Es un lunes más, —horrible como todos— vuelves a casa después del trabajo. Sentada en el asiento de tu bus o tranvía o metro o cercanías, eso ¡da igual! pero vas en tu transporte urbano de confianza y tecleas. Tecleas. Opinas sobre el tema del día en el grupo de whatsapp que tienes con tus amigas de clase, zanjas un asunto del trabajo que ha quedado pendiente. Mandas un emoticono de beso, a modo de cierre, a una conversación que dejaste a medias. Todo corriente. Cotidiano. “Ya voy para casa”. … Reloj, sí ese reloj pequeñito que aparece al lado del mensaje que has escrito cuando este no se envía. Vaya ¿será la cobertura? No, pero qué raro, a ver… voy a esperar un poco. Jo qué día más bueno se ha quedado la verdad, vaya sol, parece verano todavía. Como se nota el cambio climático porque en otra ocasión haría ya muchísimo frío*. En fin. A ver. Nada, Relojito, ni rastro del check. Ni mucho menos del doble check. Reinicio. Ni recuerdo la última vez que apagué el móvil, qué fuerte, con esto del miedo a que no suene el despertador ahora lo dejo toda la noche modo avión y en sonido. 2 8 3 2. Cómo aguantan estos aparatitos, es increíble. A ver. ¿RELOJ?¡JODER!
Y entonces la retahíla de “¿Oye me recibís?”. Reloj. “Es que creo que no llegan mis mensajes”. Reloj. Y caes en la cuenta de que tú tampoco estás recibiendo nada. Levantas el brazo con el móvil en alto (porque aún crees que así llega mejor la conexión). Pero tus esfuerzos sirven de poco.
—Tías, no funciona Instagram.—oyes decir a una chica dos filas de asientos más adelante.
Entras en tu perfil. Ves un primer story, ves un segundo story. Pero el tercero ya se para, no actualiza. No actualiza, no. Escribes desesperada a alguien por DM. “¿Es esto el fin del mundo?”.
Así recuerdo más o menos el 4 de octubre de 2021, cuando Whatsapp e Instagram (y bueno Facebook también, aunque no sé si a alguien le afectó demasiado) cayeron. Recuerdo el apagón como si hubiese durado un par de días, pero apenas fueron 6 horas —6 horas larguísimas, eso sí— Pensé que no era la primera vez, que esto ya había ocurrido varias veces. Que de vez en cuando pasa. Me vino a la cabeza la caída de mayo de 2017. Pero aunque también duró varias horas, no fue lo mismo.

El COVID-19 ha marcado un antes y un después en lo que a posibilidades globales apocalípticas respecta. La pandemia ha evidenciado que es posible que un día todo cambie para siempre. Y que aunque luego, y poco a poco, todo se vaya recomponiendo, pieza a pieza, nunca podrás saber qué detalles del mundo de antes se han perdido para siempre y qué otros, impostores, se han colado como si esta vida fuese suya. [Por ejemplo, ¿quién narices usaba Zoom antes de marzo 2020? Nadie. Solo y siempre Skype. Y sin embargo ahora Zoom es uno de los programas más instalados en nuestros dispositivos.
¿Cuántos “zooms” diarios pasan desapercibidos? [A estas cosas me refiero]
En esas 6 horas de apagón pensé en qué pasaría si nunca volvían. Si el reloj se quedaría ahí para siempre. Si mi epitafio digital sería “Ya voy para casa”.
Whatsapp me era más indiferente, solo me preocupaba por una cuestión de comodidad: vaya pereza tener que encontrar una alternativa a la comunicación instantánea, ¡a estas alturas! cuando ya está tan, tan instaurada. Pero no soy nativa digital, he vivido aquello de llamar al teléfono fijo. Quedar a una hora en un sitio con una semana de antelación y aparecer. Puedo soportarlo.
Lo de Instagram… Eso me moja los ojos.
Pensé en la comunidad del mundo offline que me arrebató el coronavirus. Me acordé de toda esa gente a la que siempre veía en actos, con la que siempre coincidía en fiestas. Personas que orbitábamos juntas aunque no supiésemos ni nuestros nombres, ni nuestras historias. Aunque no nos saludásemos. Éramos planetitas colgando en una galaxia. La nuestra.
Esa pérdida, se acompañó de otras, de relaciones mucho más sólidas que se deterioraron y que todavía duelen en el esternón.
Por eso aguanté la respiración con Instagram, porque de pronto me entristeció pensar que si perdía las redes sociales, también perdería a toda esa gente que forma parte solo de mi universo digital. Solo del digital. Desaparecerían personas a las que no conozco pero a las que siempre les comparto los memes, a las que siempre recurro para levantarme el ánimo si tengo un día malo, e incluso a las que stalkeo y envidio y silencio porque no soporto tanto la felicidad ajena.
Iba a pasar lo mismo, otra vez, toda esa gente iba a desaparecer. Pero estos, además, sin dejar rastro.
Por eso, ese 4 de octubre pensé. ¿Qué pasaría si, de repente, desapareciesen de nuestra vida todas las redes sociales? ¿Cómo nos afectaría un apagón repentino (más allá de la adicción) a nivel social? ¿Qué pasa si perdemos de golpe a toda nuestra gente de Insta? ¿Cómo haríamos este duelo?
La faja verde Matrix de la segunda edición de 'Error 404 ¿Preparados para un mundo sin internet?' (Debate, 2021) de Esther Paniagua dice “es cuestión de tiempo que la red caiga y vivamos oleadas de pánico. ¿Suena apocalíptico? No lo es”. Estuve a punto de romper un escaparate y robar una televisión, pero pensé que sería Smart y que tampoco me serviría mucho.
Estas páginas que profundizan en internet, en el apagón y en nuestro consumo defienden que desde los inicios de internet es sabido que algún día caerá. “Internet nació con buena fe, se pensó desde un punto muy académico luego pasó a la selva que es el mundo. Nació desprovisto de una serie de mecanismos de protección de los que se le ha ido dotando con el tiempo. Ahora mismo Internet está protegido, pero no de forma infalible” cuenta Ferran Pons, coordinador del Área NOC (Network Operations Center) que a pesar de todo cree que sería muy complicado que Internet entero cayese. De la misma opinión es ¥€$Si PERSE —interfaz hipersticional, artistas y djs—, quienes no creen que sea posible un blackout total de internet, porque a pesar de los monopolios no es un medio centralizado.
¿Pero, pueden caer las redes sociales que más usamos?
La semana pasada Mark Zuckerberg amenazó a Europa con cerrar el grifo de Facebook e Instagram si no cambian las normativas comunitarias relativas a la transferencia de datos con Estados Unidos.
No sé si una masa enfurecida que no ha (hemos) salido a quemarlo todo por la subida de la luz, por los desahucios o por las políticas de extranjería, lo haría por el fin de las redes sociales. Me imagino, más bien, adultos jóvenes vacíos, adolescentes buscando y creando alternativas y bebés post-digitales. Me imagino la utopía de la tecnofobia con parques llenos de niñes jugando con barro y persiguiendo mariposas. Algún carca escribiría en algún medio clásico que por fin los niños vuelven a mancharse la ropa, a hacerse heridas en las rodillas y a conectar con el mundo real, Pero es que todos los mundos que habitamos, sean en el plano que sean, son reales.
Nos los explica la psicóloga y filóloga Alba Jiménez: “A nivel activación el cerebro funciona igual ante estímulos ocurridos o imaginados. Lo digital y lo físico son dos mundos que coexisten. Yo creo que es evidente que vivimos en ambos y tenemos que hacer un paralelismo porque lo digital existe y porque hay una generacion que se está contruyendo mucho más ahí”.
Las Redes Sociales forman parte de nuestra rutina desde hace muchos años. O aunque fueran pocos, da igual, porque hacen efecto new relationship energy permanente. Están absolutamente integradas a nuestra rutina. Nunca la manida frase romanticoide de “quiero que seas el primer rostro que vea al levantarme" tuvo menos sentido, porque ahora a su carita con la baba empapando la almohada lo acompañan la de @xxx @yyy @zzzz. “El nivel ha llegado hasta tal punto que la mayoría de la población de entre dieciocho y sesenta y cinco años (un 60 por ciento) amanece y se acuesta mirando la pantalla del teléfono”, explica Paniagua en el libro.
Cada quien es más o menos activo y más afín a una u otra red. Pero, aunque sea de forma insconsciente tenemos una comunidad donde entablamos un tipo de relaciones que se dan en el medio digital pero que son reales. Si de repente se cae todo, ¿qué nos pasaría a nivel emocional al saber que todas las personas que conocemos en las redes han desaparecido de nuestras vidas para siempre? Seguirán existiendo pero si nunca supiste su nombre real, la ciudad en la que vivían, ni ningún otro dato que te pueda vincular en otro plano que no sea el digital ¿Cómo las encontrarás?
Esta posibilidad a ¥€$Si PERSE le recuerda al fin de Myspace, “era gente que te parecía muy guay, que estaba allí y que no vuelves a ver nunca, a veces aún te viene a la cabeza algún usuario”. Jiménez cree que un apagón de redes repentino nos afectaría mucho a nivel indentitario: “Se produce un fenómeno que en psicología tradicional se conoce como 'desconfirmación': quiere decir que si tú desapareces (o en esta caso todo el mundo) yo dejo de existir para ti y por tanto me desconfirmas, desconfirmas mi identidad, porque tú no existes para mí pero yo para ti tampoco”.
También explica que “un duelo cambia si existe o no la posibilidad de reelaboración”, es decir si puedes re-contactar o re-configurar esa pérdida. Tal vez, si perdemos a las amigas de las redes podamos llorarlas y volver a las cadenas de cartas, o al pastel de masa madre de las carmelitas descalzas.
*Si vas en el metro sería más un: Me ha tocado un vagón de los viejos. La verdad es que se nota que tiene años pero el diseño casi que me gusta más, que los otros son excesivamente luminosos. A veces pienso en traerme unas gafas de sol, porque joder cuánta luz.




