Autistici/Inventati: una infraestructura nacida de los centros sociales okupados

A/I representa algo más que un proveedor alternativo de correo o alojamiento web. Representa la posibilidad de reclamar autonomía sobre las infraestructuras que sostienen nuestra vida digital, pero el Gobierno de Estados Unidos ha anunciado la designación de Autistici/Inventati (A/I) como Specially Designated Global Terrorist (SDGT) ¿Quién queremos que controle la infraestructura digital de la que depende nuestra sociedad?

31 agosto, 2026. 10:05

Autistici/Inventati (A/I) nació en Italia en 2001, a partir del encuentro entre personas y colectivos vinculados a la tecnología, la privacidad, los derechos digitales y el activismo político. Pero su origen está muy lejos del imaginario de la startup tecnológica nacida en un garaje. A/I surgió en dos centros sociales okupados de Florencia y Milán, al calor de los primeros Hackmeeting y hacklabs italianos, espacios que funcionaron como puntos de encuentro de una cultura hacker que entendía la tecnología como una herramienta para compartir conocimientos, construir autonomía y transformar la sociedad.

Los Hackmeeting fueron, en aquellos primeros años, mucho más que encuentros de especialistas en informática. Eran espacios donde se cruzaban activistas, programadores, artistas, estudiantes y personas interesadas en explorar las posibilidades políticas de Internet. Los primeros encuentros celebrados en Italia sirvieron además como referencia para la comunidad de hackmeetings de la península Ibérica. Allí se desarrollaba una cultura tecnológica basada en el hazlo tú mismo, comparte el conocimiento y recupera aquello que la industria desecha.

Los hacklabs formaban parte de numerosos centros sociales. En ellos se reciclaban ordenadores procedentes de la basura tecnológica, se reparaban y se ponían de nuevo a disposición del público. Se experimentaba con software libre y se habilitaban puntos de acceso a Internet en un momento en que conectarse a la red requería disponer de un ordenador, un router y pagar una conexión que no estaba al alcance de todo el mundo. Internet aún no estaba presente en todas partes: había que construir físicamente los espacios y las máquinas para acceder a ella.

Es en ese contexto donde debe entenderse el nacimiento de Autistici/Inventati. Su proyecto no consistía simplemente en utilizar las nuevas tecnologías para comunicarse, sino en apropiarse de la infraestructura tecnológica y ponerla en común.

El nombre ya contenía una declaración de principios. Autistici hacía referencia, con ironía, a la obsesión de sus integrantes por comprender las herramientas técnicas y la política escondida detrás de ellas. Inventati, por su parte, juega con la idea de inventarse a uno mismo y de ser inventado. En lugar de separar tecnología y política, A/I entendió desde el principio que la forma en que construimos y utilizamos Internet también determina qué posibilidades políticas existen dentro de ella.

Esta cultura del hacklab ayuda a explicar por qué, desde sus primeros años, A/I no se limitó a crear una página web o una comunidad virtual. Su apuesta fue mucho más material: ordenadores, servidores, conexiones, sistemas operativos, redes y personas capaces de mantenerlos funcionando. La autonomía digital no era una abstracción; significaba disponer de las máquinas y de los conocimientos necesarios para no depender completamente de las infraestructuras comerciales.

Génova: el momento en que la infraestructura se vuelve política

Las movilizaciones contra el G8 en Génova en 2001 supusieron un punto de inflexión para el colectivo. Allí quedó demostrado hasta qué punto la infraestructura digital podía convertirse en una herramienta política fundamental. Durante las protestas, A/I colaboró con espacios como Indymedia y Radio GAP en la creación y mantenimiento de un media center desde el que se podían publicar informaciones, imágenes y testimonios directamente desde la calle, sin depender de los medios de comunicación tradicionales.

El newswire de Indymedia permitía que las personas presentes en Génova publicaran información en tiempo real y que el propio movimiento construyera su relato de los acontecimientos, sin una redacción central. El modelo ya se había experimentado en Seattle en 1999 y Génova lo llevó a otra escala.

Si has llegado hasta aquí y todavía no sabes qué fue Indymedia, quizá sea un buen momento para buscarlo en Wikipedia. No fue simplemente una web: fue un laboratorio de comunicación en Internet. Años después, mediactivistas vinculados a Indymedia retransmitirían por primera vez un vídeo en streaming en Internet, esta vez en directo desde las revueltas y manifestaciones de Oaxaca en 2006. Buena parte de lo que hoy damos por normal en las redes sociales ya se estaba experimentando en las calles mucho antes de que Silicon Valley le pusiera un logo. Pero volvamos a la Italia der 2001.

Las protestas de Génova estuvieron acompañadas de una fuerte represión policial, que incluyó el asesinato de Carlo Giuliani, de 23 años, abatido por un agente de policía durante las movilizaciones contra el G8. En la escuela Díaz y el cuartel de Bolzaneto se produjeron graves abusos contra manifestantes detenidos. Años después, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenaría a Italia, al considerar que los malos tratos habían alcanzado el nivel de tortura y que las autoridades no habían garantizado una investigación y unas sanciones adecuadas.

Después de Génova, esta experiencia puso de manifiesto para A/I la vulnerabilidad de las comunicaciones cuando dependían de infraestructuras externas y reforzó su apuesta por servidores independientes, seguridad y autonomía tecnológica.

Construir Internet desde abajo

A/I proporcionaba correo electrónico, alojamiento web, listas de correo, blogs y comunicaciones cifradas a personas y colectivos. Pero su apuesta por la autonomía cambió después de que varios de sus servidores alojados en proveedores comerciales fueran incautados judicialmente o tomados físicamente de centros sociales. La experiencia mostró los riesgos de depender de infraestructuras que no controlaban.

Como respuesta nació el Plan R*: abandonar progresivamente los proveedores comerciales y construir una infraestructura propia, distribuida y resistente, basada en servidores gestionados por el colectivo y sus colaboradores. La R* —Resist, cRypto, oR*gasm— resumía su filosofía: resistir mediante la autonomía tecnológica y proteger las comunicaciones mediante la criptografía.

Así, A/I pasó de depender de infraestructuras comerciales a construir y mantener las suyas propias para otros movimientos y colectivos. Con el tiempo, esta función fue creciendo. A/I terminó proporcionando servicios a miles de personas y colectivos, incluyendo correo electrónico, alojamiento y plataformas como No(b)logs, destinada a facilitar la publicación independiente de contenidos.

La falta de infraestructuras independientes hizo que cada vez más movimientos recurrieran a ellos. De esta manera, el colectivo acabó ocupando una posición peculiar: no solamente participaba en el movimiento, sino que mantenía parte de la infraestructura que permitía al movimiento existir digitalmente.

El Plan R* no fue simplemente una mejora técnica. Fue una respuesta política a una experiencia concreta: A/I había descubierto que quien controla los servidores controla también, en cierta medida, las condiciones materiales de la comunicación. Por eso decidieron construir una infraestructura que pudiese sobrevivir a la vigilancia, las presiones legales y la caída de servidores individuales.

Y esta cuestión resulta especialmente relevante ante la reciente decisión del Gobierno estadounidense de citarlos como ‘organización terrorista’.

De infraestructura digital a ‘organización terrorista’

Este pasado 26 de agosto, el Gobierno de Estados Unidos anunció la designación de Autistici/Inventati (A/I) como Specially Designated Global Terrorist (SDGT). El secretario de Estado, Marco Rubio, publicó en sus redes sociales que el colectivo forma parte de redes transnacionales de «terrorismo de extrema izquierda» y que sus servicios digitales son utilizados por algunas de las células de Antifa «más activas y violentas» de Estados Unidos y otros países.

La acusación es extraordinariamente grave. Autistici/Inventati ha negado las acusaciones y ha respondido públicamente a la decisión del Gobierno estadounidense. En su comunicado, el colectivo rechaza las imputaciones y explica su posición.

Pero también es importante distinguir entre lo que afirma el Gobierno estadounidense y lo que sabemos sobre la propia naturaleza del colectivo.

A/I se define públicamente como una iniciativa de activismo tecnológico y defensa digital, nacida en el movimiento autónomo y anticapitalista italiano, que ofrece servicios de comunicación a personas y colectivos con los que comparte determinados principios políticos.

Aquí aparece el verdadero conflicto político de la designación de A/I: la diferencia entre proporcionar una infraestructura y ser responsable de todo aquello que sus usuarios hagan con ella.

Un proveedor de correo no controla lo que sus usuarios escriben; un servidor web no determina el contenido de cada página alojada; una herramienta de cifrado no decide qué conversación protege. Confundir infraestructura con las acciones concretas de sus usuarios puede abrir la puerta a una concepción de Internet en la que los intermediarios sean responsables de las ideas, comunicaciones o actividades de todas las personas que utilizan sus servicios.

Pero existe además una cuestión más profunda: ¿quién queremos que controle la infraestructura digital de la que depende nuestra sociedad?

La historia de Autistici/Inventati parte precisamente de una respuesta: quienes utilizan los servicios digitales también pueden construirlos, administrarlos y decidir bajo qué principios funcionan. El colectivo reivindica la posibilidad de operar correo, alojamiento web y otras herramientas desde infraestructuras independientes, fuera de la lógica de las grandes empresas tecnológicas y de la explotación comercial de los datos y las comunicaciones.

Esta cuestión adquiere una dimensión especialmente relevante en el Estado español, donde asistimos a una creciente expansión de grandes infraestructuras digitales y centros de datos. El modelo representado por las grandes corporaciones tecnológicas se basa en concentrar enormes cantidades de capacidad de computación, almacenamiento y datos en instalaciones industriales. Frente a este modelo, la experiencia de A/I plantea otra posibilidad: infraestructuras más pequeñas, distribuidas, autónomas y gobernadas por las propias comunidades que las utilizan.

No se trata de afirmar que ambos modelos sean técnicamente equivalentes. No lo son. La diferencia es fundamentalmente política: quién posee los servidores, quién decide sus reglas, qué ocurre con los datos, quién puede acceder a ellos y para qué se utiliza la infraestructura.

Mientras el gobierno central debate la instalación de nuevas grandes infraestructuras de computación y centros de datos, el gobierno aragonés allana el camino a las grandes corporaciones tecnológicas. El conflicto fundamental, sin embargo, no debería reducirse a cuántos servidores necesitamos. También deberíamos preguntarnos qué modelo de soberanía digital queremos construir y qué impacto queremos que esas infraestructuras tengan sobre los territorios que las acogen: qué recursos consumen, qué transformaciones producen y quién decide sobre ellas.

Frente a un modelo en el que nuestra capacidad de comunicarnos y almacenar información depende cada vez más de infraestructuras privadas y concentradas, aparece la posibilidad de que comunidades, instituciones y colectivos conserven parte de la capacidad de construir y gobernar sus propias infraestructuras.

Desde esta perspectiva, Autistici/Inventati representa algo más que un proveedor alternativo de correo o alojamiento web. Representa la posibilidad de reclamar autonomía sobre las infraestructuras que sostienen nuestra vida digital.

Y cuando un Estado convierte en sospechoso precisamente al colectivo que durante décadas ha defendido esa autonomía, la cuestión deja de ser únicamente qué ha hecho Autistici/Inventati.

La pregunta pasa a ser: ¿Puede seguir existiendo una Internet verdaderamente independiente si quienes construyen infraestructuras autónomas para proteger la privacidad y la comunicación colectiva son tratados como una amenaza?

La respuesta afecta a mucho más que a Autistici/Inventati. Afecta al futuro de la privacidad, del software libre y del activismo digital y, en última instancia, a quién tendrá la capacidad de decidir cómo se construye Internet y quién controla sus infraestructuras.

Parafraseando a David Graeber, quizá lo fundamental que deberíamos extraer de esta situación —y, en realidad, de nuestra relación con el mundo y con las infraestructuras que se construyen en él, tanto tecnológicas como sociales— sea recordar que nada de lo construido es inevitable. Si el mundo ha sido construido de una determinada manera, también puede ser construido de otra.

Y quizá eso sea, en último término, lo que nos invita a pensar Autistici/Inventati “Socializzare saperi senza fondare poteri / Compartir conocimientos sin crear poder”.

Inventarse y dejarse inventar por otros, disputar colectivamente las formas que damos al mundo y a las infraestructuras que lo sostienen. Porque construir otras formas de hacer las cosas también significa decidir quién las controla, para quién existen y qué tipo de mundo hacen posible.

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