Charlotada olímpica… de invierno

Estamos en pleno desarrollo de las olimpiadas de Tokio estos días. Sí, las de 2020 que se celebran en 2021 por eso del Covid. Una cita con un seguimiento discreto, que parece no interesar tan siquiera en Japón.

Trampolín olímpico de saltos de esquí abandonado.

No me extenderé mucho en el análisis del evento pero todo apunta a un sonoro desastre económico, aunque viene siendo la tónica general en el evento olímpico. Nada nuevo tras los fiascos antológicos desde el punto de vista monetario de los eventos de Atlanta, Atenas, Londres y Río. Un gasto desorbitado con fines difusos que está poniendo en tela de juicio la viabilidad de estos encuentros, a priori deportivos, pero que conjugan toda suerte de intereses, entre ellos los puramente especulativos. Una cifra mareante para que sirva de ejemplo: 13.000 millones de euros costarán los JJOO nipones.

Si los juegos de verano no están como para tirar cohetes, los de invierno, en la península Ibérica en la que los deportes de nieve tienen escaso arraigo (sobre todo porque en la mayor parte del territorio no nieva nunca) despiertan un interés casi nulo.

Un juego sencillo para empezar ¿Alguien recuerda dónde tuvieron lugar los tres últimos JJOO de invierno? Normal, pasaron sin pena ni gloria. No olvidemos que estas prácticas deportivas suelen ir asociadas a un estatus económico que no ayuda a su popularidad.

Aún así se sigue intentando promocionar una eventual candidatura olímpica invernal. Pero esta vez parece querer rozar el absurdo, convirtiéndose en la posible candidatura de Barcelona-Pirineus 2030. Sí, has leído bien, Barcelona, esa ciudad donde en invierno salen días de los de ir en chancletas por la Rambla.

Por supuesto la competición no sería en Barcelona sino en el Pirineo catalán y, parece ser, que en el aragonés, que maneja la posibilidad de convertirse en subsede. Si Aragón se cae de este experimento está por ver. Y no porque la idea sea una insensatez, sino porque nuestra tierra, según Lambán, no está lo bastante representada. Debido a que, claro, el nombre de las olimpiadas sería Barcelona y Aragón tendría un papel más bien discreto.

De hecho desde el Ayuntamiento de Zaragoza se está intentando tímidamente también promocionar el evento, incluso intentando una declaración institucional que cuenta con la oposición de parte de la izquierda que ha hecho un análisis bastante lógico: una vez más nos empeñamos en el evento por el evento a mayor gloria de la industria del ladrillo.

Asimismo parece que aquí lo que menos importa es la opinión de los habitantes del Pirineo. Una zona donde cada vez es más complicado vivir, y más aún vivir sin depender de la industria turística y el ladrillo, que van de la mano. Todo unido a la huida hacia adelante que es el negocio del esquí, que queda estos días especialmente en entredicho con el posible cierre esta temporada de Candanchú, y que se sustenta en una constante inversión de dinero público.

En Catalunya anuncian que se hará una consulta a la gente del Pirineo, pero tampoco está nada claro cómo se sustentará. De momento los que ya están dando palmas son la patronal catalana y cuenta con el apoyo del Comité Olímpico Español.

No está de más recordar que esta propuesta no es nada nuevo. Pocos se acordarán ya de Jaca 98, candidatura altoaragonesa a las Olimpiadas de invierno. Un incierto pelotazo que quería serlo de golpe, aunque al final el pelotazo urbanístico y del esquí lo ha sido a un ritmo más lento.

La candidatura fue casi una broma y, de hecho, nunca tuvo posibilidades de llevarse a efecto, como bien puede suceder con la propuesta de Barcelona-Pirineus.

El proyecto está en una fase aún muy inicial y cuenta con el rechazo frontal de la CUP y la recientemente creada plataforma SOS Pirineus. Pero entre junio y julio se han empezado a concretar y se han producido varios contactos institucionales.

Confiemos en que la charlotada olímpica quede en eso: en uno más de los proyectos insensatos que se pierden en la maraña de propuestas de macroeventos nunca llevadas a cabo.

De momento hay quien, desde el poder y la gran economía, está intentando dar un nuevo bocado al mermado patrimonio natural pirenaico. Esperemos que sea que no.

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