
A mis veintiséis años ha llegado el momento de escribir sobre un tema que, a lo largo de mi escasa producción literaria, sólo ha surgido de pasada o como ejemplo. He llegado a la conclusión de que no es casualidad que me haya atrevido a hablar antes de opresiones de las que me he dado cuenta después - por ejemplo, de las que sufro por el hecho de ser una mujer cis -, antes que de aquella que, junto a la conciencia de clase, me acompaña desde que tengo uso de memoria.
Es difícil adentrarse en la comunicación de asuntos que la gente no considera importantes o, por lo menos, no lo suficientemente importantes como para tener su propio espacio de diálogo. Quiero relatar mi autoBIografía con la intención de visibilizar experiencias y normatividades que muestran la opresión que implica ser bisexual, haciendo especial hincapié en no tener salida del armario y la monosexualidad impuesta, estrechamente relacionadas.
Una de las grandes sensaciones que han acompañado estas experiencias ha sido la de ser una impostora, tanto dentro como fuera del colectivo LGTBIQ+. A todo esto hay que sumarle las capas de estigmatización y bifobia contra las que he tenido y sigo teniendo que luchar, muchas de ellas compartidas con el resto de orientaciones sexuales no monosexuales (porque no, la bisexualidad no es la única orientación polisexual).
A mis veintiséis años ha llegado el momento de reclamar mi identidad política atravesada por la bisexualidad, esa gran confundida.
Nací el 1996 en Barcelona, lo que implica que, a pesar de no ser el paraíso para el colectivo LGTBIQ+, las disidencias monosexuales ya tenían cierta visibilidad. A nivel personal, mi naturalización de la homosexualidad fue a través de mi prima y sus amigues o parejas; no encontré otros referentes ni en la televisión ni en la literatura.
Es verdad que, años después, reinterpreto en mi imaginario los animes como ‘Ranma’ o ‘Utena’. Sin embargo, el daño ya estaba hecho y, por muy importante que sea cicatrizar bien las heridas, el mundo aún no ha reparado nada. Así, sólo conocía la homosexualidad y la heterosexualidad, siendo la primera lo raro o, como aprendería años más tarde, lo disidente.
Mientras este binarismo se asentaba en el marco teórico y referencial que recibía por parte de la sociedad, dentro de mí colapsaba: me atraían todos los géneros. Esto se traducía en que estaba confundida y no sabía qué era lo que en realidad me atraía porque claro, tenía que escoger. Mi primer contacto sexual fue con una persona que, por lo menos entonces, se identificaba como mujer. Me gustó. Creí tener claro que era lesbiana, como mi prima.
Tuve un contacto sexual con una persona que, por aquel entonces, se identificaba como hombre. Me gustó. Entonces, ¿era “normal”? No entendía nada. La posibilidad de romper la monosexualidad no existía y no tenía nombre. Todo esto sucedía sin yo esconderlo a mis amigues y sin darle importancia. Mi resolución al colapso mental fue precisamente la misma que adopta la sociedad: no darle importancia.
Esta no es la primera vez que reflexiono sobre la bisexualidad, pero quizá sí es la primera vez que lo hago profundamente. En este artículo, pues, no pretendo lanzar una verdad absoluta, sino incitar a la reflexión de los efectos que han tenido y tienen las opresiones que rodean la bisexualidad sobre las personas que lo son, en este caso a partir de mis propias experiencias y la de personas que me rodean, cuyos nombres no voy a mencionar por petición suya.
Definirse
Empezaré por lo último que aprendí, en un intento de invertir el pasado y reescribirlo tal y como me gustaría que hubiera sucedido. Así, quiero informar del origen del término y de su actual definición, sin obviar la bifobia que ha rodeado y rodea nuestra orientación sexual. Sin embargo, no está de más empezar por la que brinda la RAE, esa supuesta institución que debe guiarnos sobre las palabras, aunque está totalmente desfasada en el tiempo. Dice de la bisexualidad: “Inclinación erótica hacia individuos de uno y otro sexo”. Lo dicho, aún no han llegado a la diferencia entre sexo y género y así desinforman sobre nuestra sexualidad mientras esconden premisas tránsfobas implícitas.
Si acudimos a la enciclopedia popular, Wikipedia define la bisexualidad como: “La bisexualidad es una orientación sexual; se define como la atracción romántica, la atracción sexual o la conducta sexual dirigida tanto hacia el sexo opuesto como hacia el sexo propio bien como la atracción romántica o sexual hacia personas de cualquier sexo o identidad de género”.
Hay un poco de avance en esta definición, reforzando mi criterio de que la sociedad va siempre un paso adelante respecto a las instituciones. Por ejemplo, incluye la atracción romántica, dando espacio, quizá inconscientemente, a las personas asexuales o birománticas. La primera parte reproduce la binariedad de los genitales, obviando a las personas intersex. Sin embargo, la segunda se acerca mucho más a la realidad.
Una de las definiciones con las que más me identifico es con la de Elisa Coll, que dice: “la atracción hacia personas de más de un género, o de mi propio género y otros”, aunque la activista Robyn Ochs propuso una acepción más concisa y completa: “La atracción sexual o emocional hacia más de un género, no necesariamente al mismo tiempo, ni necesariamente de la misma manera, ni necesariamente en el mismo grado”.
Como pasa o ha pasado con todo el colectivo, el término ‘bisexual’ se usaba para patologizarnos, creyendo que éramos hermafroditas mentales. Sin embargo, poco a poco nos reapropiamos del término y le dimos una definición distinta, una que respete nuestra identidad y la muestre en el mundo tal cual como es.
Dada ya la definición que trae al campo del ser, del existir al término bisexual, es interesante ver cómo afecta la invisibilización a las personas bisexuales. En su libro, Elisa Coll nos explica una dinámica que aplicaron ella y una compañera para un taller sobre la bisexualidad. El ejercicio consistía en dibujar una línea temporal de los 0 a los 50 años y a cada participante se le daban tres pegatinas distintas: roja para tu primer amor, amarilla para cuando te planteaste que te gustaban otros géneros y la verde para cuando se designaron como bisexuales.
“Las pegatinas rojas se extendían a lo largo de la infancia tardía y la pubertad. Las amarillas, más o menos en el periodo de la adolescencia, algunos incluso antes. Pero no había ni una sola pegatina verde colocada antes de los veinte años. Ni una” (Coll, 2021, pág.24) Después de repetir la dinámica en distintos espacios, los resultados eran los mismos: un vacío grande entre el momento de saber que te gustan todos los géneros y el de denominarse bisexual. En otros espacios, como con muestras de personas lesbianas, este vacío temporal no existía.
¡¿No has tenido salida del armario?!
Siempre que me preguntan eso, me siento cero identificada con la expresión y no sé qué contestar. El ejemplo más recurrente es ante la familia y en él sí que puedo hacer encajar esto de salir de un armario, pues no lo saben o sí, pero no lo hemos hablado.
Sin embargo, si miro el resto de ámbitos de mi vida, no aplica. Besé antes a una chica delante de mucha gente que decirle a esa gente que era bisexual. El acto precedía a predicar el concepto, cosa que tiene mucho sentido si el contenido del término ‘bisexual’ era algo difuso y sin referente.
Tuve suerte en este sentido, nunca nadie cercano me dijo algo por ello. Mis padres, porque no lo saben o no lo hemos hablado y el resto porque no tenía ningún problema o no se atrevía a preguntar. Eso sí, recibí violencia por estar dentro del colectivo queer: vejaciones, agresiones, hipersexualización por la calle sabiendo que quién lo decía asumía que yo era lesbiana y un largo etcétera de situaciones. Quién no me oprime por ir con mi pareja es porque asume que soy hetera. En ninguno de los casos soy yo, bisexual.
Este tema lo abordaré más adelante, pero creía necesario el matiz. Contaba que, excepto con la familia, en el resto de espacios no he salido del armario. He seguido con esta actitud después de aprender todo lo que hoy sé porque no quiero tener que hacerlo. Esto no es ningún ataque a aquelles que salen del armario ni un menosprecio hacia la valentía que la sociedad les exige para hacerlo.
Simplemente mi elección es no dar esa información, así como la otra persona no me la da. En todo caso, saldrá si hablo de una chica o una persona no binaria como vínculo mío y se incorporará en la imagen que la otra persona tiene de mí a través de ello, no porque afirme o comunique que soy bisexual. De nuevo, es mi elección y no carece de riesgos. Implica que la información que incorpora mi interlocutor casi nunca sea la correcta (es lesbiana o es hetero) porque la monosexualidad está operando en su cerebro, manifestando mi inexistencia.
También reflexiono acerca del silencio de mi entorno ante mis apariciones con parejas de géneros diversos. Me pregunto si es porque la contundencia de no mencionar el tema ensordece o impone el silencio alrededor de lo que algunos aún llaman, retrógradamente, “temas delicados”.
Quizá no, quizá simplemente integraron la información porque están libres de ciertos prejuicios. Sin duda hay que valorar que la gente es más amable y permisible con quien conoce que con quien le es extraño. Siempre termino en la misma conclusión: sigo con dudas, incluso más que antes. Une compañere me comenta que le pasa cuando se presenta en un grupo y su género no se menciona. Navegamos en la duda. ¿Es esta la confusión que tanto atribuyen a les bisexuales? Pues señores y señoras, entonces no es nuestra culpa.
Por último, quería exponer la violencia vivida al respecto dentro del propio colectivo. No quiero centrarme en la ventaja de los hombres cis blancos homosexuales ni convertir esto en una batalla de a ver quién sufre más porque aquí tragamos todes.
Me apetece contar el rechazo de lesbianas cis cuando descubren que soy bisexual, que soy una gran traidora. Con el tiempo entiendes que lo eres porque te acuestas con hombres cis o, si te topas con la tránsfoba de turno, porque sientes atracción hacia personas trans. “No te acuestas sólo con mujeres cis, no eres bienvenida”.
Esta oración participa del engranaje mental de la chica y muestra su aversión hacia mí de dos maneras: con desprecio y rechazo directo o intentando convencerte de que en realidad sólo te gustan los coños. “Los coños”, pienso. Reducirlo todo a eso. Para estar con una lesbiana bífoba, una bisexual debe renunciar al resto de sus atracciones, cumpliendo así la monosexualidad normativa deseada inconscientemente para la otra persona. De repente les bisexuales somos las heteras a las que nos han reconvertido y comentan con sus grupos de amigas como triunfos. Actualmente, me río al pensar lo equivocadas que están.
He dejado para el final las frases que muchas hemos escuchado por parte de lesbianas cis mayoritariamente. Acostarse con un hombre cis implica un sacrilegio, aliarse con el bando enemigo y acostarse con un hombre trans implica ser bollera si esa persona tiene vagina o una hija sana del patriarcado que aún no ha salido del armario y sigue buscando a hombres™ cuando en realidad quiere mujeres™.
Incluso se repite la consigna que aún no nos hemos decidido, como si tuviéramos algo que decidir, comprando ese binarismo rancio tan patriarcal, racista, transfóbico y bifóbico. Negarnos las identidades les unes a les otres nunca va a traer nada bueno y compra esquemas de aquellos que nos oprimen. No uséis las herramientas del amo, como bien dijo Audre Lorde. Quiero terminar con el famoso: “No me has avisado de que eras bisexual”.
En fin, ya sabéis.
Tía, qué suerte tienes, con tu pareja te leen como hetera
Partimos de que la bisexualidad no existe. Por lo tanto, necesita de otras guías sí aceptadas para identificarla: la homosexualidad o la heterosexualidad (está claro que la homosexualidad no está ni de lejos igual de aceptada que la heterosexualidad, dado que esta última es sobre la que se ha construido la sociedad patriarcal y lgtbiq+fóbica, es la norma a seguir. No pretendo en ningún momento equipararlas).
Los dos polos. Escoge. No quiero. Escoge. Constante cuestionamiento. La colega que te felicita por ir segura porque vas con tu novio por la calle, porque eres invisible o, peor, porque te ven formando parte de una sexualidad estructuralmente opresora, tu opresora. El pensamiento binario es el pulpo de las mil patas, rascas un poco y aparece en todos lados, en todos los espacios.
¿Qué privilegio es que nieguen tu identidad? Lo que antes era confusión, hoy es rabia. Lo que antes era silencio, ahora es grito. Lo que antes era duda, ahora es certeza. Certeza de que existimos. No llamaría a lo que nos pasa suerte ni de lejos.
¿Cómo respondes ante tales situaciones? ¿Cómo apareces en el mundo? El problema no es la categoría que se me asocie, el problema es darlo por sabido, sin beneficio de la duda. No hay un proceso en el que se desarrolle una conversación de forma fluida y a través de ella ir construyendo la identidad de la persona en tu cabeza.
Yo me reivindicaré como bisexual cuando yo quiera, no tengo obligación alguna. Qué calma este camino, aunque implique aceptar derrotas constantemente, pero, obviamente, no iremos con la frente tatuada avisando de nuestra orientación sexual. Sinceramente, me parece más fácil dejar de presuponer cosas sobre el resto, ¿no?
Ojalá ir a una manifestación del colectivo sin que implique miradas de desprecio por ser excesivamente femme, por no encajar en una estética corporativista, así como les compañeres trans son incluso expulsadas de espacios de manera forzada por tránsfobas o lo mismo a las putas por parte de las putófobas. De nuevo el binarismo ataca. ¿Lo veis? Cuando hablamos de inBIsivilidad, esperamos escucha activa y apoyo, no negación ni palos en las ruedas. Es más, esto es aplicable a todas las letras del colectivo, a todas las identidades disidentes. Así que, ¿por qué lo estamos haciendo?
No hay espacio para mí
No sorprenderá que ahora afirme, después de todo lo dicho, que muy pocas veces me he sentido en espacios seguros y la necesidad de remarcarlo no es individualista, sino la escucha de les compañeres bisexuales que comparten diariamente esta experiencia. Hasta una misma puede llegar a ser un espacio peligroso cuando nuestro panóptico y juez interno nos rechaza porque la realidad nos niega, porque hemos aprendido que debemos darnos asco y cambiar.
No somos les úniques que sentimos que no hay espacios seguros, les trabajadores sexuales o las personas trans también lo reivindican, así como les compañeres migrantes. Nos salimos demasiado de los esquemas binarios, nuestras existencias representan el punto ciego de una mentalidad cultural. No existimos ni en imaginario ni de facto. Esto, amigues, duele, pero darnos cuenta es el primer paso para empezar a ocupar, crear, envenenar, añadir promiscuidad, confusión e indecisión allí donde vayamos.
Entonces, empieza la lucha entre nuestro ser y el síndrome de le impostore interiormente, así como la constante resistencia para poder existir en una realidad que te oprime diariamente. Cuántas veces habré aguantado dentro del colectivo que os llamen exageradas, que sólo queremos protagonismo, que lo nuestro es un privilegio.
Al final, todas las orientaciones polisexuales quedan de lado sin apoyo y rodeadas de una ignorancia de la que podemos lamer los barrotes. Exigimos que cuando nos veáis liándonos con una persona, tanto si la leéis como mujer o como hombre (es poco probable que las personas trans no binaries o agénero entren en las mentes en general), no deis por supuesto que somos lesbianas o heterosexuales.
Fallareis más veces de las que acertareis. Siempre hemos estado en la lucha, es hora de que alguien nos vea. Nombraré algunos de los nombres que han pasado a la historia como homosexuales, distorsionando así la historia de les bisexuales: Freddie Mercury, Simone de Beauvoir, Ricardo Corazón de León, Billie Holiday, Katherine Hepburn, Bessie Smith, Malcom X, Hans Christian Andersen, Oscar Wilde, Frida Khalo, Janis Joplin, Gloria fuertes
“La B no es de bicicleta”
Quisiera terminar este relato lleno de rabia, confesiones y lucha; un relato que BIsiviliza todo aquello que queda soterrado bajo el suelo de un sistema binario, desigualitario, opresor, con una cita del libro ‘Resistencia bisexual’ de Elisa Coll, libro que recomiendo muchísimo para profundizar en esta cuestión. Dice: “El hecho de que no se tenga en cuenta la bisexualidad al pensar en diversidad sexual es en sí misma la respuesta a por qué hay que hablar de bisexualidad.
Porque no basta con hablar solo de homofobia. Porque la invisibilidad no es un privilegio. Porque no tenemos por qué maquillar nuestro deseo con amor romántico. Porque no es el día del Orgullo Gay, porque somos muchas más letras, muchas más identidades. Y porque la B no es de bicicleta”.




