Mi primer contacto con el tema del decrecimiento tuvo lugar con la lectura de "La apuesta por el decrecimiento", de Serge Latouche, en la edición española de 2008, y posteriormente las versiones de Carlos Taibo ("En defensa del decrecimiento", 2017), y de José Alberto Martínez Cuesta ("Decrecer para sobrevivir", 2019). En estos momentos de comienzo de 2025, las personas mínimamente interesadas por la problemática del calentamiento global —generado por las emisiones crecientes de gases de efecto invernadero (Geis)— saben, como indica Martínez Cuesta "que no hay otra solución que abordar una tarea titánica, quizás la más importante que ha abordado la humanidad a lo largo de la historia, de iniciar el decrecimiento, tratando de cambiar la organización de las sociedades humanas. Continuar creciendo nos conducirá al colapso y al mayor genocidio que ha conocido la historia de la humanidad".
En contrapartida, el planteamiento político para hacer frente a esta crisis global, tanto en nuestro país como en la Unión Europea (aunque ésta última haya sido la entidad que más haya programado la reducción de emisiones Geis) es probable que no permita alcanzar esa reducción del 40% para el 2030, al menos desde mi humilde opinión, pues no veo por ninguna parte que los gobiernos ni la sociedad hayan captado la urgencia de actuar ya, desde este mismo momento. Y para colmo de desgracias nos encontramos con el país más poderoso del planeta con un nuevo gobierno, y un presidente y equipo dirigente negacionistas del cambio climático y dispuestos a desbaratar el orden mundial desde el primer momento de su mandato.
Con este panorama poco alentador, me he encontrado con una publicación de Opcions de Consum Responsable ("Cuaderno 67, Otoño/Invierno 2024") que ha levantado mi ánimo, pensando que lleva ya un largo recorrido en su trabajo (67 números editados), y lo interesante de su contenido (73 páginas). Entre todos los aspectos que recoge, me centraré en un reportaje de Berta Camprubí: "El decrecimiento aún no es lo bastante 'sexy' para aterrizar en las políticas públicas".
Citando a la académica austríaca Bretschko, que ha centrado su investigación en experiencias municipalistas "porque es donde se ve que hay hechos y no sólo discursos" nos relata una experiencia local en Girona, donde el pacto entre tres partidos políticos ha hecho de Guanyem Girona el partido promotor de una de la primeras experiencias en las que la palabra decrecimiento entra en los palacios de la gente con corbata.
"Estamos haciendo una especie de reformismo decrecentista, estamos desplegando el relato decrecentista, asesorando a técnicos, creando ordenanzas fiscales, presupuestos y planes de inversión con una visión decrecentista y eso nunca había pasado, asegura el concejal de acción climática del Ayuntamiento. Las camisetas que predican 'No hay planeta B', ya conviven con las camisas y las americanas en la Plaza del Vi, y aunque se plantea un ritmo suave y sin choques frontales, se está llevando a cabo un cambio de paradigma político y económico sin antecedentes. Las acciones contundentes por ahora son necesarias en el plano pedagógico, desde la incidencia social. Quizás todavía es superficial, pero nosotros no podemos hacer demasiado, por ejemplo, con la situación insostenible del cerdo (macrogranjas porcinas) [...] Desde Girona, la experiencia por ahora va de instalar un relato, pero también de cambiar la forma de hacer política, estableciendo una nueva alianza: hemos creado un convenio entre ayuntamiento y academia, es importante que el sector académico deje de vivir en las nubes, sepa cómo funciona la institución y eso también permite sacar la institución de bajo tierra: estamos abriendo la veda del decrecentismo municipalista", sentencia.
Me pregunto si existen otras experiencias de este tipo en nuestro país. Sería importante conocerlas y divulgarlas. Es imprescindible iniciar el decrecimiento a muy corto plazo en los países desarrollados para tener opción de poder frenar el calentamiento global.




