Corrían las 21.30 cuando la parroquia improvisada que se había congregado en la Sala Zeta empezó a jalonar los primeros acordes de El Gavira y su banda. Antes de ese momento, una intranquilidad sorda reinaba en el ambiente. Este humilde cronista bien pudo atribuir ese estado de agitación latente a la iluminación intempestiva, cuya inclemencia arrojaba honestidad al rostro de tantos compañeros de kalimotxo a los que la bruma etílica y las sombras de las 3 de la mañana sientan tan bien, o puede que fuera por encuentros incómodos plagados de tartamudeo kinésico entre viejas citas Tinder, o el tembleque frenético de la zagalería que llevaba un retraso de 32 minutos en tomar su jarra de prescripción. Sin embargo, los jóvenes de El Gavira consiguieron firmar un armisticio con cuatro acordes: esto era punk, y del bueno.
Aunque esos chavales pudieran ser los hijos de los hijos de algunos parroquianos, entendían los códigos y nos iban a enseñar unos cuantos nuevos. Por ejemplo, cuánto nos gustaría que Ayuso nos pisara la cara alguna vez de manera no metafórica, sino eróticamente real, en ese “Ayuso dominatrix” que el que el público coreó alegremente. Desde luego, este cronista puede dar fe del ánimo pedagógico de estos muchachos. No dudaron en desplegar un arsenal de temazos con el que aleccionar a la desnortada banda de mamelucos de su público sobre los límites de la otredad. Por ello, en sus letras aparecieron guardias civiles que te calzan una hostia pero te trata de “Onii-chan”, el sexo transhumanista o pequeños retazos de angst postadolescente. Incluso en un alarde máximo de dialéctica, se atrevieron a tratar el tema de los “Murcianos”; desde luego, cómo son los punkis.
El clímax del show llegó con dos temitas de muchos kilates. En “Indi”, los chavales del Gavira hacen una disección quirúrgica de esa tribu urbana aficionada a las tiendas de Humana (abreviatura de ropa de persona humana muerta pagada un 243% más caro que cuando tu abuela lo compró en 1973, descontando la inflación) que, como los compañeros de Guiñote de Qontaqto (GDQ) afirman con razón, están haciendo que nuestras odiadas ciudades huelan a qol. En “Madrid es el centro del universo”, estos muchachos se pusieron la chaqueta de pana con coderas y nos dieron una clase de geografía variable y astronomía de la ideología nacionalmadridista. Este cronista, que bien sabe que el mejor sitio para ir después de que cierre la Eko es el Lolo’s y no el Chaqueño, puede confirmar cada una de sus palabras. En un clímax emotivo, los chavales de el Gavira se autoflagelaron en un ejercicio característico de la izquierda madrileña y nos pidieron perdón por su condición; el público aragonés, siempre cortés, aceptó sus disculpas, porque ciertamente bastante penitencia tiene algunos de los miembros de su banda con ser de Getafe.
A esa reflexión colectiva sobre los pueblos del estado español se sumó Guiñote de Qontaqto de golpe con su “Paella Oi!”. Desde luego, quedó claro que estos muchachos no hacen caso al dicho de Matanza de Caballo y entran con todo. Los conciertos deberían de establecer un aviso en los cárteles de no aptos para los intolerantes a la anfetamina, aunque todos sabemos que ninguno del grupo se atrevería a fijar esos carteles. Entre tremendos trallazos de puro punk mamporrero, los Guiñote venían a presentar ante su turba de maleantes su segundo disco, y no dudaron en ponerse galantes. Como era esperable, sus nuevas canciones presentan más madurez, y no se avergüenzan en hacer explícitas la influencia de la música barroca a la que muchos de sus miembros profesan devoción. Con su versión del clásico de Haendel “El Mesías”, los Guiñote miran con valentía y de tú a tú a grandes de la música que se han atrevido con esa empresa como Mozart o Arpaviejas. También es signo de su notable madurez el díptico que interpretaron con “Topiqazo all stars” y “El punq no muere sólo se transformer”. Como el buen avezado lector conocerá, no existe una prueba o ejercicio de veteranía en las bandas punk que entrar en el debate ontológico del punk: que ni está muerto, ni vivo, sino todo lo contrario. Los GDQ, desde luego, aprobaron con nota este embate. En esa fase del concierto, al cantante empezó a no entendérsele nada – por decir algo- y toda la zagalería no podía estar más extasiada con ello.
En cierta manera, los GDQ extendieron el debate geopolítico que plantearon los Gavira a una escala mundial. En la canción “9000 gabachos”, hubo un emocionante momento de comunión popular con esa jota que dice que la virgen del Pilar ni francesa ni aragonesa, solo patrona de anarko-chonis y hardcore flamenkas. Sobre el resto de esa canción, este corresponsal y sexto finalista del torneo de guiñote de las fiestas del santuario de Borja 2019 no se atreve a opinar sobre sus comentarios hacia los franceses. Solo da un abrazo fuerte a los compas de la ZAD. Así mismo, con “Portugal Español”, el público berreó como un niño envidioso de 6 años que ve como el castillo de plastilina de su compañero de pupitre tuvo un proceso de transición de la dictadura más democrático y ha devenido en una sociedad más plural e inclusiva.
Como nota amarga del concierto, este cronista, que no se enorgullece de haber matado de últimas alguna que otra vez, escuchó a algún desnortado zagal, presa del lapsus etílico, decir que sonaban como “los Lendakaris si fueran de aquí”. Pese a mi pulcritud ética de no entablar ningún tipo de comunicación con las fuerzas y cuerpos de seguridad públicos o privados (algo que, injustamente, engloba al noble y abnegado personal de la sala Zeta, que semana tras semana tiene que lidiar con el psicodrama colectivo que su parroquia más fiel, federada profesionalmente al cubata de las 5:39 A.M, tiene la bondad de recrear), no tuve más remedio que contactar con ellos, y proceder a la expulsión de dichos desgarramantas. No todo vale, incluso en un evento lúdico de Guiñote de Contaqto. Por fortuna, más allá de este desagradable incidente, el público disfrutó de esta doble sesión de garrulismo hardcore. Muchos se quedaron en la sala Zeta, extasiados por el show, y más de uno probablemente no saldría de ahí hasta el domingo bien entrada la mañana.

