Casas que arden

El pasado domingo 26 de mayo ardía un edificio de viviendas, de infravivienda más bien, en el Coso 184, en el barrio de la Madalena de Zaragoza. Finalmente tendrá que ser demolido, con lo que el barrio tendrá un nuevo solar, o una nueva ventana de oportunidad para la especulación.

Casas que arden Coso 184 Zaragoza
Foto: J.M. Marshall

El fenómeno se repite y es conocido en el barrio. Hace dos meses ardía otro edificio en la calle Barrioverde, a 100 metros del anterior. En la calle Alcober ha ardido en dos ocasiones un edificio ocupado por personas sin techo y hace medio año otra infravivienda en Dóctor Palomar.

Justo junto al inmueble calcinado, en la calle Luzán, un edificio ha tenido que ser parcialmente derribado por su estado ruinoso y porque amenazaba con derrumbar las casas colindantes. En la calle Arcadas varias familias malviven en un edificio en algunos casos sin luz ni agua corriente. Un edificio que también amenaza ruina.

Todos estos inmuebles están en un radio de apenas 300 metros y son solo los casos más conocidos.

Edificios en un estado lamentable en pleno centro de la ciudad de Zaragoza, en la Madalena, a un paso del escaparate turístico de la plaza del Pilar. Todo ello a revueltas de solares eternamente vacíos y de pisos sin las mínimas condiciones de habitabilidad.

En el caso de la casa incendiada ardía un local lleno de basura, cerrado con una simple cancela al aire libre y a la vista de los transeúntes. El edificio valía muy poco. Ahora bien, el solar ya es otro asunto.

Casas que arden Coso 184 Zaragoza
Foto: J.M. Marshall

Ya dicho: no es un caso nuevo ni desconocido. En 2007 la Asociación Vecinal Calle y Libertad presentaba un exhaustivo informe en que se detallaban más de medio centenar de edificios y solares abandonados en la zona comprendida entre las plazas de San Miguel y Tenerías.

Desde entonces ha cambiado algún caso, pero la mayor parte de estos espacios siguen en situación de abandono, alguno de ellos con un deterioro muy acusado y hasta se han incorporado nuevos. Algo que se denunció en las actualizaciones del informe y que propició varias movilizaciones como un pasacalles festivo señalando los bloques abandonados y pidiendo su expropiación.

Para los medios solo es noticia cuando el suceso es especialmente grave, como es el caso, sobre todo para agitar el espantajo de los okupas.

Siendo real el fenómeno de la ocupación de viviendas por necesidad económica, es mucho menor de la entidad que se le atribuye, por un lado, y por otro a menudo se esquiva el asunto de la propiedad y su responsabilidad sobre el estado general de la finca. De hecho, como confirman ONG como Cáritas o Cruz Roja, que hacen intervención social en el barrio, se puede ser propietario y habitar una infravivienda al mismo tiempo.

En muchas de estas casas ruinosas coinciden varias circunstancias. Por supuesto el deterioro de las mismas, aún estando alquiladas, como era el caso de algunas viviendas del último siniestro, pero sobre todo una propiedad que se desentiende del asunto y la inacción flagrante de las instituciones.

Fondos o bancos que tienen propiedades de poco valor o que esperan tiempos mejores para especular con ellas. Pisos en herencia con varios dueños. Fincas adquiridas hace décadas, con titulares que ningún vecino conoce y que pueden haber fallecido. Incluso propiedades públicas sumidas en el abandono.

Toda esta variedad de circunstancias pueden darse en un mismo bloque, como hacen constar vecinas de San Agustín que, con frecuencia, han denunciado presencia de ratas en espacios abandonados (que no sin propietario) y que acumulan basura. También serios problemas de convivencia con algunos residentes en estos edificios. En esta calle se halla uno de los pocos bloques, en el número 35, en que se intervino por parte del Ayuntamiento de Zaragoza para evitar su ruina inminente. Han pasado 16 años desde entonces.

Al habla con vecinos y vecinas de la calle Barrioverde coinciden en que hasta que no ardió el edificio del número 15 no había aparecido la propiedad. Y solo lo hizo para tapiarlo y dejarlo tal cual con montones de basura en su interior. Frente a esta finca está un solar de los denunciados por la asociación vecinal, que se limpiaron por última vez hace un par de años.

A esta desidia generalizada hay que añadir que muchas de estas casas tienen la obligación de conservar elementos arquitectónicos como fachadas, aleros, bodegas o la caja de escalera, por su valor histórico, ambiental o patrimonial. Una normativa muy laxa que se esquiva si el edificio amenaza ruina y que se traduce en que algunas intervenciones en los últimos años han consistido en derribar el edificio y salvar parcialmente la fachada, lo que supone un valor añadido considerable al poder ejecutar la superficie construida a antojo. Es aquí donde entramos en el terreno de concebir una casa como activo económico.

En cualquier caso las administraciones siempre han pasado de puntillas sobre el asunto, como sobre el de los solares y constan muy pocas intervenciones, más allá de un puñado de sanciones económicas y obligaciones de subsanación de faltas, que puede ser un simple lavado de cara de un solar.

Porque otra evidencia, repetida en todo el Casco Histórico zaragozano, es que el valor del solar puede ser superior al del inmueble construido y, sobre todo, implica cero problemas para el dueño. Con este panorama podrían no faltar interesados en la ruina de un inmueble.

Las obras de apuntalamiento y posterior derribo de Coso 184 ya han comenzado. En teoría se pasará la factura del derribo a la propiedad. El mayor drama es el de las personas, en situación precaria, que han perdido su hogar.

También desaparece el célebre Mural del Conejo, del artista urbano ROA, que daba nombre al solar adjunto. Y con la pérdida del edificio se pierde un poquito más del caserío tradicional del maltrecho Casco Histórico zaragozano.

Dos días después del incendio operarios de eléctricas desconectaron los “pinchazos” de la electricidad de algunas viviendas, con lo que se consigue hacer aún peor la vida de los residentes que ya habitan casas en pésimas condiciones.

Una vecina me nombra la Madalena profunda, aquella menos rutilante y que no tiene espacios de ocio. A la que pocos miran y, por desgracia, casi nadie mima. En esa Madalena están los edificios que arden y se derrumban.

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