Nos vais a permitir que nos salgamos un poquito de nuestro tema, aunque también tenga que ver con la conciencia… Nos vemos obligadas, desgraciadamente, a hablar de tráfico (del rodado…) y no precisamente para escribir sobre el lamentable Real Decreto Legislativo 6/2015, de 30 de octubre de la Ley sobre Tráfico, Circulación de Vehículos a Motor y Seguridad Vial que sufrimos (y que fue establecido a la par que la nunca suficientemente vilipendiada Ley de Protección de la Seguridad Ciudadana o “Ley Mordaza”, por cierto), ni tampoco de los desmanes de la Dirección General de Tráfico al respecto de dicho decreto, temas estos que ocuparán otro artículo de próxima publicación.
Tampoco nos vamos a enfocar (y eso tendría más relación con nuestro campo) en que en el diseño de la mayoría de los controles se observa una muy escasa vocación preventiva y una, por el contrario, marcada intención recaudatoria y, además, una aplicación sesgada de los criterios de seguridad, más permisivos con el consumo de alcohol que con la mera tenencia de otras drogas, las fiscalizadas. En el único festival de este verano al que no fuimos a trabajar sino a bailar, por poner un sólo ejemplo, volvimos a comprobar cómo a lo largo de la tarde se sometía a las personas que llegaban (llegábamos) al espacio a exhaustivos registros en busca de sustancias prohibidas. Sin embargo, horas después, al acabar las principales actuaciones y cuando había en el recinto alrededor de 800 personas, completamente ebrias de alcohol en su mayoría y, en muchos casos, dispuestas a coger el coche para salir de allí (un pequeño pueblo prepirenaico, en este caso) ninguna patrulla estaba presente para evitar aquello.
La motivación central de este escrito es otra, y es que, cómo lo diríamos…: estamos un poquito hasta las meninges de las campañas publicitarias de la DGT que sin embargo están respaldadas por una escasa o nula intención de poner coto a barbaridades cotidianas. Quienes recorran la AP-2, por centrarnos en un caso que conocemos bien aunque podríamos señalar muchos más, habrán visto tantas veces como nosotros los carteles luminosos que informan de que ¡¡250 cámaras!! “están observándote” para prevenir, en el marco de sendas campañas, la falta de utilización del cinturón de seguridad o las distracciones con el teléfono móvil. No es que esto no nos parezca estupendo, pero nos lo parecería todavía más que al menos un 10% de todo ese despliegue tecnológico se invirtiese en controlar la velocidad de quienes por allí circulan... ¿tan difícil será...? Lo habitual, en los muy frecuentes desplazamientos Zaragoza-Lleida que hacemos por motivos personales, es que yendo entre 115 y 120 km/h sólo adelantemos camiones, y que todos los coches y furgonetas sin excepción (200, 400, 700… los que cada vez toquen) nos adelanten a nosotras. Pero lo realmente preocupante es que una buena proporción de ellos (y sería excesiva aunque fuese pequeña) lo haga a 160, 180 o incluso a 200 km/h (confesamos que es un cálculo estimado, claro, radares nosotras no tenemos, aunque nos gustaría...) convirtiendo cada cambio al carril izquierdo en un ejercicio aventurero con peligro de alcance.
¿Será muy conspiranoico pensar que el hecho de no tener tanto interés en penalizar los excesos de velocidad tiene un cierto sesgo de clase? ¿Que no les hace demasiada gracia a propietarios de Mercedes, BMWs y AUDIs, que son la mayoría de los que se acercan a esos 200 por hora, que atenten contra su sacrosanta libertad libérrima de hacer lo que se les ponga en sus partes, acelerador mediante? Esto a menudo es complementado con el hecho de que te echen la luces o incluso te piten si vas a 120, solamente…
El tema del respeto a las señalizaciones de velocidad se está convirtiendo, lamentablemente, en un peligro para quienes sí las cumplimos. Y no me refiero a un peligro para nuestros higadillos, por el hecho de que se nos quede cara de tontos cuando toca aguantar al idiota de turno que pita o increpa, sino a un peligro real de alcance. El ejemplo de la AP-2 (valdría casi cualquier autovía) es sólo uno, pero cuando uno transita la A-68 dirección Logroño, por poner otro, en casi cada tramo marcado con 90 km/h como velocidad máxima, se encoge el cogote cuando alguien (en este caso, incluidos camiones; algunos incluso adelantando enojados si vas sólo a la máxima permitida…) está a punto de pisártelo y se sitúa a dos palmos de tu trasero. O cuando sigues camino Soria, al más puro estilo de Gabinete, y cruzar varias travesías de pueblos pequeños y reducir a los obligatorios 50 por hora (o incluso 40) hace que desates las iras de descerebrados o que, directamente, temas por una embestida. Si uno acostumbra a cumplir con los 90 de máxima de los túneles de Monrepós, es probable que tenga la misma sensación y conjunto de problemas. Últimamente, en fin, cada vez que comentamos el tema coincidimos con nuestras interlocutoras en que “pocos accidentes hay, visto cómo va mucha gente al volante”. En realidad, cuando cumplir con las limitaciones de velocidad prácticamente te convierte en un peligro, algo mal se debe estar haciendo. Y parece lógico, que las autoridades competentes actúen al respecto, ¿no?





