declive global de la justicia y el estado de derecho desde 2016. Según Transparencia Internacional, el auge del autoritarismo en algunos países contribuye a esta tendencia e, incluso en contextos democráticos, los mecanismos que mantienen controlados a los gobiernos se han debilitado. Los gobiernos de todo el espectro político han socavado los sistemas de justicia, han restringido las libertades cívicas y han confiado en estrategias no democráticas para hacer frente a los retos recientes. No debe de servir de consuelo ir ligeramente por delante de Italia en este ranking del choricero.
Quien tenga tiempo y ganas puede cuantificar lo que cuesta al erario público estas prácticas y cómo se reparten los diversos partidos sus responsabilidades. Nunca está de más una buena información porque, a estas alturas quien piense y proclame sandeces del tipos ‘todos son iguales’, se está convirtiendo en agente de la estupidez colectiva que es la mejor atmósfera para el crecimiento de la explotación.
Eso sí, tal vez cada quién podría pensar, mientras aún tenga neuronas libres, qué hacer ante estas realidades desde un punto de vista real, lejos de cualquier eslogan reduccionista o bandera salvapatrias. Y, una vez conocidos los datos, los ‘cuanto, cuando y quien’ de la corrupción, convendría entrar a valorar nuestra actitud ante las castas sociales y sus servidores.
Informativos de todo pelaje muestran en retrospectiva, imágenes de los corruptos actuales rodeados de una nube de acompañantes, mucha gente sonriente y orgullosa de salir en la foto junto al político de moda. Seguir al abanderado es una costumbre muy española. El triunfo, sea en los toros, el futbol, el tenis o la política genera atracción, una atracción visceral, una sumisa identificación. Tal vez con un poco menos de atracción, con un poco menos de espectáculo, la sociedad pudiera estar más equilibrada en valores y actitudes.
Al gentío le gustan, le encantan los fastos encabezados por los poderosos que no dejan de ser más que los representantes de la casta dominante. Se diría que acompañarlos en algún momento de su glamurosa agenda, dota al pobre de un marchamo de calidad y así puede ser un pobre ‘de marca’.
Cuesta creer cuántos fervientes franquistas despidieron con tristeza cuarenta años de violenta dictadura para votar el cambio a la socialdemocrácia siete años después. Cuesta creer cuantos apóstoles del ‘pan y el chorizo’ de las plazas de 2011 votarán en la actualidad a las derechas extremas, tragándose sin pestañear todo el paquete fascio-liberal, mucho más áspero que el chorizo de Pamplona.
Algunos piensan que habitaríamos un país más saludable e incluso menos corrupto, si disminuyera el número de espectadores del aparato político-mediático que reparte sonrisas y apretones de mano en los accesos a los actos de su agenda propagandística. Demasiados festivales, sean de jota o de bachata, demasiada luz y sonido, demasiadas inauguraciones de esto o aquello. El espectador también es parte del espectáculo y por tanto, su actitud y su ausencia podría dirigirlo en una dirección u otra.
Puede, es una remota posibilidad, que cuando los políticos municipales, autonómicos o estatales, vean que su corte de admiradores quede reducida a los paniaguados de costumbre, sonrientes papanatas del arribismo ancestral, simplemente caigan en la cuenta que su obligación, su verdadera obligación consiste en gestionar. En gestionar el ámbito de sus competencias fieles únicamente a los pliegos de condiciones y al presupuesto de contratación de los proyectos que la ciudadanía les reclame.
"No nos hacemos sabios por el recuerdo de nuestro pasado, sino por la responsabilidad de nuestro futuro", Bernard Shaw
Artículo publicado originalmente en el blog La Ribagorzana.





