Black Friday: 90% insostenible y 10% de tontería

Las insípidas modas importadas del imperio, hoy en declive, no cesan: Halloween, hamburguesas, bulos trumpianos, abanderarse para esconder vergüenzas y cinismo, Amazon como alternativa al comercio de proximidad o “Black Friday” a lo largo de una larga quincena. Vale todo: cuanto menos criterio, tasación más alta, cuantas menos células grises sean necesarias, más cotizará al alza en las bolsas de la sandez. Los días pasados han sido los del repetido, hasta la saciedad y más allá, “Viernes Negro”. Frase de dos palabras que puede sacar matrícula en el estupidiario común. Todo un mes insistiendo en la necesidad de compra, hacerlo …

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Carlos Tundidor

Las insípidas modas importadas del imperio, hoy en declive, no cesan: Halloween, hamburguesas, bulos trumpianos, abanderarse para esconder vergüenzas y cinismo, Amazon como alternativa al comercio de proximidad o “Black Friday” a lo largo de una larga quincena. Vale todo: cuanto menos criterio, tasación más alta, cuantas menos células grises sean necesarias, más cotizará al alza en las bolsas de la sandez.

Los días pasados han sido los del repetido, hasta la saciedad y más allá, “Viernes Negro”. Frase de dos palabras que puede sacar matrícula en el estupidiario común. Todo un mes insistiendo en la necesidad de compra, hacerlo por el mero hecho de satisfacer un capricho, realizarlo en las cercanías —lejanías más bien— de un viernes elegido por el establishment y a regodearse con los dígitos del descuento.

Todos sabemos descomponer el humo del descuento y la ceniza del neto, pero puede que valga la pena pararse en ello. Detengámonos en esos comercios que necesitan millones de luces para atraer a las polillas. Cualquier objeto que les cueste diez y quieran venderlo por veinte multiplicarán esta última cifra por cinco para llegar a ofrecer “descuento del 50 por cien” en el “Black Friday” de turno. O por diez y así llegar al “más difícil todavía” noventa por cien. Resultado: el mismo, los veinte de precio final.

Pero habrán conseguido su objetivo: publicidad, publicidad y publicidad machacona con unas cuantas nubes de humo fácil para que la incauta polilla ceda y se llene de útiles —inútiles más bien en su mayor parte— piezas que llenen sus armarios y vacíen sus bolsillos. Pero eso sí, con la sensación de haberse lucrado con espléndidas gangas al setenta, ochenta, noventa por cien.

Es el disparate por el disparate, el culto a la compra compulsiva disculpada por su falsa necesidad y la creencia de haberlo hecho en óptimas condiciones, poco menos que soportada con el timo del “toco mocho”, pero al revés.

El establishment formado por ávidas multinacionales, por administrados y obedientes Gobiernos al uso, por los medios informativos, eficaces y necesarios instrumentos para ello, hablarán de las excelencias de que fluya el dinero, de los miles de puestos de trabajo que tales días aportan. No lo harán acerca de que ese dinero sería más aprovechado canalizándolo hacia otros menesteres sostenibles: cultura, sociedad del bienestar, reparto de la riqueza… Tampoco lo harán sobre la marginalidad de esos miles de puestos de trabajo, de pocos días, con ínfimos salarios, necesaria reserva de mano de obra para que las ganancias de unos pocos lo hagan en proporción inversa a la de los sueldos miserables del pelotón. Esos puestos de trabajo, empleo basura si se los relaciona con el salario y la duración, seguirán manteniendo el injusto reparto de riqueza: cientos de miles de millones para los Jeff Bezos de turno y miseria, más o menos solapada con volutas de humo como las del “Black Friday”, para una inmensa mayoría.

Honestamente, creo que la mejor solución para concluir con estos dislates es la de no comprar nada en absoluto en unas fechas dictadas por los que se creen “amos del mundo” y gastarlo en lo necesario en días, semanas, quincenas normales; hacer lo posible para evitar la locura de unas bolsas llenas de humo, de aire, de caprichos sin más. Deberíamos aprender de los niños: si tienen pocos juguetes, pero todos ellos deseados, jugarán mucho más y con más atención que con cien juguetes llenando su habitación. Ese niño con cientos de juguetes ni siquiera tendrá tiempo para jugar poco más de unos minutos con cada cual.

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